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PEREGRINACIÓN JUBILAR
TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS PATRIARCAS Y OBISPOS
CATÓLICOS DE SIRIA
Domingo 6 de mayo de 2001
Santidad; Beatitudes; señores
cardenales; queridos hermanos en el episcopado:
1. Mi peregrinación tras las huellas de san Pablo, amados hermanos, me
trae hoy a Siria, a Damasco, y con gran alegría me encuentro en medio de
vosotros. Os agradezco vuestra cordial acogida, y expreso en particular mi
gratitud a Su Beatitud el patriarca Grégoire III por las amables palabras de
bienvenida que me ha dirigido en su residencia patriarcal.
Toda peregrinación es una ocasión para volver a las fuentes de nuestra fe,
para consolidar nuestro amor a Cristo y a la Iglesia, y para entregarnos con
mayor empeño a la misión que Jesús nos ha confiado. Aquí, en esta tierra
bendecida por Dios con la presencia, a lo largo de los siglos, de testigos
eminentes que con su vida y sus escritos son figuras de la tradición de toda la
Iglesia, la historia sagrada se lee, como un libro abierto, en el paisaje, en
los lugares bíblicos y en los santuarios cristianos. Pero esta peregrinación
evidentemente también quiere ser un encuentro con los hombres y las mujeres que
viven en esta tierra, en particular con nuestros hermanos y hermanas en la fe en
el único Señor, que vivió en Oriente Próximo y nos reveló el rostro del
Padre de toda ternura. ¿No fue en esta tierra, en la ciudad de Antioquía, que
es uno de los faros de Oriente, donde los discípulos de Jesús de Nazaret
fueron llamados por primera vez "cristianos" (Hch 11, 26), es
decir, los que confiesan que Cristo es el Señor, el Mesías de Dios, y que son
miembros de su Cuerpo? Por eso, con profunda alegría, os dirijo el mismo saludo
de Cristo después de su resurrección: "¡La paz esté con
vosotros!" (Jn 20, 19).
2. La situación de la Iglesia católica en Siria se caracteriza por una
gran diversidad, en virtud de la presencia simultánea de muchas Iglesias sui
iuris que representan otras tantas grandes y ricas tradiciones del Oriente
cristiano. Con paciencia, superando poco a poco un aislamiento secular debido a
las vicisitudes de la historia, vuestras comunidades y vuestros fieles se han
abierto unos a otros. Aunque habéis permanecido firmemente enraizados en
vuestro patrimonio eclesial, e incluso revalorizándolo, habéis aprendido a
aunar vuestros esfuerzos. La Asamblea de la jerarquía católica en Siria, o más
ampliamente el Consejo de los patriarcas de Oriente Próximo, simbolizan esta
coordinación indispensable, que os invito a proseguir, extender e intensificar
aún más, a pesar de las dificultades que puedan surgir, para prestar un
servicio pastoral mejor a los fieles que os han sido confiados y compartir
realmente los tesoros espirituales de vuestras respectivas tradiciones. En
efecto, aunque es verdad que la comunión es ante todo un don de Dios a su
Iglesia, también lo es el hecho de que debemos corresponder a este don con
discernimiento, respeto, estima mutua y paciencia. Estos diferentes elementos
permiten que la diversidad contribuya a la unidad, testimonian la catolicidad de
la Iglesia y, sobre todo, glorifican el nombre de Dios y sirven al anuncio del
Evangelio, haciendo cada vez más creíble la palabra de los hermanos unidos en
la fe y en el amor.
Esta comunión entre los organismos de vuestras diferentes Iglesias no quita
nada a la comunión episcopal que reina en el seno de vuestros respectivos Sínodos;
al contrario, es una expresión de la comunión católica más amplia, que
siempre hay que poner en práctica y vivificar.
3. Al considerar las realidades concretas que caracterizan la vida de
vuestras comunidades, quisiera invitaros a recomenzar desde Cristo, a fundar en
él toda vuestra vida. La Iglesia, volviendo a él y acudiendo diariamente a la
fuente viva de su Palabra y sus sacramentos, encuentra la fuerza que la vivifica
y la sostiene en su testimonio. El ejemplo de san Pablo, que escribe a los Gálatas:
"Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,
20), nos permite comprender cada vez más este misterio de la presencia de
Cristo en nuestra vida: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo" (Mt 28, 20). Presencia consoladora, que nos
tranquiliza y nos da seguridad en nuestro camino, puesto que Cristo está con
nosotros; presencia exigente, que nos obliga a no guardar para nosotros el
tesoro que hemos recibido: "¡Ay de mí si no predicara el
Evangelio!" (1 Co 9, 16).
Queridos hermanos, en él hallaremos un camino de vida espiritual fuerte, un
camino de santidad, para proponer a todos los bautizados de nuestras
comunidades. Fieles a la alegría de celebrar la Eucaristía, que constituye y
reúne a la comunidad cristiana desde la resurrección del Señor, los creyentes
encuentran en ella el alimento de su fe: al congregarse en torno a la mesa
de la Palabra y del Pan de vida, superan la dispersión de la vida diaria y se
fortalecen, descubren cada vez más su identidad de hijos de Dios y la
consolidan para ser auténticos testigos en la Iglesia y en el mundo. Nuestra
vida, si está arraigada en la oración, en la escucha atenta de la Palabra y en
el gusto por la liturgia, se abrirá plenamente a las inspiraciones del Espíritu,
para anunciar intrépidamente el evangelio de la paz (cf. Ef 6, 15) y
testimoniarlo en todas las realidades familiares, culturales y sociales de la
vida de la ciudad humana. San Pablo, conquistado por la gracia de la llamada de
Cristo, testimonió, más que cualquier otro, la novedad cristiana, y la enseñó
abundantemente. Él mismo inició una vida completamente nueva, consagrada
totalmente a Cristo y al anuncio del Evangelio.
4. Deseo expresar una vez más la gran admiración que siento al ver la
concordia que reina entre los cristianos de Siria. La presencia de Su Santidad
Mar Ignace Zakka I y de Su Beatitud el patriarca Ignace IV es un signo elocuente
de ella. Beatitud Ignace IV, me han conmovido sus recientes declaraciones sobre
la profundidad de la comunión fraterna que existe en este país entre las
Iglesias cristianas y que usted quiere fortalecer cada vez más. Aprovecho esta
ocasión para saludar fraternalmente también a Su Beatitud el cardenal Ignace
Moussa Daoud, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, que
acabo de llamar a Roma para que sea allí un digno representante de todo el
Oriente católico. Saludo también a Su Beatitud el patriarca siro-católico
Ignace Pierre VIII, así como a los demás patriarcas, cardenales y obispos
presentes. La auténtica concordia que existe entre los patriarcas, los obispos
y los dignatarios de las Iglesias y comunidades eclesiales de vuestro país es
un hermoso testimonio de amor cristiano en un país donde la mayoría de los
ciudadanos es de religión musulmana.
En efecto, recordamos que fue en Siria donde la Iglesia de Cristo descubrió su
verdadero carácter católico y asumió su misión universal. Los apóstoles san
Pedro y san Pablo, cada uno según su gracia, trabajaron aquí para reunir a la
única familia de Cristo, acogiendo a los fieles procedentes de diversas
culturas y naciones. Con satisfacción podemos ver cómo se desarrolla la
colaboración entre las Iglesias y las comunidades eclesiales. Esa colaboración
no puede menos de contribuir a la reconciliación y a la búsqueda de la unidad.
Ojalá que este acercamiento os ayude a testimoniar cada vez con mayor
credibilidad a Jesucristo, muerto y resucitado para "reunir en uno a los
hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Que esta
colaboración contribuya también a hacer que la Iglesia de Cristo sea más
hermosa y más auténtica ante los fieles de las demás religiones.
Por su parte, los fieles aprecian mucho las ocasiones que se les ofrecen para
participar en una oración ecuménica común. Esta apertura deberá prevalecer
cada vez más y promover todas las iniciativas en que las Iglesias puedan
cooperar en todos los campos.
En efecto, la división de los cristianos constituye un obstáculo para el
Evangelio. Además, "el ecumenismo no es sólo una cuestión interna de las
comunidades cristianas. Refleja el amor que Dios da en Jesucristo a toda la
humanidad, y obstaculizar este amor es una ofensa a él y a su designio de
congregar a todos en Cristo" (Ut unum sint, 99). Al haber vivido tan
cerca de los creyentes musulmanes durante siglos, los cristianos de Siria captan
enseguida el estrecho vínculo que existe entre la unidad de la comunidad y el
testimonio que nace de la comunión fraterna.
También en este ámbito os aliento a un diálogo auténtico en la vida diaria,
caracterizado por el respeto recíproco y la hospitalidad. ¿No recibieron
Abraham y Sara el don del hijo de la promesa por haber comido, según una
tradición llena de poesía recogida por san Efrén el Sirio, lo que sobró de
la comida que habían ofrecido a los tres ángeles?
5. Es evidente que los Pastores tienen muchas preocupaciones. La más
dolorosa, sin duda alguna, es la emigración de numerosas familias cristianas y
de muchos jóvenes. Todos esperan encontrar en otra parte un futuro mejor. Estoy
seguro de que cada uno de vosotros se formula frecuentemente esta pregunta
angustiosa: ¿qué puedo hacer? Podéis hacer mucho. Ante todo,
contribuyendo a la construcción de una patria próspera económicamente, donde
cada ciudadano tenga los mismos derechos y deberes ante la ley y donde todo el
pueblo desee vivir una paz justa dentro de sus fronteras y con todos sus
vecinos. Contribuir a aumentar la confianza en el futuro de vuestra patria es
uno de los mayores servicios que la Iglesia puede prestar a la sociedad.
Estimular a los cristianos a la solidaridad, afrontando juntos las dificultades
y los sufrimientos de vuestro pueblo, constituye otro medio de acción. Vuestro
influjo sobre la juventud es grande: hablad a su corazón generoso
explicando, corrigiendo, animando y, sobre todo, inculcándole, con vuestro
ejemplo personal, la convicción de que los valores cristianos del corazón y de
la mente pueden dar más felicidad al hombre que todos los bienes materiales.
Transmitid a los jóvenes un ideal humano y cristiano, ayudándoles a descubrir
que, como decía el autor de la Carta a Diogneto, "el lugar que Dios
les ha asignado es tan noble, que no pueden abandonarlo" (VI, 10).
Con este espíritu, el diálogo interreligioso y la colaboración recíproca,
especialmente entre cristianos y musulmanes, representan una contribución
importante a la paz y a la concordia entre los hombres y entre las comunidades.
También deben llevar a un testimonio común en favor de un reconocimiento pleno
de la dignidad de la persona humana.
6. Amados hermanos en Cristo, el mejor modo de terminar estas palabras de
consuelo fraterno es hacer mías las recomendaciones de san Pablo a los ancianos
de la Iglesia de Éfeso: "Tened cuidado de vosotros y de toda la
grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para
apacentar la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre" (Hch
20, 28).
Que este mismo Espíritu Santo os dé la fuerza para ello, por la Pascua de
nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, para gloria de Dios,
nuestro Padre. Os encomiendo a la Virgen María, la Theotokos, a la que
vuestra hermosa liturgia canta sin cesar. Ella es "nuestra hermana llena de
prudencia, (...) el tesoro de nuestra felicidad" (san Efrén el Sirio, Opus
II, 318), y vela maternalmente sobre la Iglesia desde el Cenáculo. Amén.
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