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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA SOCIEDAD
DE LAS MISIONES AFRICANAS


Sábado 19 de mayo de 2001

 

Os doy a todos una cordial bienvenida con ocasión de vuestra asamblea general, y saludo en particular a vuestro superior general, padre Kieran O'Reilly, recién elegido, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo asimismo a su predecesor inmediato, padre Daniel Cardot, que ha dirigido vuestra Sociedad durante el pasado sexenio.

Mientras está a punto de terminar vuestra primera asamblea general del nuevo milenio, os animo a aprovechar en abundancia el rico legado espiritual del gran jubileo del año 2000, renovando vuestro compromiso en favor de la misión y la evangelización. Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo, pero, como escribí en mi carta apostólica al final del gran jubileo, "no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo"" (Novo millennio ineunte, 54). En un mundo donde hay muchas luces que distraen de la luz pura de Cristo y que incluso se oponen a ella, debéis esforzaros siempre por configuraros cada vez más a Jesús, alimentándoos de su palabra y estando firmemente arraigados en la oración y en la contemplación, para que reflejéis fielmente su luz y lo deis a conocer eficazmente a los demás.

Me complace ver hoy entre vuestros miembros a jóvenes sacerdotes misioneros de África y Asia; se trata de un signo positivo de la creciente internacionalización de vuestra Sociedad. Seguid promoviendo y alimentando las vocaciones misioneras, porque "el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros" (Redemptoris missio, 79). Vuestros esfuerzos por implicar a los laicos en vuestra labor misionera es otro elemento esencial de la plantatio Ecclesiae en las tierras de misión, pues es a través de un laicado maduro y responsable como el mensaje cristiano y el ejemplo de santidad cristiana se transmiten inmediatamente a la vida de la sociedad. Siguiendo el ejemplo de nuestro Señor y Maestro, renovad vuestro compromiso de trabajar con los pobres, especialmente con los refugiados, que con tanta urgencia necesitan un signo del amor de Dios.
Aceptad el desafío del diálogo interreligioso, un camino al que la Iglesia debe prestar mayor atención en este nuevo milenio. Defended la vida humana en cada etapa de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural, y haced que las personas sean más conscientes de su responsabilidad de transformar sus comunidades y culturas según las verdades salvíficas del Evangelio.

Queridos amigos, con ocasión de nuestro breve encuentro deseo animaros en vuestra actividad misionera y exhortaros a ser fieles al espíritu que habéis recibido de vuestro fundador, el siervo de Dios Marion de Brésillac. Así pues, rebosantes de esperanza y entusiasmo, afrontad con confianza los desafíos del nuevo milenio, con la mirada siempre fija en la bienaventurada Virgen María, que sigue siendo "aurora luminosa y guía segura de nuestro camino" (Novo millennio ineunte, 58). A vosotros aquí presentes, y a todos los miembros y amigos de la Sociedad de las Misiones Africanas, imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

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