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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA GENERAL DEL INSTITUTO
PONTIFICIO PARA LAS MISIONES EXTRANJERAS


Viernes 1 de junio de 2001

Amadísimos hermanos: 

1. Es para mí motivo de gran alegría acogeros hoy y daros una cordial bienvenida. Al final de las celebraciones del 150° aniversario de vuestra fundación y con ocasión de vuestra XII asamblea general, habéis querido visitarme para renovar la expresión de vuestra fidelidad al Sucesor de Pedro en comunión con toda la Iglesia. Os saludo con afecto.

Saludo ante todo al nuevo superior general, padre Giambattista Zanchi, al que expreso mis mejores deseos para la delicada tarea que se le ha confiado al servicio del instituto y de la Iglesia. Al mismo tiempo, quiero agradecer al padre Franco Cagnasso la labor realizada como superior general en beneficio de vuestra fraternidad. Mi saludo se extiende a los componentes del nuevo consejo de la dirección general. En vosotros, queridos hermanos, contemplo el rostro de los numerosos misioneros del Instituto pontificio para las misiones extranjeras que trabajan generosamente en tantas regiones del mundo. Abrazo a todos con intensidad espiritual, pensando en el abnegado compromiso con el que siembran la palabra de Dios, a veces en medio de muchas dificultades y obstáculos.

La asamblea, durante la cual habéis orado y reflexionado, se ha celebrado pocos meses después de la conclusión del gran jubileo, acontecimiento de gracias extraordinarias para la Iglesia, y al comienzo de un nuevo milenio, en el que la comunidad cristiana quiere difundir con renovada confianza y esperanza el anuncio de Cristo, único Salvador del hombre. Este encuentro tiene lugar en vísperas de la solemnidad de Pentecostés:  resuena en nuestro corazón el mandato del Señor de ir y hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28, 19). La misma fuerza del Espíritu, que impulsó a la primera comunidad cristiana, guía nuestros pasos tras las huellas de Cristo.

2. Los días y los siglos transcurren; Cristo, en cambio, es el mismo ayer, hoy y siempre. Es el centro de la vida individual y comunitaria de los que pertenecen a él. Por tanto, es preciso recomenzar constantemente desde él para comprender el sentido de la misión que ha confiado a la Iglesia.

Si vuestra intención es profundizar en el carisma específico de vuestro instituto para revitalizarlo, es indispensable, también desde este punto de vista, recomenzar desde la centralidad de Cristo en la vida comunitaria y en el testimonio personal. Si una "debilidad cristológica" se insinuara en vuestra acción, entonces vuestra obra de evangelización podría correr el riesgo de reducirse a una actividad predominantemente social, caritativa o de organización pastoral. Por el contrario, vuestro instituto nació para reunir almas piadosas y generosas "que se entregaran a Dios, con el fin de dedicarse a la dilatación de su santo Reino" (Máximas y Normas para el Instituto de las misiones, Advertencia preliminar).

Hoy como ayer, sois enviados al mundo para ser de Cristo, sin temer "que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que, en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno:  el don de la revelación del Dios-Amor, que "tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito"" (Novo millennio ineunte, 56). ¡La fe se fortalece dándola!

Ciertamente, las dificultades y los problemas que la humanidad, en su complejidad, afronta hoy deben tenerse en su justa consideración. Pienso, por ejemplo, en la aparición de nuevas visiones planetarias como la globalización, el etnocentrismo o la tentación de fabricarse una religión "a la medida". Pienso en el rechazo de muchos países a la presencia de misioneros y a la evangelización directa. No hay que subestimar tampoco algunos problemas específicos, como la disminución del número de los miembros del Instituto y el consiguiente envejecimiento o el encuentro, a veces difícil, de personas de orígenes diversos. Sin embargo, con la gracia del Señor, hay que mirar al futuro con ojos llenos de esperanza. Fortalecidos por la presencia misteriosa de Cristo, es preciso adentrarse en el vasto océano que se abre ante la Iglesia del tercer milenio y "remar mar adentro" con confianza.

3. Permitidme que recuerde aquí las cuatro dimensiones fuertes que caracterizan la identidad de vuestro instituto, tal como se han manifestado también en los trabajos de la asamblea general. En primer lugar, el misionero del PIME es enviado "ad extra", es decir, sale de su tierra, abandona su cultura, e incluso su Iglesia particular, para llevar a donde el Señor lo llama el anuncio de la cruz. El sugestivo rito de la entrega del crucifijo y de la partida significan que sois enviados como don de Dios a la humanidad y a las  comunidades  en  medio de las que desempeñaréis vuestro ministerio pastoral.

En segundo lugar, vuestra misión es "ad gentes". Por tanto, debe ser constante vuestro compromiso de llegar a los que están "lejos", sobre todo a los que aún no conocen el Evangelio. Eso exige un esfuerzo creativo para inculturar el mensaje evangélico, una intensa capacidad de diálogo y una constante atención a las exigencias de la promoción humana, de la lucha contra las injusticias y de la defensa de los más pobres y los marginados. Si sabéis formar a las nuevas vocaciones también en la interculturalidad, podréis tener misioneros capaces de colaborar en la unidad, aun salvaguardando las diversidades legítimas.

En tercer lugar, vuestra consagración es "ad vitam". Es la respuesta a una llamada y a un proyecto que implica toda la existencia y dura toda la vida. Es entrega total a Cristo para la misión. Por tanto, los ejes fundamentales de vuestra espiritualidad se basan más en el ser que en el hacer, recordando las palabras de Cristo:  "con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas" (Lc 21, 19).

Por último, la característica de vuestra labor apostólica es la comunión. Sois misioneros de diversas nacionalidades, presbíteros y laicos que vivís en comunión, con un estilo orientado completamente a la misión. La espiritualidad de comunión es el testimonio de Cristo más auténtico que podéis dar al mundo, armonizando en la unidad todas las diferencias, para que se conviertan en riqueza común. Esto exige un continuo proceso de kénosis personal, que os abra a los demás, sean presbíteros o laicos. A este propósito, ¿cómo no ver la utilidad de sostener la dimensión laical de la tarea misionera, como respuesta a los signos de los tiempos, que exigen la presencia del laico para la evangelización? Será importante que los presbíteros y los laicos sepan trabajar juntos, para que la diversidad de ministerio se transforme en riqueza de todos y testimonio elocuente de Cristo.

4. Amadísimos misioneros, por gracia de Dios, en la Iglesia se abren a diario nuevas obras de evangelización y compromiso. Escuchad al Espíritu, que os interpela, y respondedle con generosidad, aceptando los desafíos de la hora actual. No tengáis miedo de ir a donde el misionero no es acogido como tal a causa de razones políticas, sociales, ideológicas o, incluso, religiosas.

No olvidéis que también en los países de antigua cristianización se necesita un firme compromiso misionero, especialmente en las ciudades, donde es más evidente la necesidad de una nueva evangelización y, en algunos casos, hasta de un primer anuncio de Cristo. Además, la historia de vuestro instituto es un largo relato de encuentro y diálogo con las demás religiones. Continuad por este camino, alegrándoos por las riquezas presentes en ellas y siendo capaces de ofrecer a vuestros interlocutores el don específico de vuestra fe cristiana.

Encomiendo a toda vuestra familia a María, Estrella de la evangelización. Que ella os sostenga y os consuele. Os proteja junto con los santos y los beatos que entregaron totalmente su vida a la misión. Os acompañe también mi bendición, que os imparto de corazón a vosotros, a vuestros hermanos y a todos aquellos con quienes os encontréis en vuestro ministerio.

 

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