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 PEREGRINACIÓN JUBILAR TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES
Y LOS RELIGIOSOS DE SIRIA


Domingo 6 de mayo de 2001

Santidad;
Beatitudes;
eminencias y excelencias;
hermanos y hermanas en Cristo: 

1. Mientras se acerca la tarde del día del Señor, estamos reunidos en este lugar sagrado -la catedral siro-ortodoxa de San Jorge- para celebrar la luz inextinguible de la santísima Trinidad. La plenitud de la luz del "Señor Dios, aquel que es, que era y que va a venir" (Ap 1, 8), brilla en el rostro de Jesucristo (cf. 2 Co 4, 6). Por medio de él, en el Espíritu Santo, glorificamos a Dios, por nuestra sublime herencia de fe y por la llamada al ministerio de verdad y amor que nos convierte en servidores del Evangelio.

Mi corazón está lleno de gratitud a Dios porque he podido venir a Damasco como peregrino tras las huellas de san Pablo. Precisamente en el camino de Damasco el Apóstol de los gentiles fue llamado por Jesucristo; y aquí recibió la luz del Espíritu Santo y fue bautizado. Aquí el Espíritu Santo nos ha reunido ahora para esta oración común, con el fin de escuchar la palabra de Dios, implorar su perdón por nuestros pecados y divisiones, y alabar su infinita misericordia. En la paz de Cristo resucitado, oremos con un solo corazón y una sola mente, deseosos de acoger la invitación del gran teólogo y místico sirio Abû al-Faraj, que exhorta a los creyentes a "destruir en lo más íntimo de su corazón las raíces de la enemistad entre los cristianos" (Libro de la Paloma, IV).

2. Con afecto fraterno saludo a Su Santidad Moran Mar Ignace Zlkka I Iwas, que nos acoge en esta magnífica catedral. Me complace especialmente poder corresponder a las visitas que Su Santidad y su predecesor, Moran Mar Ignace Jacob III, me hicieron a Roma. Estos contactos mutuos ayudan a sostener y profundizar nuestro amor fraterno; sellan el acuerdo de nuestras Iglesias sobre la profesión común de fe en el misterio del Verbo encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre; y nos animan a proseguir la cooperación pastoral que empezamos hace diecisiete años con nuestra Declaración común. Santidad, la gran apertura ecuménica de su Iglesia es fuente de profunda alegría para muchos y aliciente para avanzar continuamente  por  el  camino hacia la comunión plena (cf. Ut unum sint, 62-63). Es signo de la vitalidad espiritual y pastoral de su Iglesia, que confirman también las numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida monástica.

Con el mismo vínculo fraterno saludo a Su Beatitud el patriarca Ignace IV y a Su Beatitud el patriarca Grégoire III, así como a los metropolitas y a los obispos que los acompañan. Saludo igualmente a los patriarcas y obispos que han venido de los países vecinos, y les agradezco que nos honren con su presencia. Saludo con amor fraterno a Su Beatitud el patriarca emérito Ignace Moussa I Daoud. Cuando lo nombré prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales y lo creé cardenal, no sólo deseé valerme de su experiencia y sabiduría, sino también rendir homenaje a las Iglesias de Oriente y, en particular, a la Iglesia que está en Siria.

Saludo cordialmente a los sacerdotes, a los monjes y monjas, a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles aquí presentes:  me alegra de verdad estar entre vosotros.

3. La alegría de la Pascua floreció en el árbol de la cruz. Aquí, en Damasco, durante una visión, el Señor ordenó al discípulo Ananías que buscara a Saulo, el perseguidor de la Iglesia. A pesar de sus dudas y temores, Ananías obedeció y se dirigió sin vacilar al enemigo de los cristianos como a un "hermano" (Hch 9, 17). Aquí vemos dos características esenciales de la misión de la Iglesia:  obediencia valiente a la palabra de Dios y deseo de perdonar y reconciliarse. Cuando Dios actúa, lo imposible resulta posible. Tenemos el deber de decir "sí" a la voluntad salvífica de Dios y aceptar este plan misterioso con todo nuestro ser.

Cuando Ananías fue a verlo, Pablo estaba en oración (cf. Hch 9, 11). En cierto sentido, se estaba preparando para recibir la misión que lo uniría definitivamente a la cruz:  "Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre" (Hch 9, 16). Existen otras dos características de nuestra llamada al seguimiento de Cristo:  oración y fortaleza ante las dificultades. Quizá hoy más que nunca las características de nuestra fidelidad a Dios serán:  rezar, llevar la cruz, cumplir la voluntad de Dios y honrar a todos como hermanos y hermanas. Al seguir este camino, iremos tras las huellas de "una gran nube de testigos" (Hb 12, 1), incluyendo innumerables monjes y monjas que llegaron antes que vosotros a estas tierras. Por la providencia de Dios, todo el Oriente Próximo está profundamente marcado por la cultura del monaquismo sirio y por su ardiente testimonio.

4. Aquí, en Damasco, deseo rendir homenaje a toda la tradición siria, con su rica unidad en la diversidad. Los santos Pablo, Ignacio de Antioquía, Efrén, Juan Crisóstomo, Simeón el Estilita, Juan Damasceno y muchos otros, son maestros luminosos para todos nosotros. En ellos vemos que la obediencia de la fe y el sufrimiento de la cruz jamás dejan de dar frutos de salvación.

La maravillosa creatividad de vuestra tradición se manifiesta en la figura de san Efrén de Nisibi, el "arpa del Espíritu Santo", cuyas obras se tradujeron rápidamente a todas las lenguas de la antigüedad cristiana. Ojalá que este intercambio de dones no cese jamás. Espero ardientemente que en todas partes los cristianos abran una vez más su corazón a los tesoros espirituales y doctrinales de las Iglesias de tradición siria.

Entre los numerosos seguidores del Cordero figura el incomparable santo de vuestro país, Simeón el Estilita, que fue en su tiempo un icono vivo de santidad y ahora es venerado por la Iglesia en todo el mundo. Su oración era incesante y su caridad universal, pues acogía a quienes acudían a él de lugares cercanos y lejanos, tanto a las personas más importantes como a las más humildes. Además, llevaba en su cuerpo las llagas del Señor crucificado (cf. Teodoreto de Ciro, Historia religiosa, 26). En su biografía, escrita por sus discípulos quince años después de su muerte, se describe la extraordinaria vocación de san Simeón con estas palabras:  "Por el sufrimiento de su siervo, Dios quiso despertar al mundo de su profundo sueño". El mundo actual necesita despertarse al amor de Dios y a su plan salvífico. La lectura del evangelio nos ha exhortado:  "Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega" (Jn 4, 35). Ya es hora de recoger la cosecha, porque el corazón humano tiene siempre hambre de aquel que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Un testimonio común de los cristianos es esencial para que crea el mundo del tercer milenio (cf. Jn 17, 21). Que el Espíritu Santo apresure el día de nuestra unión plena.

5. Al concluir nuestro breve encuentro, hago mías las palabras que pronuncia el obispo o el sacerdote al final de la liturgia divina según el rito sirio occidental:  "Id en paz, queridos hermanos, porque os encomendamos a la gracia y a la misericordia de la santa y gloriosa Trinidad. (...)
Salvados por la cruz victoriosa del Señor y sellados con el santo bautismo, que la santísima Trinidad borre vuestros pecados, perdone vuestras ofensas y conceda paz a las almas de vuestros difuntos". Que todas estas bendiciones se derramen sobre vosotros por la poderosa intercesión de los santos, de los mártires y de la santísima Madre de Dios, la Theotókos  Yoldat Aloho. Amén.

 

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