 |
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS CARDENALES AL FINAL DEL CONSISTORIO
Jueves 24 de mayo de 2001
Queridos señores cardenales:
Ha llegado el momento de despedirnos. Agradezcamos al Señor por los días de
gracia y de profunda comunión eclesial que hemos vivido juntos. Este
consistorio extraordinario nos ha permitido fortalecer los vínculos de
fraternidad, de estima recíproca y de provechoso entendimiento que nos unen al
servicio de la Iglesia. También esta comida entre hermanos, que estamos a punto
de concluir, es feliz expresión del clima sereno y fraterno que hemos vivido
durante nuestros trabajos.
Deseo daros a cada uno las gracias por vuestra presencia y por la significativa
aportación que habéis dado generosamente durante estas jornadas de escucha y
reflexión común.
Ahora volveréis a vuestras sedes. Os pido que llevéis mi cordial saludo a
cuantos el Señor confía a vuestra solicitud pastoral, mientras permanecemos
unidos en la invocación al Espíritu Santo, cuyos dones esperamos en el próximo
Pentecostés para el fecundo ejercicio de nuestro trabajo apostólico diario.
Agradezco de modo particular al querido cardenal decano Bernardin Gantin las
palabras que también aquí ha querido dirigirme en nombre de todos vosotros. En
ellas he percibido el afecto con que el Colegio cardenalicio acompaña al
Sucesor de Pedro y el deseo ardiente de cada uno de sus miembros de ayudarle en
el ministerio petrino al servicio de la Iglesia universal.
Expreso asimismo mi profunda gratitud a todos los que, de diferentes modos, han
colaborado en la realización y en el buen desarrollo del consistorio. Gracias
de corazón también a las amadísimas Hijas de la Caridad y a todo el personal
de la Domus Sanctae Marthae. Una vez más nos hemos beneficiado del
carisma de santa Marta, en esta casa que lleva su nombre.
Como era justo en la fiesta litúrgica de hoy, esta acogedora sala nos
ha ayudado a permanecer en el clima del Cenáculo. Con este espíritu nos
despedimos ahora, confiando siempre en nuestro recuerdo recíproco ante el Señor.
Con algunos de vosotros me reuniré de nuevo el próximo mes de octubre, con
ocasión del Sínodo de losobispos, y así podremos experimentar una vez más
esta forma, muy valiosa, de ejercicio de la colegialidad episcopal.
María, a la que hoy veneramos con la hermosa advocación de "Auxilio de
los cristianos", os acompañe y proteja siempre. Estoy cerca de vosotros
con mi oración, y os bendigo de corazón.
|