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PEREGRINACIÓN JUBILAR TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
EN LA CATEDRAL


Lunes 7 de mayo de 2001

Queridos amigos, cuando los cardenales me eligieron para ocupar la Cátedra de San Pedro, hablé a los jóvenes y les dije:  vosotros sois mi esperanza, sois la esperanza de la Iglesia.

Veintitrés años después os repito con una convicción aún mayor:  vosotros sois la esperanza de la Iglesia. Y hoy quiero añadir; sois la esperanza de Siria.

Esperanza de la paz, de la unidad y de la civilización del amor. Vosotros sois la esperanza.

Queridos jóvenes: 

1. "La paz esté con vosotros". Esta tarde os dirijo el saludo pascual del Señor resucitado a sus discípulos. Me alegra encontrarme con vosotros al final de mi peregrinación tras las huellas del apóstol san Pablo en Siria. Doy las gracias a los jóvenes que me han saludado en vuestro nombre. Pertenecéis a confesiones cristianas diversas, pero, todos juntos, queréis poneros a la escucha del único Señor y caminar hacia él:  que vuestra presencia aquí sea signo de vuestro compromiso común de participar, con la gracia de Cristo, en la promoción de la plena unidad visible entre todos los cristianos.

Saludo cordialmente a Su Beatitud el patriarca Grégoire III, y le agradezco las palabras de bienvenida que ha querido dirigirme en nombre de los obispos del patriarcado de Antioquía de los greco-melquitas. En esta catedral mi pensamiento fraterno va también al venerado patriarca Máximos Hakim, que, desde su residencia de Beirut, se une a nosotros con la oración.

2. El pasaje de la carta a Timoteo que acabamos de escuchar es un aliciente para vosotros:  "Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él; si le negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2, 11-13).

Queridos jóvenes, vivís en una época que plantea numerosos interrogantes e incertidumbres, pero Cristo os llama y suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande y hermoso, la voluntad de perseguir un ideal, el rechazo de la mediocridad y la valentía de comprometeros, con paciencia perseverante.

3. Para responder a esta llamada, buscad siempre la intimidad con el Señor de la vida, manteniéndoos fielmente en su presencia mediante la oración, el conocimiento de las Escrituras, el encuentro eucarístico y el sacramento de la reconciliación. Así edificaréis y fortaleceréis "vuestra vida interior", como dice el apóstol san Pablo. La relación de corazón a corazón con el Señor constituye también el secreto de una existencia que da fruto, ya que se organiza en torno a lo que es central para todo ser humano, el diálogo con nuestro Creador y nuestro Salvador. De este modo, vuestra vida no será superficial, sino que estará profundamente arraigada en los valores espirituales, morales y humanos, que constituyen la columna vertebral de todo ser y de toda vida.
Recordad que no es posible ser cristianos rechazando la Iglesia fundada en Jesucristo; que no es posible proclamarse creyentes sin realizar las obras de la fe; que no es posible llamarse hombres y mujeres espirituales sin dejarse modelar por Dios en la escucha humilde y gozosa de su Espíritu, y sin estar dispuestos a aceptar su voluntad.

Podréis entonces hacer vuestras opciones y comprometeros con todas vuestras fuerzas. Quizá os planteéis hoy preguntas como estas:  ¿qué camino tomar? ¿Qué hacer con mi vida? ¿A quién seguir? No tengáis miedo de tomaros tiempo para reflexionar junto con los adultos, a fin de examinar seriamente las opciones que tenéis que hacer y que suponen escuchar a Cristo, el cual os invita a seguirlo por los caminos exigentes de un testimonio valiente al servicio de los valores por los que vale la pena vivir y dar la vida:  la verdad, la fe, la dignidad del hombre, la unidad, la paz y el amor. Con el apoyo de Cristo y de su Iglesia llegaréis a ser hombres y mujeres cada vez más libres y responsables de su vida, que quieren participar activamente en la vida de su Iglesia, en las relaciones entre las comunidades religiosas y humanas, y en la construcción de una sociedad cada vez más justa y fraterna.

4. El Señor pide a sus discípulos que sean signos en el mundo; que, en los lugares donde viven y trabajan, sean instrumentos visibles y creíbles de su presencia salvífica. No sólo con palabras, sino sobre todo con un estilo de vida particular, con corazón libre y espíritu creativo, ayudaréis a los jóvenes de vuestra generación a descubrir que Cristo es vuestra alegría y vuestra felicidad. Por eso conviene evitar el equívoco, frecuente hoy, de suponer que la fe no influye en la vida y que en la vida se puede prescindir de la fe. El ser y la existencia del cristiano deben estar unificados en torno a su núcleo central, la adhesión a Jesucristo; así, podrá repetir sin cesar con el Apóstol:  "Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe" (2 Tm 1, 12).

5. Como los paganos que suplicaban a Felipe, diciéndole:  "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), o la persona que vislumbró san Pablo en su visión:  "Ayúdanos" (Hch 16, 9), los hombres de hoy, en su búsqueda a tientas, quieren conocer, a menudo sin saberlo, a Cristo, el único Salvador. Queridos jóvenes, os invito hoy a hablar de Jesucristo con valentía y fidelidad, sobre todo a los jóvenes de vuestra generación. Y no sólo hablar de Jesucristo, sino también y sobre todo a testimoniarlo. Que al ver vuestra vida, vuestros compatriotas puedan preguntarse qué os guía y qué constituye vuestra alegría. Entonces podréis responderles:  "Venid y lo veréis". La Iglesia cuenta mucho con vosotros, para que Cristo sea más conocido y más amado. Vuestra misión, que es la misión de todos los bautizados, nace, como la de los Apóstoles y las mujeres en la mañana de Pascua, del encuentro con el Señor resucitado (cf. Jn 20, 11-21. 25); el amor nos impulsa a transmitir esta buena nueva que transforma nuestra vida y el destino del mundo.

6. Queridos jóvenes, el futuro del cristianismo en vuestro país depende de la cercanía y de la colaboración entre las Iglesias y las comunidades eclesiales que viven en él. Ya estáis convencidos de ello, y trabajáis para lograr este objetivo. Apreciáis la convivencia que mantenéis diariamente en los barrios, en las escuelas o institutos de formación, en los grupos o en las actividades juveniles.
Esa convivencia os prepara desde ahora para afrontar juntos vuestro futuro de cristianos en Siria. Profundizad cada vez más lo que os une. Meditad juntos el Evangelio, invocad al Espíritu Santo, escuchad el testimonio de los Apóstoles, orad con alegría y en acción de gracias. Amad a vuestras comunidades eclesiales. Os transmiten la fe y el testimonio por los que vuestros antepasados pagaron con frecuencia un precio muy alto. Cuentan con vuestra valentía y vuestra santidad, fundamento de toda auténtica reconciliación. Que la oración de Cristo:  "Que todos sean uno", resuene en vuestro corazón como una invitación y una promesa. Vuestro país se caracteriza también por la convivencia entre todos los componentes de la población. Aprecio esta convivencia solidaria y pacífica. Ojalá que  todos  se  sientan  parte activa de la comunidad, en la que puedan dar libremente su contribución al bien común.

Queridos jóvenes, debéis dar al mundo el Dios que habéis descubierto. La lógica cristiana es realmente "original":  nadie puede conservar este don si, a su vez, no lo ofrece. Es la misma lógica que ha vivido con vosotros el Maestro divino, que se despojó y humilló hasta el sacrificio supremo. Por eso fue exaltado y se le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (cf. Flp 2, 5-11). La auténtica fecundidad de toda existencia se basa en esta experiencia radical del misterio de la pasión y la resurrección.

7. Os repito esta tarde, en unión con vuestros patriarcas y vuestros obispos, con los sacerdotes y con toda la Iglesia:  sed testigos fieles del Verbo de la vida en vuestros ambientes. Los compromisos que tenéis que asumir como consecuencia de vuestra pertenencia a Cristo y de vuestra decisión de servir al hombre son:  vuestra presencia asidua y vuestra colaboración en las parroquias y en los movimientos eclesiales, vuestra atención fraterna y solidaria a los que sufren en el cuerpo y en el alma, y vuestro empeño responsable en la construcción de una sociedad respetuosa de los derechos de todos y promotora del bien común y de la paz. Queridos jóvenes cristianos:  testimoniad el "evangelio de la caridad"; queridos jóvenes de Siria:  construid la "civilización del amor". Os dejo estas consignas con gran esperanza y gran confianza.

8. Os repito afectuosamente la invitación que dirigí a los jóvenes del mundo entero con ocasión del gran jubileo:  "No tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio. (...) Con Cristo la santidad -proyecto divino para cada bautizado- es posible. (...) Jesús camina con vosotros, os renueva el corazón y os infunde valor con la fuerza de su Espíritu" (Mensaje para la XV Jornada mundial de la juventud, 29 de junio de 1999, n. 3:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de julio de 1999, p. 2).

Os bendigo de corazón a todos vosotros, así como a vuestras familias.

 

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