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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA


Jueves 17 de mayo de 2001

 

Amadísimos  hermanos  en  el  episcopado: 

1. "Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Co 1, 3). Me complace saludaros con estas palabras del apóstol san Pablo. Saludo al cardenal Camillo Ruini, vuestro presidente, y le agradezco las palabras que me ha dirigido y, en particular, las felicitaciones por mi cumpleaños. Saludo también a los demás cardenales italianos, a los vicepresidentes y al nuevo secretario general.

En esta circunstancia propicia de vuestra asamblea general, deseo manifestaros a vosotros, y por medio de vosotros a todas las comunidades eclesiales italianas, mi profunda gratitud por la excepcional contribución que disteis al éxito del gran jubileo del año 2000, que constituyó para toda la Iglesia un extraordinario tiempo de gracia. En particular, quiero agradeceros el gran esfuerzo que realizasteis con ocasión de la XV Jornada mundial de la juventud:  más de dos millones de jóvenes, de los cuales una parte notable eran italianos, acudieron a Roma en aquellos días inolvidables, testimoniando cuán viva es la fe cristiana y cuán ferviente la pertenencia eclesial en las nuevas generaciones. Los jóvenes procedentes de otras naciones, que también vinieron en gran número, pudieron experimentar la capacidad de acogida, alimentada por el amor, de las diócesis italianas.

2. El tema central de vuestra asamblea son las orientaciones pastorales que queréis ofrecer a la Iglesia en Italia para el decenio que acaba de comenzar. Muy oportunamente habéis unido de manera íntima y orgánica estas orientaciones a la carta apostólica Novo millennio ineunte, que firmé al concluir el Año santo. En ella indiqué los puntos fundamentales e irrenunciables de referencia para la vida y la pastoral de la Iglesia, comprometiendo a los fieles a mantener fija la mirada en el rostro de Cristo. Esta contemplación puede dar un nuevo impulso al seguimiento del Maestro y una energía que estimule la amplia obra de evangelización y de inculturación de la fe, necesaria y urgente en un mundo que afronta desafíos radicales y profundos cambios.

Amadísimos hermanos en el episcopado, con vosotros doy gracias a Dios por el dinamismo espiritual y pastoral que caracteriza a la Iglesia en Italia, por el testimonio de fidelidad y celo apostólico que dan los sacerdotes, tan cercanos a las personas y a las familias encomendadas a su cuidado pastoral, y por la generosidad con que tantos religiosos y religiosas viven su vocación específica en la contemplación, la evangelización, la formación escolar y el servicio a los enfermos y a los marginados. Y no podemos olvidar a los cristianos laicos, a menudo reunidos en asociaciones y movimientos, que toman cada vez mayor conciencia de su vocación bautismal, asumiendo su parte de responsabilidad en la edificación de la Iglesia. Con un compromiso coherente se esfuerzan por formar auténticas familias cristianas y dar un testimonio convincente en el trabajo y en el estudio, así como en las actividades sociales, económicas y políticas.

Sin embargo, también en Italia se ha difundido la tendencia a vivir "como si Dios no existiera"; a menudo, los medios de comunicación social las destacan y las propagan, con graves riesgos para la formación moral de las personas y de la colectividad. La misión del pastor no sólo consiste en enseñar con claridad la recta doctrina en materia de fe y de moral, sino también en sostener y fomentar todas las iniciativas que puedan constituir una alternativa válida a esas tendencias. Queridos hermanos en el episcopado, ya sabéis que el Papa os acompaña cuando testimoniáis la verdad y el amor de Cristo. Os acompaña cuando os esforzáis por promover y difundir, también a través de los medios de comunicación, una cultura y estilos de vida inspirados cristianamente.

3. El Papa comparte con vosotros una afectuosa solicitud por el bien común de esta amada nación, que, después de un decenio de fuertes contrastes y cambios, necesita estabilidad y concordia para poder expresar del mejor modo posible sus grandes potencialidades.

Un factor decisivo para el presente y el futuro de Italia es, sin duda alguna, la familia. Por eso, con razón se centra en ella vuestra atención, como lo demuestra, entre otras, la iniciativa del gran Encuentro nacional de las familias, que habéis programado para los días 20 y 21 del próximo mes de octubre. Si Dios quiere, tendré la dicha de participar en él. Es preciso incrementar la pastoral de las familias, sin limitarla al tiempo de preparación para el matrimonio o a la promoción de algún grupo específico. Es indispensable que las familias mismas tengan mayor protagonismo, tanto en la evangelización como en la vida social, para que se tutele su auténtica fisonomía y se reconozca adecuadamente su función. Así pues, renuevo mi petición de que se salvaguarden los derechos de la familia fundada en el matrimonio, sin confundirla con otras formas de convivencia. Espero de corazón que se realice una política orgánica en favor de la familia, para sostenerla en sus tareas esenciales, comenzado por la procreación y la educación de los hijos.

El compromiso en favor de la familia es inseparable del compromiso en favor de la vida humana, desde la concepción hasta su término natural. Además, hoy, con el desarrollo de las biotecnologías, se ensanchan las fronteras en las que se requiere nuestra presencia vigilante y la propuesta valiente de la verdad sobre el hombre. Queridos hermanos en el episcopado, las acusaciones que actualmente nos dirigen de defender posiciones ya superadas están destinadas, antes o después, a dar paso al reconocimiento de que la Iglesia ha tenido clarividencia, discerniendo, a la luz del evangelio de Cristo, lo que es indispensable para el auténtico progreso humano.

4. La educación de las nuevas generaciones representa, a su vez, una de nuestras preocupaciones pastorales fundamentales. A este respecto, nuestras parroquias, oratorios y asociaciones prestan un valioso servicio, que es preciso sostener e incrementar. Es muy importante, además, la misión de la escuela. Por eso la Iglesia brinda su colaboración más convencida, también mediante los beneméritos profesores de religión, para mejorar todo el sistema escolar italiano.
Renueva un apremiante llamamiento para que se realice por fin una efectiva paridad escolar, superando antiguas concepciones estatalistas, a fin de actuar a la luz del principio de subsidiariedad y de la valorización, también en el ámbito escolar, de los múltiples recursos de la sociedad civil.

Por otra parte, el bien común no puede construirse fuera de una perspectiva de solidaridad concreta, que se expresa ante todo desarrollando nuevas posibilidades de trabajo especialmente en las áreas geográficas, situadas en su mayor parte en el sur, que siguen muy afectadas por la plaga del desempleo. Al agravarse las situaciones de pobreza, que implican a numerosas familias que antes podían vivir una existencia normal, nuestras comunidades eclesiales están llamadas a comprometerse directamente, solicitando al mismo tiempo una atención más esmerada y concreta de parte de las instituciones públicas. Todo esto vale, en particular, para la difícil pero necesaria obra de acogida de los inmigrantes, en la que los organismos del voluntariado cristiano dan muchos testimonios ejemplares.

5. Amadísimos hermanos en el episcopado, mientras prosigue, a pesar de las dificultades, la construcción de la "casa común" de los pueblos europeos, os pido a vosotros y a vuestras Iglesias que participéis en esta empresa de alcance histórico, con las riquezas de fe y cultura propias del pueblo italiano. Debéis hacerlo para que, como dice la Declaración que publiqué juntamente con el arzobispo ortodoxo de Atenas y de toda Grecia, "se conserven invioladas las raíces cristianas de Europa y su alma cristiana", sin ceder a la tendencia a "transformar algunos países europeos en Estados secularizados, sin referencia alguna a la religión". En efecto, esto constituye "una involución y una negación de su herencia espiritual" (Declaración común del Papa Juan Pablo II y del Patriarca ortodoxo Cristódulos, 4 de mayo de 2001, n. 6:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de mayo de 2001, p. 10).

Os agradezco, asimismo, la generosidad que mostráis siempre con los países más pobres y con las naciones donde la Iglesia ha sufrido persecuciones obstinadas. En particular, he apreciado mucho la iniciativa que habéis tomado para la reducción de la deuda externa de algunas naciones, favoreciendo así decisiones iluminadas por parte del Estado italiano.

Amadísimos hermanos, os aseguro mi oración diaria por vosotros y por las comunidades encomendadas a vuestro servicio pastoral. Que por intercesión de la Virgen María, Estrella de la evangelización, se fortalezcan en su fe y crezcan en la comunión y en la valentía con vistas a la misión. Como signo de mi afecto, para que el Señor os conceda estos dones, os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros y a todo el pueblo italiano.

 

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