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ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD
MUSULMANA EN LA MEZQUITA DE LOS OMEYAS
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA VISITA AL MEMORIAL DE SAN JUAN BAUTISTA
Domingo 6 de mayo de 2001
Queridos amigos musulmanes, ¡la paz esté con
vosotros!
1. Alabo de corazón a Dios todopoderoso por la gracia de este encuentro.
Os agradezco mucho vuestra cordial acogida, según la tradicional hospitalidad
del pueblo de esta región. Agradezco especialmente los amables saludos del
ministro del Waqf y del gran muftí, que, con sus palabras, han expresado el
gran deseo de paz que llena el corazón de todas las personas de buena voluntad. Mi
peregrinación jubilar se ha caracterizado por numerosos e importantes
encuentros con líderes musulmanes en El Cairo y Jerusalén, y ahora me siento
profundamente conmovido por ser vuestro huésped aquí, en la gran mezquita de
los Omeyas, tan rica en historia religiosa. Vuestra tierra es muy querida para
los cristianos: aquí nuestra religión conoció momentos fundamentales de
su crecimiento y de su desarrollo doctrinal, y aquí se fundaron comunidades
cristianas que vivieron en paz y armonía con sus vecinos musulmanes durante
muchos siglos.
2. Nos hallamos cerca de la que cristianos y musulmanes consideran como la
tumba de san Juan Bautista, conocido como Yahya en la tradición
musulmana. El hijo de Zacarías es una figura de gran importancia en la historia
del cristianismo, porque fue el Precursor que preparó el camino a Cristo. La
vida de san Juan, entregada totalmente a Dios, se coronó con el martirio. Ojalá
que su testimonio ilumine a todos los que veneran aquí su memoria, para que
tanto ellos como nosotros comprendamos que la gran tarea de la vida consiste en
buscar la verdad y la justicia de Dios.
El hecho de que nuestro encuentro se celebre en este famoso lugar de oración
nos recuerda que el hombre es un ser espiritual, llamado a reconocer y respetar
la primacía absoluta de Dios en todas las cosas. Los cristianos y los
musulmanes concuerdan en que el encuentro con Dios en la oración es el alimento
necesario para nuestra alma, sin el cual nuestro corazón se vuelve árido y
nuestra voluntad ya no busca el bien, sino que cede al mal.
3. Los musulmanes, al igual que los cristianos, consideran sus lugares de
oración como oasis donde encuentran al Dios misericordioso a lo largo de su
camino hacia la vida eterna, y a sus hermanos y hermanas mediante el vínculo de
la religión. Cuando, con ocasión de matrimonios, funerales u otras
celebraciones, los cristianos y los musulmanes guardan silencio por respeto a la
oración del otro, dan testimonio de lo que los une, sin ocultar o negar lo que
los separa.
En las mezquitas y en las iglesias las comunidades musulmanas y cristianas
forjan su identidad religiosa, y los jóvenes reciben en ellas una parte
significativa de su educación religiosa. ¿Qué sentido de identidad se inculca
en los jóvenes cristianos y en los jóvenes musulmanes que frecuentan nuestras
iglesias y mezquitas? Espero ardientemente que los líderes religiosos y los
maestros musulmanes y cristianos presenten nuestras dos grandes comunidades
religiosas como comunidades en diálogo respetuoso, y nunca más como
comunidades en conflicto. Es fundamental enseñar a los jóvenes los caminos
del respeto y la comprensión, a fin de que no abusen de la religión para
promover o justificar el odio y la violencia. La violencia destruye la imagen
del Creador en sus criaturas, y nunca debería considerarse como fruto de
convicciones religiosas.
4. Espero de verdad que este encuentro en la mezquita de los Omeyas sea un
signo de nuestra decisión de proseguir el diálogo interreligioso entre la
Iglesia católica y el islam. Este diálogo ha cobrado mayor impulso en las últimas
décadas; y hoy podemos estar satisfechos por el camino recorrido hasta ahora.
En el nivel más elevado, el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso
representa a la Iglesia católica en esta tarea. Durante más de treinta años
el Consejo ha enviado un mensaje a los musulmanes con ocasión de la Îd al-Fitr,
al final del Ramadán, y me alegra que este gesto haya sido acogido por muchos
musulmanes como un signo de creciente amistad entre nosotros. En los últimos años
el Consejo ha creado un comité para las relaciones con las organizaciones islámicas
internacionales, así como con el al-Azhar, en Egipto, que tuve el placer
de visitar el año pasado.
Es importante que los musulmanes y los cristianos sigan examinando juntos
cuestiones filosóficas y teológicas, para llegar a un conocimiento más
objetivo y completo de las creencias religiosas del otro. Ciertamente, una mejor
comprensión recíproca llevará, en la práctica, a un nuevo modo de presentar
nuestras dos religiones, no en oposición, como ha sucedido muchas veces
en el pasado, sino en colaboración con vistas al bien de la familia humana.
El diálogo interreligioso es más eficaz cuando brota de la experiencia de la
"convivencia" diaria en la misma comunidad y cultura. En Siria los
cristianos y los musulmanes han convivido durante siglos, y han desarrollado
incesantemente un rico diálogo de vida. Cada persona y cada familia experimenta
momentos de armonía, y otros en que se rompe el diálogo. Las experiencias
positivas deben fortalecer la esperanza de paz de nuestras comunidades, y las
negativas no deberían debilitarla. Por todas las veces que los musulmanes y los
cristianos se han ofendido recíprocamente, debemos buscar el perdón del
Todopoderoso y ofrecérnoslo unos a otros. Jesús nos enseña que debemos
perdonar las ofensas de los demás si queremos que Dios perdone nuestros pecados
(cf. Mt 6, 14).
Como miembros de la familia humana y como creyentes, tenemos obligaciones con
respecto al bien común, la justicia y la solidaridad. El diálogo
interreligioso llevará a muchas formas de cooperación, especialmente para
cumplir el deber de asistir a los pobres y a los débiles. Estos son los signos
que muestran la autenticidad de nuestro culto a Dios.
5. Los cristianos, mientras avanzamos por el camino de la vida hacia
nuestro destino celestial, sentimos la compañía de María, la Madre de Jesús;
y el islam también honra a María y la saluda como "elegida entre todas
las mujeres del mundo" (Corán, III, 42). La Virgen de Nazaret, la
Señora de Saydnâya, nos ha enseñado que Dios protege a los humildes y
"dispersa a los soberbios de corazón" (Lc 1, 51). Ojalá que
los cristianos y los musulmanes se traten con sentimientos de fraternidad y
amistad, para que el Todopoderoso nos bendiga con la paz que sólo el cielo
puede dar. ¡Al Dios único y misericordioso, alabanza y gloria por siempre! Amén.
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