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DISCURSO DEL PAPA JUAN
PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA FUNDACIÓN "ÉTICA Y ECONOMÍA"
Jueves 17 de mayo de 2001
Ilustres señores; gentiles señoras:
1. Me alegra dirigiros a cada uno mi saludo cordial. Este encuentro se sitúa
en el marco de una iniciativa que habéis promovido para profundizar, desde
diferentes puntos de vista, el arduo proyecto de una reflexión articulada sobre
la globalización, la solidaridad y la libre iniciativa económica, sobre la
base de sólidos valores éticos y espirituales.
Agradezco al doctor Tullio Chiminazzo las amables palabras que me ha dirigido,
haciéndose intérprete de vuestros sentimientos comunes.
He visto con agrado el programa que guía la naciente fundación "Ética y
economía", y os aliento a proseguir esta obra para insertar en el campo de
la economía las perspectivas y las indicaciones del magisterio y de la doctrina
social de la Iglesia.
Los miembros de vuestra institución proceden de diversas partes del mundo.
Aunque tenéis sensibilidades culturales diferentes, compartís la decisión común
de conjugar libertad, desarrollo y justicia según los principios evangélicos
de la solidaridad. Esto es aún más necesario en nuestra época, marcada por
profundos cambios sociales.
2. En efecto, los procesos económicos actuales se están orientando cada
vez más hacia un sistema que la mayor parte de los observadores define con el término
"globalización". No cabe duda de que se trata de un fenómeno que
permite grandes posibilidades de crecimiento y de producción de riqueza. Pero
muchos admiten también que no asegura de suyo la justa distribución de los
bienes entre los ciudadanos de los diversos países. En realidad, la riqueza
producida queda a menudo concentrada en pocas manos, y eso tiene como
consecuencia una ulterior pérdida de soberanía de los Estados nacionales, ya
bastante debilitados en las zonas en vías de desarrollo, y la confluencia en un
sistema mundial gobernado por unos cuantos centros en manos de privados.
Ciertamente, el mercado libre es una característica inequívoca de nuestra época.
Sin embargo, existen necesidades humanas imprescindibles, que no pueden depender
de esta perspectiva, pues podrían quedar descuidadas.
La doctrina de la Iglesia enseña que el crecimiento económico debe integrarse
con otros valores, de modo que sea un crecimiento cualitativo y, por
consiguiente, justo, estable, respetuoso de las individualidades culturales y
sociales, así como sostenible ecológicamente. No puede separarse tampoco de
una inversión hecha en favor de las personas, de las capacidades creativas e
innovadoras del individuo, que es el recurso fundamental de cualquier sociedad.
3. El término "global", entendido de modo coherente, debe
incluir a todos. Por tanto, es necesario esforzarse por eliminar las
persistentes bolsas de marginación social, económica y política. Esto vale
también para la exigencia, subrayada a menudo, de asegurar la
"calidad". Este concepto no sólo debe tener en cuenta el producto,
sino, en primer lugar, al que lo produce. Me refiero a la necesidad de la
"calidad total", o sea, la condición global del hombre en el proceso
productivo.
Sólo si el hombre es protagonista y no esclavo de los mecanismos de producción,
la empresa se convierte en una verdadera comunidad de personas. Este es uno de
los desafíos que afrontan no sólo las nuevas tecnologías, que ya han aliviado
parte del esfuerzo humano, sino también el empresario directo y, sobre todo, el
indirecto, es decir, todas las fuerzas de las que dependen las orientaciones de las
finanzas y de la economía.
A ellas están vinculadas tanto la liberación del hombre frente al trabajo como
la búsqueda de una solución eficaz para el problema del desempleo, plaga
mundial que podría resolverse si los movimientos de capital jamás perdieran de
vista el bien del hombre como objetivo final.
4. Si se mira bien, la globalización es un fenómeno intrínsecamente
ambivalente, a mitad de camino entre un bien potencial para la humanidad y un daño
social con graves consecuencias. Para orientar en sentido positivo su
desarrollo, será necesario esforzarse a fondo con vistas a una
"globalización de la solidaridad", que hay que construir con una
nueva cultura, con nuevas reglas y con nuevas instituciones, tanto nacionales
como internacionales. En particular, será preciso intensificar la colaboración
entre política y economía, para elaborar proyectos específicos que tutelen a
los que podrían ser víctimas de procesos de globalización a escala mundial.
Pienso, por ejemplo, en instrumentos que alivien la pesada carga de la deuda
externa de los países en vías de desarrollo, o en legislaciones que protejan a
la infancia de la explotación que se produce cuando los niños comienzan a
trabajar prematuramente.
Amadísimos hermanos y hermanas, os expreso mi satisfacción por la contribución
que queréis brindar para la solución de problemáticas tan vastas y actuales.
Espero de corazón que vuestra aportación esté siempre iluminada por la enseñanza
secular de la Iglesia, para que la libertad económica no se separe jamás del
deber de una equitativa distribución de la riqueza. Os aseguro mi oración y os
imparto a todos de buen grado mi bendición.
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