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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GUATEMALA EN VISITA "AD LIMINA"
Martes 29 de mayo de 2001
Queridos Hermanos en el Episcopado:
Con gusto os recibo, Pastores de la Iglesia de Dios en
Guatemala, venidos a Roma para la visita Ad limina, durante la cual os
encontráis con el Sucesor de Pedro, mantenéis oportunos contactos con los
diversos Dicasterios de la Curia Romana, rezáis ante las tumbas de los
Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, para proseguir
así, fortalecidos, vuestra misión de cabezas y guías del Pueblo de Dios que
peregrina en "el País de la eterna primavera".
Agradezco las amables palabras que me ha dirigido Mons. Víctor
Hugo Martínez Contreras, Arzobispo de Los Altos-Quetzaltenango-Totonicapán y
Presidente de la Conferencia Episcopal, manifestando vuestra comunión con el
Obispo de Roma y los sentimientos que os animan en vuestra acción pastoral en
favor del querido pueblo guatemalteco. De sus ricos valores fui testigo con
ocasión de mis dos viajes apostólicos a vuestro País que tuvieron lugar en
circunstancias bien diversas. En el primero, la Nación vivía bajo una cruel
guerra interior, mientras que en el segundo se vislumbraban ya los horizontes de
la paz, que quise alentar. Siempre tuve la satisfacción de encontrarme con una
Iglesia viva, dinámica, cercana a todos y comprometida seriamente en el anuncio
de Jesucristo y de su Buena Nueva.
2. Como Obispos tenéis la misión primordial de edificar
vuestras comunidades sobre la roca que es Cristo (cf. 1 Co 10,4),
mediante la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los
Sacramentos y el fomento de la caridad. Alentados por las promesas del Señor y
la fuerza que nos proporciona su Espíritu, estáis llamados a ser los primeros
en llevar a cabo la misión que Él ha confiado a su Iglesia, aunque para ello
haya que afrontar y aceptar la cruz, que en la sociedad contemporánea puede
manifestarse de múltiples formas.
Tanto individual como colegialmente, por medio de la Conferencia
Episcopal o de otras instancias eclesiales, participáis en el análisis de los
logros y expectativas de la sociedad guatemalteca, tratando de interpretarlos a
la luz del Evangelio para orientar a la misma sociedad, ayudándola a progresar
en el campo de los valores morales y, muy particularmente, favoreciendo la
reconciliación nacional, tan necesaria después de los cruentos años de la
guerra civil.
Escuchando lo que "el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap
2, 7), sentís también el deber de hacer un sereno discernimiento, abierto y
comprensivo, de las diversas circunstancias y acontecimientos, iniciativas y
proyectos, sin descuidar los graves problemas y las aspiraciones más profundas
de la sociedad. Por eso, os animo a proseguir incansablemente y sin desaliento
en el oficio de enseñar y anunciar a los hombres el Evangelio de Cristo (cf. Christus
Dominus, 11), elaborando y llevando a la práctica los proyectos pastorales
oportunos (cf. Ecclesia in America, 36). Aunque vuestras
responsabilidades sean muy grandes, el Espíritu del Señor os iluminará y
dará siempre las fuerzas necesarias.
3. Para colaborar en vuestra misión contáis, en primer lugar,
con la ayuda de los sacerdotes. La sociedad actual, tan diversificada, exige que
el sacerdote sea signo de unidad, ejerciendo su ministerio de forma humilde y
con caridad pastoral, para conducir a los fieles al encuentro con Jesucristo
(cf. Ecclesia in America, 39). Conociendo cómo llevan a cabo su
ministerio, doy gracias a Dios por el espíritu de fraternidad y sacrificio, por
el testimonio de austeridad y pobreza, y por la entrega generosa al servicio de
los hermanos. Sé que en algunas zonas el trabajo pastoral reviste especial
dificultad y esto requiere una disponibilidad muy exigente. Como decía en mi Carta
del Jueves Santo de este año, se trata de "un trabajo a menudo
escondido que, si bien no aparece en las primeras páginas, hace avanzar el
Reino de Dios en las conciencias", por lo que les renuevo "mi
admiración por este ministerio discreto, tenaz, creativo, aunque marcado a
veces por las lágrimas del alma que sólo Dios ve" (n. 3).
Para que el servicio de los sacerdotes sea cada vez más eficaz
ante los retos que el mundo contemporáneo plantea a la nueva evangelización,
es menester que tengan una espiritualidad sólida, imiten a Cristo, Buen Pastor,
y sigan una formación permanente que les haga cada día más idóneos para
transmitir el mensaje evangélico. A este respecto, me complazco por la
creación, dentro del Plan Global de la CEG, de la Comisión del Clero y
Pastoral sacerdotal, que ha publicado el Plan Nacional de Pastoral sacerdotal
2001-2006. Dentro de esa programación, velad por la situación particular de
cada uno y ofrecedles toda la ayuda que necesiten, alentándoles a proseguir con
ilusión y esperanza por el camino de la santidad sacerdotal. ¡Que a ninguno de
vuestros sacerdotes le falten los medios necesarios para vivir su sublime
vocación y su ministerio!
4. En las Relaciones quinquenales subrayáis el aprecio y la
gratitud por el don de la vida consagrada en vuestras Iglesias particulares. En
efecto, en Guatemala hay una presencia importante de religiosas y religiosos que
contribuyen a la evangelización, bien a través de una pastoral directa en las
parroquias o misiones, bien mediante diversas obras de apostolado educativo o
asistencial.
La Iglesia aprecia en los religiosos y religiosas la
disponibilidad y capacidad de responder con prontitud a los retos de la
difusión de la Buena Nueva, teniendo presente al mismo tiempo que su misma vida
consagrada es un medio privilegiado de evangelización. Por eso les recuerdo la
necesidad de mantener siempre una "fidelidad creativa" al propio
carisma (cf. Vita consecrata, 37). También deseo subrayar la
responsabilidad que tienen los Obispos en conservar y defender el rico
patrimonio espiritual de cada Instituto (cf. CIC 586, 2), correspondiendo
"al don de la vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia
particular, acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de gratitud al
Señor" (Vita consecrata, 48). Además, ante la difusa exigencia de
espiritualidad, que se puede considerar como un "signo de los tiempos"
en este comienzo de milenio (cf. Novo millennio ineunte, 33), cabe
esperar de las personas consagradas, de acuerdo con su carisma originario, un
testimonio de vida auténticamente evangélica, lo cual enriquecerá ciertamente
a cada Iglesia particular, ayudando a mantener vivo el sentido de la presencia
de Dios y favoreciendo en todos los fieles "un verdadero anhelo de
santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima
de oración cada vez más intensa" (Tertio millennio adveniente, 42;
Vita consecrata, 39).
5. Aunque "la misión salvífica de la Iglesia en el mundo
es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden,
sino también por todos los fieles laicos" (Christifideles laici,
23), es indudable que los ministros ordenados tienen un papel fundamental en
dicha misión. Por eso deseo compartir la preocupación por la promoción de las
vocaciones al sacerdocio y por su formación como futuros pastores del Pueblo de
Dios.
La importancia de este tema exige una reflexión continua y un
nuevo y decidido empeño por parte de todas las comunidades cristianas bajo la
guía de aquéllos a quienes "el Espíritu Santo os ha encargado guardar,
como pastores de la Iglesia de Dios" (Hch 20,28). La pastoral
vocacional debe ser enfocada desde el llamado que el Señor efectúa de modo
personal al seguimiento y al ministerio a través de la fecundidad de la Iglesia
y de la profundidad de su vida, alimentada por la pureza de la fe, por la gracia
de los Sacramentos, por el espíritu de conversión y por la oración ardiente
de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todos, por tanto, han de
participar de algún modo en la pastoral vocacional, confiando que Dios
responderá proporcionando a su pueblo, si lo pide con perseverancia, los
ministros necesarios.
Es también importante tener presente que la pastoral vocacional
encuentra un ámbito privilegiado en la pastoral juvenil, orientada a la
formación doctrinal, espiritual y apostólica de los jóvenes, tanto en las
parroquias y colegios, como en las asociaciones apostólicas y movimientos. Es
fundamental en este campo una formación integral y coherente, basada en la
intimidad con Cristo, que disponga, a los que sean elegidos, a recibir con gozo
la gracia del don.
El testimonio de fidelidad de los sacerdotes, a cuyo ministerio
se integrarán los nuevos ordenados, es también un factor importante para la
formación de los seminaristas. Respondiendo con generosidad y con un amor
indiviso a su "vocación en el sacerdocio", los presbíteros serán
modelo de caridad pastoral, de oración y de sacrificada entrega para los
jóvenes candidatos a las órdenes sagradas.
6. Veo con satisfacción cómo acompañáis a vuestro pueblo en
la búsqueda de una convivencia armónica y pacífica, basada en los valores de
la reconciliación, la justicia, la solidaridad y la libertad. Por eso, cuando
sea necesario, no rehuyáis la denuncia de la injusticia y proponed los
principios de carácter moral que han de orientar también la actuación en la
vida civil.
La Iglesia en Guatemala ha sido testigo del derramamiento de la
sangre de muchos de sus hijos. Además del esfuerzo legítimo por desvelar la
verdad sobre esos crímenes execrables -entre los cuales está el de Mons. Juan
Gerardi Conedera, Obispo auxiliar de Guatemala, asesinado hace ahora tres años-
es urgente que se recupere su memoria como "ejemplos de entrega sin
límites a la causa del Evangelio" (Ecclesia in America, 15). A este
respecto, deseo recordar cuanto ya dije en vuestra tierra, el 6 de febrero de
1996 en el Campo Marte: "Quiero rendir ahora un caluroso y merecido
homenaje a los centenares de catequistas que, junto con algunos sacerdotes,
arriesgaron su vida e incluso la ofrecieron por el Evangelio. Con su sangre
fecundaron para siempre la tierra bendita de Guatemala. Esa fecundidad debe
fructificar en familias unidas y profundamente cristianas, en parroquias y
comunidades evangelizadoras, en numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y
misioneras. Ellos, imitando la valentía y entereza de María, 'vencieron por
medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, sin que el amor a
su vida les hiciera temer la muerte' (Ap 12, 11)" (n. 4)
7. Por otra parte, difundir la doctrina social de la Iglesia
adquiere la dimensión de "una verdadera prioridad pastoral" (Ecclesia
in America, 54), tanto para afrontar adecuadamente las diversas situaciones
con una conciencia recta, iluminada por la fe, como para fomentar y orientar el
compromiso de los laicos en la vida pública. En efecto, de poco servirían las
denuncias, la proclamación teórica de los principios, si éstos no son
firmemente interiorizados mediante una formación integral y sistemática. De
este modo se abre un cauce de incidencia real y concreta de los valores
inspirados por el Evangelio en el mundo de la cultura, de la tecnología, de la
economía o de la política.
A esta formación, que debe acompañar el crecimiento en la fe
de todo fiel cristiano, ha de añadirse un esfuerzo por evangelizar también a
cuantos tienen responsabilidades en las diversas áreas de la administración
pública. Puesto que el Evangelio tiene algo que decirles también a ellos, es
necesario ayudarles a descubrir que el mensaje de Jesús es valioso y pertinente
también para la función que desempeñan (cf. Ecclesia in America, 67).
8. Es sabido que el Guatemala la difusión de la Palabra de Vida
en gran parte la llevan a cabo numerosos catequistas. He visto cómo en las
Relaciones quinquenales alabáis la labor abnegada y sacrificada que realizan. A
ellos agradezco de corazón este servicio, que forma parte de su misión dentro
de la Iglesia.
Un medio particularmente apto para que los fieles laicos colmen
la grandes esperanzas que la Iglesia tiene puestas en ellos, en las tareas que
les son propias, es el de una conveniente organización, que facilite la
formación, la progresiva incorporación de las nuevas generaciones, la ayuda
mutua y la acción apostólica coordinada. El surgir de diversos movimientos
laicales puede ser, a este respecto, un fenómeno esperanzador que merece una
especial atención por parte de los Obispos, llamados, como dice el apóstol San
Pablo, a que "no extingan al Espíritu ni desprecien las profecías; sino
que lo examinen todo y se queden con lo mejor" (1 Ts 5, 19-21). De
esta manera, con la ayuda de sus Pastores y en perfecta comunión con ellos, se
irá forjando un laicado vigoroso, firmemente comprometido en el camino de la
santidad personal, en la edificación de la Iglesia y en la construcción de una
sociedad más justa.
Esto, además, será un modo eficaz para superar la ignorancia
religiosa y afianzar la fe, vivida a veces de manera rutinaria, haciendo así
menos vulnerables a los bautizados ante los avances proselitistas de las sectas
y otras ofertas supuestamente espirituales (cf. Ecclesia in America, 73).
9. Al concluir este encuentro deseo animaros a proseguir, con el
dinamismo y el entusiasmo que os caracterizan, así como con renovada esperanza,
en el ejercicio de la misión que el Señor os ha confiado. Os ruego que os
hagáis intérpretes de mi afecto y cercanía espiritual a vuestros sacerdotes,
a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles guatemaltecos que caminan
gozosos al encuentro del Señor. A este respecto recuerdo que "los caminos
por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina son
muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única
comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y
de la Palabra de vida" (Novo millennio ineunte, 58).
Que la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, os acompañe en
vuestro camino y os consuele siempre con su ternura materna. Que os sea de apoyo
también la Bendición Apostólica que complacido os imparto y extiendo a
vuestras Iglesias particulares.
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