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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SUPERIORES Y ALUMNOS
DEL PONTIFICIO COLEGIO FILIPINO


Sábado 2 de junio de 2001

 

Queridos amigos filipinos: 

En esta feliz ocasión del 40° aniversario de la fundación del Pontificio Colegio Filipino, me uno a vuestra acción de gracias a Dios por todo lo que el Colegio ha representado para la Iglesia en Filipinas y para la comunidad filipina en Roma, desde su solemne inauguración, el 7 de octubre de 1961, por obra de mi predecesor el beato Papa Juan XXIII.

Mis visitas a vuestro país me han permitido experimentar personalmente la cordial hospitalidad y la fe viva de vuestro pueblo. Vosotros, jóvenes sacerdotes del Colegio, os estáis preparando para servir precisamente a este pueblo. Sabéis que a menudo estáis en sus pensamientos y en sus oraciones, y que espera mucho de vosotros. Espera que seáis sacerdotes según el Corazón de Jesús.

Os invito a cultivar una profunda y auténtica espiritualidad eucarística, y a dejaros forjar conforme al modelo de Cristo, el buen Pastor, que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11). Aprended a amar el sacramento de la penitencia, para que, como  confesores, deis a conocer a los fieles el corazón compasivo de Dios, que nos  reconcilia consigo. Sed hombres de oración, caritativos y celosos.

El estudio es también una dimensión esencial de toda la vida del sacerdote. Participa en la misión profética de Cristo y está llamado a revelar a los demás, en Jesucristo, el verdadero rostro de Dios y, por consiguiente, el verdadero rostro del hombre. Gracias a vuestro compromiso en el estudio os preparáis para desempeñar vuestro ministerio de la palabra, proclamando el misterio de la salvación claramente y sin ambigüedad, distinguiéndolo de meras opiniones humanas. Considerad siempre vuestra tarea intelectual como un servicio al pueblo de Dios, ayudándole a dar respuesta a todo el que le pida razón de su esperanza cristiana (cf. 1 P 3, 15).

Oro para que el Pontificio Colegio Filipino siga cumpliendo su misión de formar sacerdotes impregnados de amor a Dios y de celo por la difusión del Evangelio. Encomendándoos a vosotros y a vuestras familias a la intercesión de vuestra patrona, nuestra Señora de la Paz y del Buen Viaje, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

 

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