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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PEREGRINOS DEL PATRIARCADO DE ANTIOQUÍA DE LOS SIRIOS
Viernes
8 de junio de 2001
Beatitud; queridos hermanos en el episcopado; queridos hijos e hijas de la
Iglesia siro-católica:
1. Con gran alegría acojo por primera vez a Su Beatitud después de su
elección a la sede patriarcal de Antioquía de los sirios. Vuestra presencia
reaviva en mi corazón el recuerdo de mi reciente peregrinación a vuestro país
tras las huellas de san Pablo, durante la cual el clero y los fieles de vuestra
Iglesia me acogieron cordialmente y manifestaron su dinamismo espiritual y apostólico.
A vosotros, que estáis hoy aquí, os pido que transmitáis mis saludos
afectuosos a todos vuestros hermanos y hermanas.
Me alegra encontrarme aquí con usted, acompañado por los obispos de su
patriarcado, por sacerdotes y fieles, a los que saludo cordialmente, para
compartir este gran momento de comunión fraterna, con el que se manifiesta el vínculo
que une a la Iglesia siro-católica con toda la Iglesia católica. Acabamos de
vivir esta comunión en la celebración de la divina liturgia, en la que hemos
compartido el único Cuerpo de Cristo. A través de ella se ha expresado
plenamente la comunión eclesial entre el Sucesor de Pedro y Su Beatitud, padre
y jefe de la Iglesia siro-católica de Antioquía, sede apostólica y ciudad que
puede sentirse orgullosa de su tradición eclesiástica particular. Su comunidad
patriarcal, llena de amor y firme en la fe, posee una rica tradición
espiritual, litúrgica y teológica, la tradición antioquena, que sigue
alimentando a las Iglesias de Oriente.
2. Con vuestra presencia, sobre todo en los diferentes países de Oriente
Próximo, estáis llamados a ser como la levadura que, aunque de modo discreto,
desempeña un papel fundamental para que fermente toda la masa. Vuestra misión
es de importancia capital para los fieles y para todos los hombres, a los que el
amor de Cristo nos impulsa a anunciar la buena nueva de la salvación. Me
complace, en particular, la solicitud de los cristianos por la educación
humana, espiritual, moral e intelectual de la juventud a través de una red
escolar y catequística de calidad. Deseo vivamente que la sociedad reconozca
cada vez más el papel de las Iglesias en la formación de la juventud, para que
se transmitan a las jóvenes generaciones, sin discriminación, los valores
fundamentales y los elementos que convertirán a los jóvenes de hoy en los
responsables del futuro en sus familias y en la vida social, con vistas a una
mayor solidaridad y a una fraternidad más intensa entre todos los componentes
de la nación. Transmitid a los jóvenes todo mi afecto, recordándoles que la
Iglesia y la sociedad necesitan su entusiasmo y su esperanza.
Al ser herederos de una historia de fe alimentada por el pensamiento teológico
de grandes escuelas, como las de Edesa o Nisibi, y por las enseñanzas de
ilustres santos Padres, como san Efrén, "arpa del Espíritu Santo" y
doctor de la Iglesia, Santiago de Serug, Narsai y muchos otros, tenéis que
seguir sin cesar sus pasos, desarrollando la investigación teológica y
espiritual propia de vuestra tradición, lo cual afianzará a vuestras
comunidades eclesiales y favorecerá los contactos con vuestros hermanos
ortodoxos. Por eso, desde esta perspectiva, os invito a intensificar la formación
de los sacerdotes, para que sean testigos del Verbo de Dios con su enseñanza y
con su vida y acompañen al pueblo de Dios, ayudando a los fieles a fundar su
vida y su misión en una relación cada vez más profunda con Cristo. Así la
Iglesia será plenamente misionera donde se encuentre y hasta los confines de la
tierra.
3. Aprovecho esta circunstancia, Beatitud, para recordar a sus predecesores
directos, en primer lugar al querido hermano Mar Ignace Antoine II Hayek, que,
con devoción y fervor ejemplares, consagró toda su vida al servicio de Dios y
de la comunidad que se le confió. Con gran sabiduría y con bondad sumamente
paterna guió a la Iglesia siro-católica durante treinta años. Le ruego que le
transmita mis mejores deseos de que conserve la serenidad en esta etapa de su
existencia. Saludo también al cardenal Mar Ignace Moussa I Daoud, al que he
confiado en la Curia romana la ardua tarea de guiar la Congregación para las
Iglesias orientales. Le doy las gracias por haber aceptado, con desinterés y
con profundo celo eclesial, manifestando así su amor a la Iglesia. Hace
presente junto al Sucesor de Pedro y en la Curia romana el precioso tesoro que
representan las Iglesias orientales.
4. Beatitud, le expreso mis deseos fraternos de fecundidad en el ejercicio
de su ministerio en el seno de la Iglesia siro-católica. Al intercambiar con
usted el santo beso de la paz, encomendándolo a la intercesión de la santísima
Virgen María, "digna hija de Dios y hermosura de la naturaleza
humana" (san Juan Damasceno, Homilía sobre el nacimiento de María,
7), y de los santos de su Iglesia, le imparto de todo corazón la bendición
apostólica a usted, así como a los obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas, y a todos los fieles de su
patriarcado.
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