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PEREGRINACIÓN JUBILAR TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO, MALTA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA SOCIEDAD
DE LA DOCTRINA CRISTIANA


Harum, 9 de mayo de 2001

Señor presidente y autoridades de Malta;
queridos cardenales y hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas: 


1. Con la alegría de la Pascua hago mías las palabras del Señor resucitado:  ¡la paz esté con vosotros! Gracias por vuestra cordial bienvenida. Demuestra que aún se puede encontrar en Malta la hospitalidad que se dispensó al apóstol san Pablo (cf. Hch 28, 2). Agradezco las amables palabras que, en nombre de ambas ramas de la Sociedad, me ha dirigido el superior general, expresando todo vuestro amor a la Iglesia y al Sucesor de Pedro.

2. La isla de Malta es una roca que sobresale en el mar, donde el suelo es a menudo estéril y el sol abrasa. Por eso, este lugar, en el que nos hallamos reunidos, se llama la "Roca Blanca". Con todo, a lo largo de los siglos Malta ha sido extraordinariamente generosa y fértil en los caminos más profundos del Espíritu. La fe inquebrantable del pueblo maltés ha permitido que esta roca sea la tierra buena de la que habla el evangelio. En esta tierra el beato Jorge Preca plantó la Sociedad de la Doctrina Cristiana, que en un siglo de vida ha florecido. A diferencia de la higuera de la narración evangélica que acabamos de escuchar (cf. Lc 13, 6-9), habéis producido frutos en abundancia, y por ello damos hoy gloria y gracias a Dios.

Don Jorge no sólo plantó la semilla; también cuidó el brote y alimentó el arbolito para que creciera fuerte y fecundo, como ha sucedido. Habéis florecido porque vuestras raíces están profundamente arraigadas en Cristo y porque os habéis alimentado muy bien con la vida de santidad de don Jorge.
Para comprender mejor vuestra vocación, consideremos la higuera. Sus hojas nuevas indican que el verano está por llegar (cf. Lc 21, 29-31). En la estación de calor su sombra proporciona cobijo del sol. Ofrece abundantes y dulces frutos, y las Escrituras dicen que su fruto tiene propiedades curativas (cf. Is 38, 21). Esta es la imagen de lo que estáis llamados a ser. Como catequistas, debéis dar dulce alimento a cuantos tienen hambre de Dios. Debéis curar a los que sufren por falta de luz y de amor. Si lo hacéis, seréis verdaderamente el signo de la primavera que el Espíritu Santo está preparando actualmente para la Iglesia.

3. Dondequiera que fuera, a don Jorge lo seguían multitud de personas, atraídas por sus palabras. ¿Por qué? Porque reconocían en la predicación de don Jorge la voz de Jesús mismo. Era al Señor mismo a quien escuchaban. Les atraía la irresistible fascinación de Cristo, convencidos de que era el único que podía saciar el anhelo más profundo de su corazón. La belleza de la santidad suprema de Jesús, que se refleja en este nuevo beato, nunca dejará de atraer al corazón humano. Si mostramos al mundo el rostro del Señor resucitado, con toda seguridad tocaremos y conquistaremos las almas de modo sorprendente.

4. En las profundidades de la contemplación descubrimos "la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo" (2 Co 4, 6). Por esto vuestra regla de vida os exige orar a menudo y acudir regularmente a vuestro director espiritual, que os sirve de guía y compañero en vuestro camino de fidelidad. Contemplar el rostro de Cristo os llenará de energía espiritual para la misión que os ha sido confiada. Como san Pablo, estáis llamados a ser misioneros de la contemplación:  no sólo maestros, sino también testigos que pueden hablar con convicción porque pueden decir, como los primeros discípulos:  "¡Hemos visto al Señor!" (Jn 20, 25). El Papa Pablo VI escribió que "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos" (Evangelii nuntiandi, 41). Eso lo vivió don Jorge de modo admirable y también debéis vivirlo vosotros, sus hijos espirituales.

En su carta a los Gálatas, san Pablo escribe que Dios "tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles" (Ga 1, 16). No habla de Cristo revelado "a mí", sino de Cristo revelado "en mí". Cuando Jesús se revela a Saulo en el camino de Damasco y Pablo abre su corazón para recibir el don, se convierte él mismo en revelación. Está tan lleno de Cristo que puede decir en esa misma carta:  "ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).
Toda su vida, todo lo que hace, dice y piensa, su cuerpo, su mente, su corazón y su alma, se convierten en revelación de Jesús al mundo. Este es el misterio de la sublime vocación que Dios da no sólo a san Pablo y al beato Jorge Preca, sino también a cada uno de vosotros.

5. Vuestro fundador sentía gran devoción por las palabras:  "Verbum Dei caro factum est", basadas en el Prólogo del evangelio de san Juan:  "El Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14). En efecto, allí se halla el fundamento de vuestra vocación y de vuestro apostolado. En cierto sentido, el Verbo de Dios se encarna continuamente en su Cuerpo místico, la Iglesia. Debéis ayudarle a ello, haciendo por los demás cuanto don Jorge hizo por vosotros. Debéis plantar la semilla de la palabra de Dios en el corazón de las personas, para que Cristo viva en ellas. Debéis enseñar a todos -niños, jóvenes y adultos- a contemplar el rostro de Cristo, a ver al Señor (cf. Novo millennio ineunte, 16), a fin de que la luz de la gloria de Dios, que resplandece en el rostro de Jesús, brille también en ellos. "Este arraigarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación" (ib., 3).

Mientras continuáis esta misión sagrada, que resuenen incesantemente en vuestro corazón las palabras de vuestro fundador:  MUSEUM Magister, utinam sequatur Evangelium universus mundus. Maestro, que el mundo entero siga el Evangelio. Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, de san Pablo y del beato Jorge Preca, así como de los beatos Ignacio y María Adeodata, también beatificados hoy, imparto mi bendición apostólica a todos los miembros de la Sociedad de la Doctrina Cristiana, como prenda de infinita misericordia en  Jesucristo, "el  testigo  fiel, el primogénito de entre los muertos" (Ap, 1, 5). ¡La paz esté con vosotros!

 

 

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