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ENCUENTRO ECUMÉNICO EN LA CATEDRAL GRECO-ORTODOXA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 5 de mayo de 2001

Beatitud Ignace;
Santísimo Padre Zakka;
Beatitud Grégoire III;
queridos obispos y dignatarios de las Iglesias y de las comunidades eclesiales
de Siria y de otros países, os agradezco vuestra presencia
y os acojo en esta asamblea como hermanos, peregrinos unidos.


1. "Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor" (Hch 11, 23). Así fue la admiración y el gozo del Apóstol en Antioquía, adonde había sido enviado por la Iglesia de Jerusalén. Y así también es hoy mi alegría y mi mensaje. En efecto, esta visita a Siria me trae a la memoria la aurora de la Iglesia, el tiempo de los Apóstoles y de las primeras comunidades cristianas. Completa las peregrinaciones a la tierra bíblica que pude realizar al principio del año 2000, y me brinda también la feliz ocasión de reunirme con vosotros en Siria y devolveros las visitas que habéis hecho a la Iglesia y al Obispo de Roma.

En esta catedral, dedicada a la Dormición de la Virgen María, quisiera saludar muy particularmente al patriarca Ignace IV Hazim. Beatitud, le agradezco de todo corazón la acogida fraterna que me dispensa hoy y esta liturgia de la Palabra que tenemos la alegría de celebrar juntos. Todos conocen el interés y la actividad que Su Beatitud lleva a cabo, desde hace muchos años, por la causa de la unidad del pueblo de Dios. Los aprecio profundamente, y doy gracias a Dios por ello. Querido hermano, imploro la bendición del Señor sobre su ministerio, así como sobre la Iglesia de la que es pastor.

2. La Iglesia en Siria, construida sobre el fundamento de los apóstoles san Pedro y san Pablo, no tardó en manifestar un extraordinario florecimiento de vida cristiana. Con razón el concilio de Nicea reconoció el primado de Antioquía sobre las Iglesias metropolitanas de la región. Al mencionar aquí en particular a Ignacio de Antioquía, Juan Damasceno y Simeón, no podemos por menos de recordar al gran número de confesores y mártires que, con su fidelidad a la gracia hasta el derramamiento de la sangre, hicieron resplandecer en esta región los comienzos de la Iglesia.
¡Cuántos monjes y monjas se retiraron a la soledad, sembrando de eremitorios y monasterios los desiertos y las montañas de Siria, para vivir en ellos una vida de oración y sacrificio, en alabanza a Dios, y "alcanzar -como decía Teodoro de Edesa- el estado de belleza"! (Discurso sobre la contemplación). ¡Cuántos teólogos sirios contribuyeron al desarrollo de las escuelas teológicas de Antioquía y Edesa! ¡Cuántos misioneros partieron de Siria para dirigirse a Oriente, prosiguiendo así el gran movimiento de evangelización que comenzó en Mesopotamia y se extendió incluso hasta Kerala, en la India! La Iglesia de Occidente tiene una gran deuda con la multitud de pastores de origen sirio, que desempeñaron el ministerio episcopal, incluso el ministerio de Obispo de Roma. ¡Alabado sea el Señor por el testimonio y la influencia del antiguo patriarcado de Antioquía!

Por desgracia, el ilustre patriarcado de Antioquía perdió a lo largo de los siglos su unidad, y es de esperar que los diferentes patriarcados que existen actualmente encuentren los caminos más adecuados para llegar a la comunión plena.

3. Ya está en marcha un proceso de acercamiento ecuménico entre el patriarcado greco-ortodoxo y el patriarcado greco-católico de Antioquía, por el que doy gracias al Señor de todo corazón.
Nace, a la vez, del deseo del pueblo cristiano y del diálogo entre los teólogos, así como de la colaboración fraterna entre los obispos y los pastores de los dos patriarcados. Exhorto a todas las personas implicadas a proseguir esta búsqueda de la unidad, con valentía y prudencia, con respeto pero sin confusión, sacando de la divina liturgia la fuerza sacramental y el estímulo teológico necesarios para este camino. Evidentemente, la búsqueda de la unidad entre el patriarcado greco-ortodoxo y el patriarcado greco-católico de Antioquía se sitúa en el marco más amplio del proceso de unión entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas. Por eso, quiero expresar una vez más mi deseo sincero de que la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas reanude pronto sus actividades del modo más apropiado. Cuanto más afronte este diálogo las cuestiones centrales, tanto más laborioso será. No tenemos por qué sorprendernos, y mucho menos desalentarnos. ¿Quién podría impedirnos poner nuestra esperanza en el Espíritu de Dios, que no cesa de suscitar la santidad entre los discípulos de la Iglesia de Cristo? Deseo agradecer sinceramente al patriarca Ignace IV la contribución positiva y eficaz que el patriarcado de Antioquía y sus representantes han dado siempre al progreso de este diálogo teológico. Asimismo, agradezco al patriarca Grégoire III y a su predecesor, el patriarca Máximos V Hakim, su contribución constante al clima de fraternidad y comprensión, necesario para el buen desarrollo de este diálogo.

4. Quisiera mencionar con igual gratitud y esperanza la profundización de las relaciones fraternas entre el patriarcado siro-ortodoxo y el patriarcado siro-católico. Saludo en particular al patriarca Zakka I, en quien la Iglesia católica, después del concilio Vaticano II, al que asistió como observador, ha encontrado siempre un promotor fiel de la unidad de los cristianos. Santidad, durante su visita a Roma en 1984 tuvimos la alegría de realizar un progreso real en el camino de la unidad, confesando juntos a Jesucristo como nuestro Señor, que es verdadero Dios y verdadero hombre. En esa ocasión también autorizamos un proyecto de colaboración pastoral, relacionado sobre todo con la vida sacramental, cuando los fieles no pueden acudir a un sacerdote de su propia Iglesia. La Iglesia católica también mantiene buenas relaciones con la Iglesia siro-malankar en la India, que depende de su autoridad patriarcal. Suplico al Señor que llegue cuanto antes el día en que desaparezcan los últimos obstáculos que impiden aún la comunión plena entre la Iglesia católica y la Iglesia siro-ortodoxa.

5. En el curso de la historia, y sobre todo a comienzos del siglo XX, algunas comunidades armenias, caldeas y asirias, obligadas a dejar sus ciudades y aldeas de origen debido a la violencia y a la persecución, llegaron a los barrios cristianos de Damasco, Alepo, Homs y otras localidades de esta región. En Siria encontraron un refugio, un lugar tranquilo y seguro. Doy gracias a Dios nuestro Señor por la hospitalidad que la población siria ofreció, en diversas ocasiones, a los cristianos perseguidos de esta región. Superando cualquier división eclesial, esa hospitalidad era la prenda de un acercamiento ecuménico. En el hermano perseguido se reconocía y se quería acoger al Cristo del Viernes santo.

Desde entonces, tanto por convicción como por necesidad, los cristianos de Siria han aprendido el arte de la comunión, la convivencia y la amistad. El acercamiento ecuménico de las familias, los niños, los jóvenes y los responsables sociales es prometedor para el futuro del anuncio del Evangelio en este país. A vosotros, obispos y pastores, os corresponde acompañar con prudencia y valentía esta feliz dinámica de acercamiento y comunión. La cooperación de todos los cristianos, en la vida social y cultural, en la promoción del bien de la paz o en la educación de los jóvenes, manifiesta claramente el grado de comunión que ya existe entre ellos (cf. Ut unum sint, 75).

En virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía unen de hecho mediante vínculos muy estrechos a nuestras Iglesias particulares, que se llaman, y desean llamarse, Iglesias hermanas (cf. Unitatis redintegratio, 14). "Esta vida de Iglesias hermanas la vivimos durante siglos, celebrando juntos los concilios ecuménicos, que defendieron el depósito de la fe de toda alteración. Ahora, después de un largo período de división e incomprensión recíproca, el Señor nos concede redescubrirnos como Iglesias hermanas, a pesar de los obstáculos que en el pasado se interpusieron entre nosotros. Si hoy, a las puertas del tercer milenio, buscamos el restablecimiento de la plena comunión, debemos tender a la realización de este objetivo y debemos hacer referencia al mismo" (Ut unum sint, 57).

6. Hace sólo algunas semanas tuvimos la gran alegría de celebrar en el mismo día la fiesta de Pascua. Viví esa feliz coincidencia del año 2001 como una invitación apremiante de la Providencia, dirigida a todas las Iglesias y comunidades eclesiales, para que restablezcan cuanto antes la celebración común de la fiesta pascual, la fiesta de las fiestas, el misterio central de nuestra fe. Nuestros fieles insisten, con razón, en que la celebración de la Pascua ya no sea un factor de división. Después del concilio Vaticano II, la Iglesia católica se ha declarado favorable a cualquier esfuerzo por restablecer la celebración común de la fiesta pascual. Sin embargo, este proceso resulta más laborioso de lo previsto. ¿Acaso es necesario afrontar etapas intermedias o diferenciadas, a fin de preparar las mentes y los corazones a la aplicación de un cómputo aceptable para todos los cristianos de Oriente y Occidente? Incumbe a los patriarcas y a los obispos de Oriente Próximo asumir juntos esta responsabilidad con respecto a sus comunidades, en los diferentes países de esta región. A este propósito, podrían nacer y difundirse en Oriente Próximo un nuevo impulso y una nueva inspiración.

7. Dentro de algunas semanas vamos a celebrar juntos la fiesta de Pentecostés. Oremos para que el Espíritu Santo "suscite en todos los discípulos de Cristo el deseo de trabajar para que todos se unan en paz, de la manera querida por Cristo, en un solo rebaño bajo un solo pastor" (Lumen gentium, 15). Imploremos al Espíritu que nos haga crecer en santidad, puesto que no existe unidad duradera que no se construya sobre la humildad, la conversión, el perdón y, por tanto, el sacrificio.
Cuando el Espíritu de Pentecostés descendió sobre los Apóstoles, la Virgen María se encontraba en medio de ellos. Que su ejemplo y su protección nos ayuden a escuchar juntos lo que, también hoy, el Espíritu dice a las Iglesias, y a acoger sus palabras con alegría y confianza.

 

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