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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DE PAKISTÁN EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 19 de mayo de 2001

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. Con gran alegría os doy la bienvenida, obispos de Pakistán, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Después de la experiencia de mi reciente peregrinación tras las huellas de san Pablo, las palabras del Apóstol siguen resonando en mi corazón, y os saludo con su exhortación:  "Hermanos míos amadísimos y añorados, mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor" (Flp 4, 1). Para el Sucesor de Pedro, la visita ad limina es siempre un momento significativo y enriquecedor, pues le permite reunirse con sus hermanos en el episcopado de diversas partes del mundo, pasar un tiempo con ellos en oración y en reflexión fraterna sobre sus alegrías y esperanzas, sus dolores y tristezas.

La comunidad cristiana de Pakistán es una pequeña grey que vive en medio de una gran mayoría musulmana. Aunque muchos de sus miembros son pobres y viven en una situación difícil, son ricos en fe y en fidelidad al evangelio de Jesucristo. Sé que durante vuestra peregrinación a las tumbas de san Pedro y san Pablo lleváis entrañablemente en vuestro corazón a las comunidades de vuestro país, confiando sus necesidades y preocupaciones, así como vuestro ministerio episcopal, a la protección celestial de los Apóstoles. Me uno a vuestra acción de gracias a Dios por las bendiciones que ha derramado sobre todos vosotros.

El gran jubileo del año 2000 fue un tiempo de gracia en la vida de toda la Iglesia. Durante ese año la Iglesia en Pakistán también recibió muchos beneficios espirituales, puesto que los fieles participaron en las actividades jubilares, incluyendo varias peregrinaciones a Roma, de las que muchos volvieron a sus familias y comunidades con una fe renovada y un compromiso fortalecido.
El jubileo no debería ser sólo un momento excepcional en la vida de la Iglesia, después del cual, por decirlo así, todo vuelve a la normalidad. Como subrayé en mi carta apostólica Novo millennio ineunte, ha llegado el momento de aprovechar los frutos del gran jubileo para planificar el futuro, con nuestra mirada fija en Cristo, el único Mediador y Salvador de todos. Esta tarea corresponde especialmente a cada una de las Iglesias particulares, que debe aprovechar la ocasión para consolidar su fervor y renovar su entusiasmo con vistas a sus responsabilidades espirituales y pastorales (cf. n. 3).

2. Al celebrar el bimilenario de su nacimiento, reflexionamos sobre Cristo "considerado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (ib., 15). Esta contemplación de Cristo ha de ocupar el centro de vuestro ministerio episcopal. Ojalá que os infunda nueva energía, impulsándoos a traducir en iniciativas concretas el fervor que habéis experimentado en vuestro pueblo. Asimismo, os lleva a reflexionar en la calidad de vuestra vida interior y de vuestra relación con el Señor. Mediante una intensa vida de oración lograréis la serenidad interior que lleva a ser "contemplativos en la acción", testigos creíbles, capaces de transmitir a los demás lo que nosotros mismos hemos recibido:  la Palabra de vida (cf. 1 Jn 1, 1).
Santidad radiante, fidelidad al Evangelio e intrepidez al afrontar los desafíos del apostolado son condiciones esenciales para un ministerio episcopal fecundo al servicio de la nueva evangelización, a la que Dios llama a la Iglesia al comienzo del nuevo milenio.

Además del gobierno pastoral de sus diócesis, los obispos, en virtud de su pertenencia al Colegio episcopal, han de mostrar una gran solicitud por la Iglesia, tanto a nivel nacional como universal. Para afrontar con más eficacia los numerosos problemas pastorales y sociales de vuestro país, es importante reforzar la cooperación en el ámbito de vuestra Conferencia episcopal, a fin de mantener la unidad y ofrecer una guía decisiva a los católicos de Pakistán. A este respecto, os invito a esforzaros por mejorar y consolidar las instituciones y las actividades de la Conferencia. En particular, quizá podrían ser útiles un secretariado permanente y una distribución más estable de las reuniones de la Conferencia.

3. Aliento a vuestros sacerdotes y les aseguro mi oración. Conozco las circunstancias a menudo difíciles en que desempeñan su ministerio. Tenéis una responsabilidad particular con respecto a ellos, y os incumbe también la tarea de promover su bienestar y su santidad. Los sacerdotes deben mantener siempre encendida en su corazón la pasión por el inmenso don que recibieron cuando el Señor los llamó a su servicio. Esto significa que han de ser hombres de oración, que se interesen por las cosas de Dios. Su posición no es un privilegio, sino un ministerio de servicio, para ayudar al pueblo de Dios a responder a su vocación más profunda:  entrar en comunión con la santísima Trinidad.

Por consiguiente, prestad atención particular a la formación de los sacerdotes y los seminaristas, para que respondan a la gracia del Espíritu Santo que los llama incesantemente a la conversión, a la santidad y a la caridad pastoral. Me alegra que el número de vocaciones siga aumentando en Pakistán, y os invito a dar a esos jóvenes la mejor formación posible, para que se conviertan en el tipo de sacerdote que el pueblo de Dios quiere y al que tiene "derecho" (cf. Pastores dabo vobis, 79). Vuestros seminarios menores, además de proporcionar una formación de gran calidad, deben ayudar a los jóvenes a discernir la llamada de Dios y a responder con un compromiso generoso.
Trabajando juntos, tenéis que asegurar que el Instituto católico nacional de teología, fundado en 1997, logre mejorar la formación intelectual de los seminaristas, los religiosos y los laicos que asisten a sus cursos, ofreciéndoles un alto nivel académico y permaneciendo fiel a la doctrina de la Iglesia y a las auténticas tradiciones de la espiritualidad cristiana.

4. También debéis animar a los laicos a desempeñar un papel más pleno y más visible en la misión de la Iglesia. Para hacerlo de modo eficaz, las comunidades católicas locales han de estar bien arraigadas en los fundamentos de la fe. A este propósito, deseo expresar mi gratitud a los religiosos y a los catequistas laicos, cuya dedicación a la catequesis y a la instrucción es tan importante para el crecimiento de la Iglesia en Pakistán. Los aliento a usar cada vez más el Catecismo de la Iglesia católica, que no sólo es una síntesis sistemática de los contenidos esenciales de la doctrina católica, sino también un instrumento vital y eficaz para la obra de evangelización.

No deberíamos olvidar que la fe se transmite en primer lugar en el hogar. Por esta razón, la familia ha de ser una de las prioridades de vuestra programación pastoral. Hoy las familias cristianas sufren presiones por parte de diversas fuerzas externas. Debéis esforzaros por asegurar que la familia sea en verdad una "iglesia doméstica", caracterizada por un clima de oración, respeto mutuo y servicio a los demás. Viviendo con humildad y amor su vocación cristiana, la familia cristiana llega a ser un auténtico "foco de evangelización, donde cada miembro experimente el amor de Dios y lo comunique a los demás" (Ecclesia in Asia, 46).

Asimismo, la Iglesia siempre ha promovido con gran solicitud la pastoral juvenil. Hoy, en las circunstancias de la sociedad, que cambian rápidamente, los pastores deben alentar y apoyar a los jóvenes a cada paso, a fin de garantizar que sean suficientemente maduros, desde el punto de vista humano y espiritual, para desempeñar un papel activo en la Iglesia y en la sociedad. La Iglesia les presenta la verdad de Jesucristo, "un misterio gozoso y liberador que es preciso conocer, amar y compartir con los demás con convicción y valentía" (ib., 47).

Las escuelas católicas son muy apreciadas en Pakistán por la calidad de su enseñanza y por los valores humanos que inculcan. Dado que frecuentan esas escuelas estudiantes de todas las tradiciones religiosas, no debe subestimarse el papel que pueden desempeñar en la promoción de un clima de diálogo y de tolerancia, y que representa un serio desafío para la comunidad católica. Independientemente de los ambientes religiosos y culturales de donde provienen, los estudiantes deberían aprender del ejemplo y de la enseñanza de sus educadores a apreciar y buscar siempre "todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable" (Flp 4, 8).

5. En vuestro país el diálogo interreligioso constituye una característica esencial de vuestra misión pastoral. Durante mi reciente visita a Siria exhorté de nuevo a una mayor comprensión y cooperación entre cristianos y musulmanes. Para garantizar que esas iniciativas den fruto, es importante disponer de personal formado convenientemente, que haya estudiado a fondo las creencias, los valores y las tradiciones religiosas del islam. El diálogo no implica el abandono de los propios principios, ni debe llevar a un falso irenismo (cf. Redemptoris missio, 56). Más bien, permaneciendo fieles a nuestras tradiciones y convicciones religiosas, debemos estar dispuestos a comprender, con espíritu de humildad y sinceridad, las de los seguidores de las otras religiones.

Ya he mencionado la importancia de las escuelas católicas para la promoción de la tolerancia mutua y el diálogo. También otras instituciones católicas, como los hospitales, los hogares y los centros de asistencia social, testimonian de manera práctica los valores del Evangelio; permiten entablar un "diálogo de vida" entre los seguidores de las diferentes religiones, y contribuyen así a construir una sociedad más justa y fraterna (cf. ib., 57).

Puesto que las culturas se desarrollan como modos de afrontar las cuestiones más profundas de la existencia humana, en última instancia deben plantearse el interrogante sobre Dios:  "El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:  el misterio de Dios" (Centesimus annus, 24). La cultura pakistaní reconoce y defiende el lugar de Dios en la vida pública. Esto debería permitir a los seguidores de las diversas religiones colaborar para defender la dignidad inestimable de todo hombre y de toda mujer desde la concepción hasta la muerte natural, y construir una sociedad en la que se respeten y protejan los derechos inalienables de todos, especialmente el derecho a la vida, el derecho a la libertad -que incluye la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión- y el derecho a participar plenamente en la sociedad. De estos brotan los derechos civiles, económicos, sociales y culturales, que son esenciales para el bienestar de las personas y de las sociedades. Una base común para la cooperación entre cristianos y musulmanes, y para la promoción de un auténtico desarrollo social y político, se encuentra en las normas morales universales e inmutables que derivan del orden de la creación y están inscritas en el corazón del hombre (cf. Veritatis splendor, 96).

A pesar de las posibilidades de comprensión y ayuda mutua, por desgracia muchos de vuestro pueblo sufren pruebas a causa de su fidelidad a Cristo. A veces se les mira con sospecha, y no se les trata como verdaderos ciudadanos de su país, especialmente por algunas leyes que no respetan suficientemente la libertad religiosa de las minorías. Pienso en todos los cristianos de vuestro país que, en cierto modo, sufren por su fe. En medio de sus pruebas y aflicciones, deseo asegurarles mi solidaridad y el apoyo de mi oración. Nuestro Señor Jesucristo, al que los invito a dirigirse con confianza, está con ellos de un modo particularmente íntimo, para consolarlos y fortalecerlos.
Como pastores de la Iglesia que está en Pakistán habéis tenido la valentía de defender la libertad religiosa, que es el verdadero corazón de los derechos humanos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1999, n. 5). Os aliento en vuestros esfuerzos por garantizar que reine un clima de tolerancia y respeto mutuo, y os invito a seguir proporcionando la guía necesaria para asegurar que todos los cristianos compartan un enfoque común, caracterizado por un espíritu de diálogo respetuoso y sincero, sin acciones excesivas e imprudentes, y destinado a mejorar la situación actual.

6. Queridos hermanos en el episcopado, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación (cf. 2 Co 1, 3), que os ama en Jesucristo y derrama los dones del Espíritu Santo sobre todos los creyentes, es la fuente de vuestra confianza y audacia. Espero que sigáis proclamando con valentía la buena nueva de Jesucristo a vuestro pueblo, al que amo de un modo particular.
Encomendándoos a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de Pakistán a la protección materna de María, aurora luminosa y guía segura de nuestro camino, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

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