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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DE LAS OBRAS
MISIONALES PONTIFICIAS


Viernes 11 de mayo de 2001

 

Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos directores nacionales;
colaboradores y colaboradoras de las Obras misionales pontificias: 


1. Es para mí una gran alegría reunirme con vosotros, con ocasión de vuestra asamblea anual. Saludo, en primer lugar, al señor cardenal Crescenzio Sepe, nombrado recientemente prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, y le agradezco las palabras que me ha dirigido también en vuestro nombre. Saludo a monseñor Charles Schleck, secretario adjunto de la misma Congregación y presidente de las Obras misionales pontificias, así como a los secretarios generales de las cuatro Obras. Os saludo en particular a vosotros, queridos directores nacionales, que en vuestros respectivos países os dedicáis generosamente a la animación y la cooperación misionera. A través de vosotros quisiera expresar mis sentimientos de gratitud a todos los que, con discreción y en silencio, trabajan tanto para que el anuncio de la buena nueva se difunda en todos los rincones del mundo.

2. Este encuentro tiene lugar mientras resuena aún en la Iglesia y en el mundo el eco del gran jubileo, que no sólo fue una "memoria del pasado", sino también una "profecía del futuro". En la carta apostólica Novo millennio ineunte escribí:  "Es necesario pensar en el futuro que nos espera" (n. 3). Fruto del jubileo es mirar hacia adelante con actitud de fe y esperanza cristiana, para vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro, con la certeza de que "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Nos espera una nueva y fecunda época de evangelización.

Por tanto, la misión, tarea de todos los creyentes, ha de ser, de modo especial, vuestro compromiso. Dedicaos sin pausa a la animación, a la formación y a la cooperación misionera; tened la valentía de osar y la sabiduría del discernimiento, proyectando y desarrollando cualquier iniciativa útil al servicio de Cristo. Así, respondiendo a los dones del Espíritu, colaboraréis en la obra de la salvación universal, objetivo fundamental al que debemos tender siempre con constante confianza.

3. Durante los días que han precedido a vuestra asamblea anual, con la ayuda de estudiosos y expertos, habéis reflexionado en la figura del venerable Paolo Manna, fundador de la Pontificia Unión misionera, obra definida por mi predecesor Pablo VI "alma de las Obras misionales". Paolo Manna constituye un luminoso ejemplo de audacia apostólica. Impulsado por el fuego del amor a Cristo, fundó una nueva Obra, indicando posibilidades inéditas, y nuevas fronteras valientes para la misión. Vivió y transmitió a sus colaboradores una constante tensión hacia Dios, que "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 4). Su preocupación por comprometer a todos, especialmente a los sacerdotes y a los religiosos, fue providencial para una sensibilización más profunda de los pastores y los fieles.

Queridos directores nacionales, este ha de ser vuestro anhelo incesante para que, con la ayuda de la gracia divina, aumenten las vocaciones misioneras ad gentes y sean cada vez más generosas y valientes. Pienso, sobre todo, en los que dedican toda su vida al trabajo misionero. A este propósito, siento la necesidad de dar una vez más las gracias a cuantos, en medio de todo tipo de dificultades, con la mirada fija en Jesús, iniciador y consumador de la fe (cf. Hb 12, 2), perseveran en el anuncio y en el testimonio, sin pensar en los peligros y dispuestos incluso a sacrificar su vida.
Ciertamente Dios les hará sentir su presencia y su consuelo. ¡Cuántas veces la muerte de esos testigos de la fe abre posibilidades inesperadas al evangelio del amor y de la paz! Esta invencible pasión por Cristo constituye un testimonio singular y elocuente para los hombres de nuestra época.

4. Estamos en el alba de un nuevo milenio, tiempo de gracia, tiempo oportuno (cf. 2 Co 6, 2). El Señor nos asocia a sí como hizo con los primeros discípulos y nos invita a "remar mar adentro" (Lc 5, 4), mientras -como escribí en la conclusión de la carta encíclica Redemptoris missio- amanece "una nueva época misionera" (n. 92). Todos los creyentes están llamados a "preparar el camino del Señor" (Mt 3, 3), abandonando temores y dudas. Todos están invitados a acoger, aun conscientes de su pobreza, la invitación de Cristo:  "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15).

Jesús nos llama y nos envía como hizo con los Apóstoles; no nos elige por nuestros méritos o nuestras obras; más bien nos sostiene y robustece con su "espíritu (...) de fortaleza, de caridad y de templanza" (2 Tm 1, 7). Sólo "armados" con su gracia podremos llevar la buena nueva hasta los confines de la tierra. Las dificultades y los obstáculos no nos detendrán, porque nos sostiene continuamente el amor del Padre celestial a todo el género humano.

Amadísimos hermanos y hermanas, a vosotros y a cuantos forman parte de vuestras comunidades os encomiendo a las manos misericordiosas de María, Madre de la Iglesia y Estrella de la evangelización. Guiados por ella, llevad a todas partes el Evangelio de su Hijo divino, nuestro único Redentor. Por lo que a mí atañe, os acompaño con la oración y os bendigo de corazón a vosotros y a los que en numerosas regiones de la tierra trabajan en la animación, la formación y la cooperación misionera.

 

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