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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
SU BEATITUD CRISTÓDULOS ARZOBISPO DE ATENAS Y DE TODA GRECIA
Viernes
4 de mayo de 2001
Beatitud; venerables
miembros del Santo Sínodo; reverendísimos obispos de la Iglesia ortodoxa de
Grecia:
Christós anésti!
1. En la alegría
de la Pascua, os saludo con las palabras del apóstol san Pablo a la Iglesia de
Tesalónica: "el Señor de la paz os conceda la paz siempre y en
todos los órdenes" (2 Ts 3, 16).
Me complace mucho encontrarme con usted, Beatitud, en esta sede primada de la
Iglesia ortodoxa de Grecia. Saludo con afecto a los miembros del Santo Sínodo y
a toda la jerarquía. Saludo al clero, a las comunidades monásticas y a los
fieles laicos de esta noble tierra. ¡La paz esté con todos vosotros!
2. Ante todo deseo expresaros el afecto y la estima de la Iglesia de Roma.
Compartimos la fe apostólica en Jesucristo, Señor y Salvador. Tenemos en común
la herencia apostólica y el vínculo sacramental del bautismo y, por
consiguiente, todos somos miembros de la familia de Dios, llamados a servir al
único Señor y a anunciar su Evangelio al mundo. El concilio Vaticano II exhortó
a los católicos a considerar a los miembros de las demás Iglesias "como
hermanos en el Señor" (Unitatis redintegratio, 3), y este vínculo
sobrenatural de fraternidad entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Grecia es
fuerte y permanente.
Ciertamente, llevamos el peso de controversias pasadas y actuales, y de
incomprensiones persistentes. Sin embargo, con espíritu de caridad recíproca,
podemos y debemos superarlas porque eso es lo que el Señor nos pide. Obviamente
hace falta un proceso liberador de purificación de la memoria. Por las
ocasiones pasadas y presentes, en las que los hijos e hijas de la Iglesia católica
han pecado de obra u omisión contra sus hermanos ortodoxos, ¡que el Señor nos
conceda el perdón que le suplicamos!
Algunos recuerdos son particularmente dolorosos, y algunos acontecimientos del
pasado lejano han dejado profundas heridas en la mente y en el corazón de las
personas hasta hoy. Pienso en el desastroso saqueo de la ciudad imperial de
Constantinopla, que fue durante mucho tiempo bastión de la cristiandad en
Oriente. Es trágico que los asaltantes, que habían prometido garantizar el
libre acceso de los cristianos a Tierra Santa, luego se volvieran contra sus
hermanos en la fe. El hecho de que fueran cristianos latinos llena a los católicos
de profundo pesar. No podemos por menos de ver allí el mysterium iniquitatis
actuando en el corazón humano. Sólo a Dios toca juzgar y, por eso,
encomendamos la pesada carga del pasado a su misericordia infinita, suplicándole
que cure las heridas que aún causan sufrimiento al espíritu del pueblo griego.
Debemos colaborar en esta curación si queremos que la Europa que está
surgiendo sea fiel a su identidad, que es inseparable del humanismo cristiano
compartido por Oriente y Occidente.
3. En este encuentro, deseo garantizarle, Beatitud, que la Iglesia de Roma
contempla con sincera admiración a la Iglesia ortodoxa de Grecia por el modo
como ha conservado su patrimonio de fe y vida cristiana. El nombre de Grecia
resuena dondequiera que se anuncia el Evangelio. Los nombres de sus ciudades son
conocidos por los cristianos en todas partes, puesto que los leen en los Hechos
de los Apóstoles y en las Cartas de san Pablo. Desde la época apostólica
hasta hoy, la Iglesia ortodoxa de Grecia ha sido una fuente rica de la que también
la Iglesia de Occidente ha bebido para su liturgia, su espiritualidad y su
jurisprudencia (cf. Unitatis redintegratio, 14). Los santos Padres,
intérpretes privilegiados de la tradición apostólica, y los concilios, cuyas
enseñanzas son un elemento vinculante de toda la fe cristiana, constituyen
un patrimonio de la Iglesia entera. La Iglesia universal no podrá olvidar nunca
lo que el cristianismo griego le ha dado, ni deja de dar gracias por la
influencia duradera de la tradición griega.
El concilio Vaticano II recordó a los católicos el amor que la Iglesia
ortodoxa tiene por la liturgia, a través de la cual los fieles "entran en
comunión con la santísima Trinidad, y se hacen "partícipes de la
naturaleza divina"" (ib., 15). La Iglesia ortodoxa de Grecia,
en el culto litúrgico tributado a Dios a lo largo de los siglos, en el anuncio
del Evangelio incluso en tiempos oscuros y difíciles, y en la presentación de
una inquebrantable didascalia, inspirada en las Escrituras y en la gran
Tradición de la Iglesia, ha engendrado multitud de santos que interceden por
todo el pueblo de Dios ante el trono de Gracia. En los santos vemos realizado el
ecumenismo de la santidad que, con la ayuda de Dios, nos llevará a la
comunión plena, que no es ni absorción ni fusión, sino encuentro en la verdad
y en el amor (cf. Slavorum apostoli, 27).
4. Por último, Beatitud, deseo expresar la esperanza de que podamos
avanzar juntos por las sendas del reino de Dios. En 1965, el patriarca ecuménico
Atenágoras y el Papa Pablo VI, con un acto conjunto, cancelaron y borraron de
la memoria y de la vida de la Iglesia la sentencia de excomunión entre Roma y
Constantinopla. Ese gesto histórico es una invitación a trabajar cada vez
con mayor empeño con vistas a la unidad, que es la voluntad de Cristo.
La división entre los cristianos es un pecado ante Dios y un escándalo ante el
mundo. Es un obstáculo a la difusión del Evangelio, puesto que hace menos creíble
nuestro anuncio. La Iglesia católica está convencida de que debe hacer todo lo
posible para "preparar el camino del Señor" y "enderezar sus
sendas" (Mt 3, 3) y comprende que es preciso hacerlo juntamente con
los demás cristianos, en diálogo fraterno, en cooperación y en oración. Si
algunos modelos de reunión del pasado no corresponden ya al impulso hacia la
unidad que el Espíritu Santo ha suscitado recientemente por doquier en los
cristianos, todos debemos estar más abiertos y atentos a lo que el Espíritu
dice ahora a las Iglesias (cf. Ap 2, 11).
En este tiempo pascual, pienso en el encuentro que se produjo en el camino a Emaús.
Sin saberlo, los dos discípulos estaban caminando con el Señor resucitado, el
cual se convirtió en su maestro al interpretarles las Escrituras,
"empezando por Moisés y continuando por todos los profetas" (Lc
24, 27). Sin embargo, al inicio no captaron su enseñanza. Sólo comprendieron
cuando se abrieron sus ojos y lo reconocieron. Luego reconocieron la fuerza de
sus palabras, diciéndose mutuamente: "¿No estaba ardiendo nuestro
corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las
Escrituras?" (Lc 24, 32). La búsqueda de reconciliación y comunión
plena significa que también nosotros debemos escrutar las Escrituras para
ser instruidos por Dios (cf. 1 Ts 4, 9).
Beatitud, con fe en Jesucristo, "el primogénito de entre los muertos"
(Col 1, 18) y con espíritu de caridad fraterna y viva esperanza, deseo
asegurarle que la Iglesia católica está irrevocablemente comprometida en el
camino de unidad con todas las Iglesias. Sólo así el único pueblo de Dios
resplandecerá en el mundo como signo e instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
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