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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA COMISIÓN PONTIFICIA DE ARQUEOLOGÍA SACRA


Sábado 9 de junio de 2001

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Deseo dar mi cordial bienvenida a cada uno de vosotros, que participáis en la asamblea plenaria de la Comisión pontificia de arqueología sacra. Me visitáis hoy al término de dos intensas jornadas dedicadas a un profundo examen de la actividad que realizasteis durante el gran jubileo del Año santo 2000.

Saludo con afecto a monseñor Francesco Marchisano, vuestro presidente, y le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme en vuestro nombre. Le doy las gracias, además, por haberme ilustrado el tema de vuestro encuentro:  Las catacumbas cristianas de Italia y el Año santo:  balance de una peregrinación.

En efecto, fue grande la contribución que disteis al éxito del Año jubilar, que tanto eco suscitó en el mundo. Gracias por vuestro servicio; gracias por el amor y la competencia con que seguís trabajando por convertir las catacumbas cristianas de Roma y de Italia en lugares de nueva evangelización, de oración y de promoción cultural para los peregrinos del todo el mundo.

2. Fieles a las finalidades institucionales de vuestra Comisión, con ocasión del Año santo os propusisteis facilitar la peregrinación de los devotos y hacer más acogedoras las catacumbas abiertas al público.

Estos dos objetivos se tuvieron presentes al crear itinerarios alternativos dentro de las catacumbas romanas de San Calixto, San Sebastián, Domitila, Priscila y Santa Inés, y al llevar a cabo los trabajos de iluminación y restauración realizados en Roma y en otras catacumbas situadas en el territorio italiano. Particular importancia revistió, casi al final del Año santo, el restablecimiento de la cubierta de la espléndida basílica de San Nereo y San Aquiles en las catacumbas de Domitila, en las que se puede revivir el clima espiritual que se respiraba en los primeros siglos de la era cristiana.

Ese acontecimiento enriquece ulteriormente el patrimonio monumental que representa el testimonio más concreto y tangible del mundo de las catacumbas, donde los primeros cristianos idearon un sistema funerario nuevo, enterrando a los fieles en tumbas semejantes, sencillas y sobrias, para expresar la igualdad y la comunión.

3. En efecto, el peregrino, al visitar las catacumbas, puede evocar con la mente los gestos de los primeros cristianos, que organizaron una especie de "ataúd común" para asegurar una sepultura digna a todos los hermanos, incluidas las viudas, los huérfanos y los indigentes. Su elección se fundaba en el valor de la solidaridad y en un valor mayor aún:  la caridad.
La estructura misma de las catacumbas subraya el profundo arraigo de esos valores en la vida de nuestros primeros hermanos en la fe:  como se deduce de su mismo nombre -coemeteria-, se presentan como grandes dormitorios comunitarios, donde todos, independientemente de su categoría y de su profesión, descansan en un abrazo ideal, en espera de la resurrección final.

En la penumbra de las catacumbas, lo que atrae la atención de los visitantes son unas tumbas sencillas, todas iguales, cerradas con fragmentos de mármol o piedra, sobre los que sólo aparecen los nombres de los difuntos. En muchos casos, ni siquiera tienen ese simple elemento de identificación, como si con el anonimato se quisiera subrayar la igualdad de hospites. Otras veces, esa igualdad se destaca con algunos símbolos:  el ancla, que remite al concepto de la seguridad de la fe; el pez, que alude a Cristo Salvador; y la paloma, que evoca la sencillez y el candor del alma, expresiones de la fe común.

4. Junto a las tumbas de simples fieles, en las catacumbas se colocaron, como es sabido, muchas tumbas de mártires de las persecuciones de Decio, Valeriano y Diocleciano, que en seguida los primeros cristianos veneraron con gran devoción. Sobre sus tumbas, como en las de los Papas y santos de los primeros siglos, incluso los peregrinos procedentes de lejanas regiones del Mediterráneo o del norte de Europa dejaron sus nombres. Esos grafitos, muy valiosos para los estudiosos del culto antiguo, certifican una veneración ininterrumpida hasta ahora.

Amadísimos hermanos y hermanas, el riquísimo patrimonio de fe, arte y cultura que constituyen las catacumbas, tiene en vuestra Comisión pontificia de arqueología sacra un custodio competente, respetuoso de las finalidades de piedad y celoso de favorecer su conocimiento y su acceso provechoso. A este respecto, deseo manifestar mi satisfacción por el esfuerzo que habéis realizado para abrir otras catacumbas, como las de San Lorenzo en el Verano, y, a pesar de las dificultades y la complejidad de las situaciones, las de San Pancracio y las de San Marcelino y San Pedro. A la vez que apoyo vuestro valioso y generoso trabajo, espero que este esfuerzo se vea coronado pronto por el éxito. Además de restituir, para su deleite, al historiador o al aficionado a los monumentos antiguos una huella significativa de los primeros siglos cristianos, presta un servicio muy útil a la nueva evangelización. En efecto, el peregrino moderno, a menudo desorientado e indeciso, al recorrer los itinerarios seguidos por los primeros cristianos y al repetir sus gestos de devoción, puede redescubrir más fácilmente su identidad religiosa y decidirse con renovado entusiasmo a seguir a Cristo, como hicieron muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo.

Por tanto, gracias por vuestra colaboración en el anuncio de Cristo a los hombres de nuestro tiempo. Que el Señor colme vuestro corazón del ardor de los santos y los mártires, que contribuís a dar a conocer y a honrar.

Al mismo tiempo que os encomiendo a cada uno y a vuestros seres queridos a la protección celestial de la Madre de Dios, os imparto a todos una especial bendición apostólica.

 

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