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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA DE LA UNIÓN INTERNACIONAL
DE SUPERIORAS GENERALES


Lunes 14 de mayo de 2001

 

A la Unión internacional
de superioras generales


1. Con gran alegría me dirijo a vosotras, queridas superioras, que habéis venido de todas las partes del mundo para participar en el acostumbrado encuentro de la Unión internacional de superioras generales. Se os ha convocado para reflexionar acerca de los problemas y las esperanzas de la vida consagrada en este comienzo del tercer milenio, a fin de poder continuar siendo, con plena fidelidad a vuestros carismas, signo del amor de Cristo. Al no poder recibiros en audiencia debido a mi peregrinación tras las huellas de san Pablo, que me llevará en los próximos días a Atenas, Damasco y Malta, con sumo gusto os dirijo este mensaje, gracias al cual puedo estar al menos espiritualmente entre vosotras.

Os habéis reunido en Roma para reflexionar sobre un tema que une admirablemente no sólo la enriquecedora diversidad de vuestros carismas en la Iglesia, sino también el pluralismo de las culturas que hacen significativas vuestras tradiciones. Os une en un solo corazón el anhelo del apóstol Pablo:  "Charitas Christi urget nos!" (2 Co 5, 14). En este mundo, herido por tantas contradicciones, con vuestra identidad de "mujeres" os proponéis "ser presencia viva de la ternura y de la misericordia de Dios". Sólo en virtud de la caridad de Cristo las comunidades religiosas pueden responder eficazmente a los desafíos del mundo moderno y ser anuncio vivo de comunión para una nueva humanidad, que brote de la misericordia y de la ternura de Dios.

2. Vuestra vida consagrada se caracteriza por la comunión con Dios Amor, a quien queréis dar la primacía en toda opción. El Dios al que os habéis entregado como don libre y consciente, es el Dios de Jesucristo, el Dios del Amor, de la Relación, Dios Trinidad. Él envuelve nuestra pequeñez en su misma dinámica de amor y de unidad. Pero, ¿cómo podremos pertenecer a un Dios de comunión si no vivimos en comunión con quienes tratamos, manifestándola concretamente en nuestra vida? En la exhortación postsinodal Vita consecrata, puse de relieve que "la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (n. 41) y, últimamente, en la carta apostólica Novo millennio ineunte, expliqué que "espiritualidad de comunión" significa "una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado" (n. 43).
La misma llamada que os dirigió Jesús y a la que cada una de vosotras ha respondido con la entrega de la propia vida, no puede realizarse sin entrar en comunión con el mundo entero por amor a Dios.

3. Para reconocer a Cristo y a la Iglesia, el mundo necesita también vuestro testimonio. Por eso, no os desalentéis si encontráis dificultades. A veces puede parecer que el amor, la justicia y la fidelidad ya no están presentes en el mundo de hoy. No tengáis miedo; el Señor está con vosotras, os precede y os acompaña con la fidelidad de su amor. Con vuestra vida, dad testimonio de lo que creéis.

Se necesita el testimonio fuerte y libre de vuestro voto de pobreza, vivido con amor y alegría, a fin de que vuestras hermanas y vuestros hermanos comprendan que el único "tesoro" es Dios con su amor salvífico. La pobreza custodia la castidad y os preserva de ser esclavas de las necesidades creadas artificiosamente por la civilización del bienestar. Liberadas de todo lo que es superfluo, daréis a vuestra pobreza el rostro evangélico de la libertad y de la confianza de quien está seguro de que Dios provee a  sus  hijos. No  se  os ha pedido que seáis potentes, sino que seáis santas.

Se necesita vuestra castidad fiel y límpida que "anuncia", en el silencio de la entrega diaria, la misericordia y la ternura del Padre y grita al mundo que hay un "amor mayor" que llena el corazón y la vida, porque deja lugar para el hermano, como sugiere el Apóstol:  "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas" (Ga 6, 2). No tengáis miedo de dar testimonio de este gran don de Dios. La juventud os observa:  ojalá aprenda de vosotras que hay un amor distinto del que el mundo proclama, un amor fiel, total, capaz de arriesgarse. La virginidad, vivida por amor a Cristo, es profética, hoy más que nunca.

Se necesita vuestra obediencia responsable y totalmente disponible a Dios a través de las personas que él pone en vuestro camino. Estáis llamadas a mostrar, con vuestra vida, que la verdadera libertad consiste en entrar decididamente por el camino marcado y bendecido por la obediencia, el camino de muerte y resurrección que Jesús nos enseñó con su ejemplo. Tened presente su grito de soledad y, al mismo tiempo, de abandono al Padre:  "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú" (Mt 26, 39) (cf. Novo millennio ineunte, 26). Vivid la obediencia en la comunión. No dejéis que el individualismo se infiltre en vuestras comunidades. Las que ejercen el servicio de la autoridad procuren siempre que todas las hermanas den testimonio de una profunda comunión con el Magisterio de la Iglesia, en especial cuando una mentalidad secularizada y hedonista intenta poner en discusión verdades fundamentales y normas morales. Que vuestra obediencia sea un abandono ilimitado a los designios del Padre, como lo fue la obediencia de Jesús.

4. De este abandono al amor de Dios es de donde toma su fuerza la caridad con el prójimo. "Es la hora de una nueva "creatividad de la caridad"" (ib., 50) que no sólo promueva la eficacia de las ayudas prestadas, por otra parte muy necesarias, "sino la capacidad de mostrarse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda no sea percibido como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (ib.). La vida religiosa, para encontrarse a sí misma, ha de redescubrir el contacto con la gente a fin de que esta pueda conocerla tal como es en realidad:  un don de Dios hecho a los hombres en el misterio de comunión que da vida a la Iglesia. Cuanto más os pongáis al servicio de los demás, empezando por los más pobres, tanto más profundamente comprenderéis la vitalidad del carisma que Dios os ha otorgado a través de vuestros fundadores y vuestras fundadoras. Todo carisma ha sido dado para la vida del mundo. La contemplación, como la evangelización, el servicio a los marginados y a los enfermos, así como la enseñanza, son siempre un diálogo con la humanidad, la misma humanidad en favor de la cual Dios no dudó en enviar a su propio Hijo, a fin de que diera la vida para su redención.

¡Cuántas veces se ha dicho que hoy, más que maestros, se necesitan testigos! Sed, por tanto, testigos del Evangelio, fieles a Dios y fieles al hombre. La vida religiosa, precisamente en virtud de la fe en la presencia de Cristo en su Iglesia -"Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20)-, vivirá con toda la Comunidad eclesial "un renovado impulso en la vida cristiana" (Novo millennio ineunte, 29), haciendo de la presencia divina la fuerza inspiradora de su camino.

La certeza de la presencia de Dios en vuestra vida os ayuda a comprender la relación que existe entre vida consagrada y anuncio del Evangelio. Dios quiere necesitar vuestra disponibilidad personal y comunitaria a su Espíritu, a fin de que la humanidad descubra y conozca finalmente su misericordia y su ternura en favor de todos y cada uno. San Pablo afirma:  "Cuando soy débil, es cuando soy fuerte" (2 Co 12, 10). ¿Por qué? Porque Dios no teme la debilidad del hombre, con tal de que este se acoja a su misericordia.

5. Queridas superioras generales, estoy espiritualmente presente entre vosotras y os acompaño con mi oración, pensando que toda vocación religiosa en la Iglesia encierra un mensaje siempre renovado de esperanza. Se podría decir que el corazón de la mujer ha sido creado para llevar al mundo el mensaje de la misericordia y de la ternura de Dios. Por esto, de buen grado, os encomiendo a la Virgen María, la primera consagrada, que en la obediencia llegó a ser la Madre de Dios. Y con confianza os repito:  "¡Caminemos con esperanza! (...) ¿No ha sido para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar? Ahora el Cristo contemplado y amado nos invita una vez más a ponernos en camino" (Novo millennio ineunte, 58).

Que la Virgen María os ayude a amar, a costa de cualquier sacrificio, incluso hasta el heroísmo, como lo han sabido hacer tantas hermanas vuestras. Que su presencia sea para cada una de vosotras guía y ayuda.

Con estos sentimientos, os imparto a todas, de corazón, una especial bendición, que hago extensiva a vuestros institutos, a cada comunidad y a cada hermana, como expresión del amor de Dios que os acompaña a cada una con fidelidad eterna.

Vaticano, 3 de mayo de 2001

 

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