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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE MÉXICO
ANTE LA SANTA SEDE* Sábado 19 de mayo de 2001
Señor Embajador:
1. Me es muy grato darle la bienvenida y recibir en este solemne
acto las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y
Plenipotenciario de la República de México ante la Santa Sede. Le estoy muy
reconocido por las amables palabras que me ha dirigido, así como por el
deferente saludo transmitido de parte del Señor Presidente Constitucional de
los Estados Unidos Mexicanos, Lic. Vicente Fox Quesada, al que correspondo con
los mejores deseos de bienestar y por el progreso integral de todos los
ciudadanos de esa amada Nación.
2. México se ha distinguido siempre por sus acendrados y ricos
valores espirituales, culturales y humanos, como he tenido ocasión de comprobar
en mis cuatro viajes apostólicos. Actualmente, como Usted bien ha indicado,
está viviendo un proceso de maduración política a través de un cambio
profundo en muchos aspectos de la vida social, que anhela la superación de las
causas estructurales de la pobreza y de la exclusión mediante un modelo de
desarrollo integral fundado en la justicia social. Para ello, se ha de promover
una cultura que fortalezca las instituciones democráticas y participativas,
fundadas en el reconocimiento de los derechos humanos y en los valores
culturales y trascendentes del pueblo mexicano. A este respecto quiero recordar
que "una democracia sin valores se convierte con facilidad en un
totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia" (Centesimus
annus, 46). Sólo así se podrán afrontar mejor los retos que la nueva etapa
sociopolítica lleva consigo, tanto en su desarrollo interior como en sus
relaciones con la comunidad internacional.
3. Deseo animar a los protagonistas de la vida política y
social de su País para que la situación económica global sea acometida de
manera responsable. En diversas ocasiones me he referido a situaciones similares
que, a escala mundial, presentan muchos problemas e impiden a tantos países
salir del subdesarrollo y alcanzar deseables cotas de bienestar. Desde el punto
de vista del desarrollo integral, hasta ahora la economía globalizada ha
beneficiado sobre todo a algunas personas y grupos muy particulares. En cambio,
han surgido nuevas formas de empobrecimiento, de marginación y hasta de
exclusión de grandes grupos sociales, especialmente de campesinos e indígenas.
Por esto se ha de procurar que las instituciones políticas y culturales se
pongan de verdad al servicio del hombre, sin distinción de razas ni clases
sociales. A este respecto, la Iglesia se siente "llamada no sólo a
promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de este modo a
crear una verdadera cultura globalizada de la solidaridad, sino también a
colaborar con los medios legítimos en la reducción de los efectos negativos de
la globalización" (Ecclesia in America, 55).
Es importante que la sociedad mexicana tome conciencia de ello
y, con una actitud verdaderamente solidaria, esté dispuesta a afrontar los
necesarios sacrificios que, en ningún caso, deben agravar las condiciones de
pobreza de las clases más humildes. Para ello es indispensable mejorar
progresivamente las condiciones de vida de los más pobres, tratando de
garantizar medidas justas para todos, incluso a nivel fiscal.
4. Por lo que atañe a las relaciones Iglesia-Estado en México,
éstas se distinguen por un progresivo mutuo respeto y cordialidad. Respeto para
no interferir en lo que es propio de cada institución, pero que lleva a
apoyarse recíprocamente y colaborar por lograr un mayor bienestar para la
comunidad nacional. Por esto, a través del diálogo constructivo, es posible la
promoción de valores fundamentales para el ordenamiento y desarrollo de la
sociedad. A este respecto, es hora de que la verdad histórica integral de
México, a partir de sus orígenes, brille con mucha mayor claridad, superando
prejuicios y descalificaciones, dualismos y reduccionismos.
En este sentido, la Iglesia, cuya misión es de orden espiritual
y no político, fomenta cordiales relaciones con el Estado, contribuyendo así a
la armonía y al progreso de todos sin distinción alguna. Por esto es de desear
que la Iglesia mexicana pueda gozar de una mayor libertad en los diversos campos
donde desarrolla su misión pastoral y social.
A este respecto, la comunidad política y las instituciones
públicas del Estado han de articularse de modo que se respete el principio de
subsidiariedad y se garantice la libertad religiosa de las personas y grupos.
Ello exige evitar formas de intolerancia y entender de modo positivo la
aportación religiosa al bien común, así como que los órganos del Estado y de
los partidos no suplanten directa o indirectamente el lugar de las instancias
religiosas. Por eso el Concilio Vaticano II determina dicho ámbito en estos
términos: "La Iglesia debe poder, siempre y en todo lugar, predicar la fe
con verdadera libertad, enseñar su doctrina social, ejercer sin impedimentos su
tarea entre los hombres y emitir un juicio moral también sobre las cosas que
afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la
persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios
que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de
tiempos y condiciones" (Gaudium et spes, 76).
5. Una preocupación que sienten la Iglesia de México y los
mexicanos es por el desarrollo legal y jurídico, que establezca un orden cada
vez más justo para los pueblos indígenas. En este sentido, a veces se han dado
actitudes contrastadas que, considerando el encuentro de culturas como una
desgracia, han preferido una en detrimento de la otra. Algunos, con objeto de
proteger el indigenismo, han insistido en ideologías basadas en una lectura
desenfocada de la historia. Otros, por el contrario, han ensalzado los valores
aportados desde fuera como lo único válido y genuino.
Ante ese panorama es ineludible llevar a cabo una purificación
de la memoria y hacer una valoración de la identidad mestiza, a partir de dos
culturas que se fundieron, y que tiene una enorme potencialidad de futuro si
está reconciliada consigo misma. De esta forma se podrá alcanzar una identidad
saneada que asuma con gozo y con esperanza las dos raíces de su peculiaridad
actual.
Para ello hay que ir madurando, sin ningún tipo de demora, en
el aprecio de la dignidad de lo indígena. En el conjunto de la pluralidad y de
la plurietnicidad de México se encuentra esta raíz que influye en la
religiosidad y en la identidad nacional. Si se logra conocerse mejor se
reforzará más la conciencia de ser hermanos dentro de la gran familia
mexicana. En este sentido, sé que los Obispos, en su actitud de asidua
colaboración, invitan a no levantar muros de división y hostilidad que separen
a los mexicanos, sino a "construir juntos un país justo, reconciliado,
solidario y fraterno". A este respecto, en mi último viaje a México
hablaba de "un diálogo en el que nadie quede excluido y acomune aún más
a todos sus habitantes, a los creyentes fieles a su fe en Cristo y a los que
están alejados de Él. Sólo el diálogo fraterno entre todos dará vigor a los
proyectos de futuras reformas, auspiciadas por los ciudadanos de buena voluntad,
pertenecientes a todos los credos religiosos y a los diversos sectores
políticos y culturales" (Discurso de despedida, Aeropuerto Internacional,
26-I-1999, 2).
6. En el momento en que Usted inicia la alta función para la
que ha sido designado, deseo formularle mis votos por el feliz y fructuoso
desempeño de su misión ante esta Sede Apostólica. Al pedirle que tenga a bien
transmitir estos sentimientos al Señor Presidente de la República, a su
Gobierno, a las Autoridades y al querido pueblo mexicano, le aseguro mi plegaria
al Todopoderoso para que asista siempre con sus dones a Usted y su distinguida
familia, a sus colaboradores, a los gobernantes y ciudadanos de su noble País,
a los que recuerdo siempre con particular afecto.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXIV, 1 p.1027-1030.
L'Osservatore Romano 20.5. 2001 p.6.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 21 p.7 (p.275).
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