 |
MENSAJE DEL PAPA JUAN
PABLO II A LA ASAMBLEA DIOCESANA DE ROMA
Amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Al comienzo de la gran asamblea diocesana, que celebraréis durante
estos días en la basílica de San Juan de Letrán, deseo enviaros un cordial
saludo.
Esta asamblea responde a la invitación que os dirigí al final de la misión
ciudadana, en la vigilia de Pentecostés de 1999, a "favorecer una reflexión
específica que, implicando a todos los componentes eclesiales, culmine en una
asamblea. (...) Con la base de la experiencia de la misión ciudadana, servirá
para trazar las líneas directrices de un compromiso constante de evangelización
y celo misionero" (Homilía durante la celebración eucarística en la
vigilia de Pentecostés, 22 de mayo de 1999, n. 4: L' Osservatore
Romano, edición en lengua española, 28 de mayo de 1999, p. 2).
Sé que os habéis preparado larga e intensamente para esta cita tan importante
mediante la oración, el discernimiento espiritual y pastoral y la formulación
de propuestas concretas por parte de cada parroquia y de cada realidad
diocesana.
Basándoos en el instrumento de trabajo elaborado ya desde el mes de octubre de
2000, habéis recorrido un camino de escucha y de diálogo que ha implicado a
los sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos cristianos, en
particular a los miembros de los consejos pastorales, los misioneros y cuantos
están comprometidos en el servicio a la Iglesia y en la animación cristiana de
la sociedad.
La carta apostólica Novo millennio ineunte y la carta que envié a la diócesis
el pasado 14 de febrero, que habéis acogido con alegría y estudiado con amor,
os han guiado en la preparación de esta asamblea y representan ahora su punto
de referencia más significativo, con vistas a la elaboración del programa
pastoral para los próximos años.
2. "Recomenzar desde Cristo para la misión permanente en la
ciudad": este lema, en el que habéis centrado vuestra reflexión,
expresa bien el objetivo y el contenido mismo de la asamblea.
En efecto, Jesucristo, con su presencia viva y con su mensaje, debe modelar la
existencia de todo creyente y de toda comunidad, para que nuestro testimonio sea
fuerte y creíble. Por consiguiente, pidamos al Señor que la santidad sea en
verdad para nosotros el "alto grado de la vida cristiana ordinaria" (Novo
millennio ineunte, 31), a fin de que el anuncio de Cristo llegue a todos los
hombres y mujeres de nuestra ciudad y sea fuente de conversión y renovación
para la vida personal y familiar, así como para todo ambiente de trabajo y de
cultura.
Por tanto, os pido que deis gran espacio a la escucha de la palabra de Dios,
valoréis plenamente la Eucaristía, sobre todo la dominical, y hagáis de cada
parroquia y de cada realidad eclesial una "escuela" permanente de
oración, "donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición
de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación,
escucha e intensidad de afecto, hasta el arrebato del corazón" (ib.,
33).
3. De la intimidad y la familiaridad con el Señor nace la unidad profunda
con él en la que se funda la espiritualidad de comunión: Padre, te pido
que todos mis discípulos "sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado" (Jn 17, 21). La oración de Cristo por la unidad de
sus discípulos, que sostiene y anima el camino ecuménico, exige ante todo la
unidad plena y sincera de todas las vocaciones, los ministerios y las
expresiones pastorales, tan abundantes en la diócesis de Roma. Por tanto, que
cada una de nuestras parroquias y comunidades sea una casa donde se experimente
vivamente la comunión (cf. Novo millennio ineunte, 43).
Por los caminos de la misión es preciso avanzar unidos, sostenidos por
comunidades en las que se viva el amor fraterno como principio educativo para
todo bautizado, ejercicio de acogida recíproca, de escucha y de perdón,
dirigido en primer lugar a los más débiles en la fe, a los humildes y a los
pobres, en los que el Señor Jesús está presente de modo particular.
4. La celebración de la asamblea diocesana es un momento de gracia, para
consolidar la unión con Cristo y la comunión eclesial; así, guiados por el
Espíritu Santo, podréis discernir las formas más idóneas para la misión
permanente en nuestra ciudad y también responder a las expectativas de la
Iglesia universal, hacia la cual la Iglesia de Roma tiene, por disposición
divina, una solicitud especial.
Amadísimos sacerdotes, a vosotros en particular os pido que orientéis y animéis
a todos a "remar mar adentro" para llevar el anuncio del Evangelio a
los hogares, los ambientes y los barrios, es decir, a toda la ciudad. Estáis
llamados a formar a los misioneros, a infundirles valentía apostólica y a
darles el ejemplo de una vida entregada por el Evangelio con el anhelo del buen
Pastor: "También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también
a esas las tengo que conducir..." (Jn 10, 16).
A las familias cristianas les pido que abran sus hogares para acoger a otros
hermanos y hermanas en los centros de escucha del Evangelio, y, más aún, que
se interesen por las situaciones de dificultad moral, espiritual o material que
atraviesan muchas otras familias, dándoles un testimonio concreto de amistad,
escucha y ayuda.
A vosotros, religiosos, religiosas y laicos, que os prodigasteis en las diversas
iniciativas de la misión ciudadana, os pido que mantengáis vivo en vosotros y
en vuestra comunidad el impulso a "salir" para testimoniar y anunciar
el Evangelio en el gran "mar abierto" del mundo del trabajo, de la
cultura y de la sociedad.
En particular, renuevo a los jóvenes la invitación que les hice en Tor Vergata
a ser "los centinelas de la mañana" de este tercer milenio recién
iniciado. Queridos jóvenes, no retrocedáis ante las llamadas, incluso las más
arduas, que os hace el Señor; no tengáis miedo de proponer con alegría y
sencillez el anuncio del Evangelio a vuestros coetáneos, en los ambientes de la
escuela y la universidad, del trabajo y el tiempo libre, así como en cualquier
otro lugar donde os encontréis.
5. Queridos hermanos, en espera de los resultados de vuestra asamblea, os
aseguro mi oración para que el Espíritu Santo oriente vuestros trabajos hacia
un nuevo tiempo de gracia de la Iglesia de Roma y de su pastoral misionera. Pido
una oración especial a todas nuestras hermanas monjas de clausura, para que así
den su contribución tan valiosa para este gran objetivo.
Doy las gracias al cardenal vicario, al vicegerente, a los obispos auxiliares y
a cada uno de los que participáis en esta asamblea y sois las fuerzas vivas y
generosas con las que puede contar nuestra diócesis para llevar a todos los
habitantes de esta ciudad el anuncio del Señor resucitado y el testimonio de su
amor y de su paz.
María santísima, Salus populi romani, los apóstoles san Pedro y san
Pablo, y todos los santos y santas de la Iglesia de Roma velen con su intercesión
sobre los trabajos de la asamblea, para que produzca abundantes frutos de
gracia.
Con este deseo y como prenda de mi afecto, os imparto de corazón a vosotros y a
toda la diócesis la bendición apostólica.
Vaticano, 7 de junio de 2001
|