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 VISITA A LA CATEDRAL CATÓLICA DE SAN DIONISIO

PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Viernes 4 de mayo de 2001

 

Queridos hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas: 


Agradezco ante todo a monseñor Fóscolos, arzobispo de los católicos de Atenas y presidente de la Conferencia episcopal, su acogida cordial y sus esfuerzos con vistas a la realización de mi peregrinación tras las huellas de san Pablo.

Me alegra la presencia de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos en la catedral de San Dionisio. Como recordó el concilio Vaticano II, estas asambleas son particularmente significativas. En efecto, "es necesario que todos concedan gran importancia a la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones" (Sacrosanctum Concilium, 41), presididas por el obispo rodeado de su presbiterio, que forma a su alrededor "una preciosa corona espiritual" (san Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 13, 1).

Esta catedral está puesta bajo la protección de san Dionisio, el cual fue uno de los primeros griegos convertidos al escuchar la predicación de san Pablo sobre la resurrección. Ojalá que todos acojáis este misterio de la salvación, para vivirlo y ser sus testigos con vuestros hermanos, en un espíritu de acogida recíproca, de solidaridad y de caridad cristiana. San Dionisio es también considerado por la tradición un gran hombre espiritual. Recordad siempre que la vida en intimidad con Cristo fortalece la fe e infunde audacia para la misión. No tengáis miedo de transmitir a los jóvenes la buena nueva de Cristo, para permitirles edificar su vida personal y comprometerse en la Iglesia y en el mundo. En particular, vuestras comunidades necesitan que haya jóvenes que acepten seguir a Cristo de modo radical en el sacerdocio y en la vida consagrada. Promoved las vocaciones.

Que el Señor os guíe a lo largo del camino. Que la Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, sea para vosotros un ejemplo de vida cristiana, con humilde disponibilidad a la llamada de Dios y gran deseo de servir al prójimo. A todos vosotros, a vuestras familias y a vuestras comunidades imparto una afectuosa bendición apostólica.

 

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