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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS QUE VINIERON A LA CANONIZACIÓN
Lunes
11 de junio de 2001
Señores
cardenales; venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio; amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Ayer celebramos la primera ceremonia de canonización después del gran
jubileo del año 2000. A todos vosotros, que habéis venido para ese feliz
acontecimiento, me alegra renovaros hoy mi saludo, en el clima más familiar de
este encuentro, en el que tenemos también la oportunidad de meditar en las
figuras de los nuevos santos.
2. Al pensar en san Luis Scrosoppi, saludo con afecto a los
sacerdotes y a los fieles de la diócesis de Údine, aquí presentes con su
obispo, monseñor Pietro Brollo. Saludo en particular a las "Religiosas de
la Providencia de San Cayetano de Thiene", fundadas por él en 1837.
Queridas hermanas, habéis nacido de un grupo de mujeres llenas de fe y
generosidad apostólica, que colaboraban con el padre Luis en el cuidado amoroso
de las muchachas solas y abandonadas de Údine y sus alrededores. La canonización
de vuestro fundador demuestra que el designio de la Providencia, en la que él
confió totalmente, sigue realizándose en la Iglesia y en el mundo. También
hoy hacen falta corazones y manos dispuestas a servir a las personas que
atraviesan dificultades, para manifestarles la amplitud de la misericordia
divina.
Pero la herencia de san Luis Scrosoppi, conservada celosamente por sus hijas
espirituales, es rica y valiosa para todo el pueblo de Dios, especialmente para
los sacerdotes. En efecto, san Luis es modelo de vida presbiteral vivida en una
constante búsqueda de Dios. San Francisco de Asís y san Felipe Neri fueron los
guías que siguió con entusiasmo, para conformarse en todo a Cristo Salvador.
Humildad, pobreza y sencillez; oración, contemplación y unión íntima con
Cristo: estas fueron las fuentes inagotables de su caridad. Que su ejemplo
luminoso atraiga no sólo a sus hijas espirituales y a los devotos, sino también
a todos los que entran en contacto con la obra iniciada por él.
3. Con afecto me dirijo ahora a vosotros, queridos peregrinos que habéis
venido de diversas regiones para participar en la canonización de san Agustín
Roscelli, fundador de las "Religiosas de la Inmaculada". Saludo al
arzobispo de Génova, cardenal Dionigi Tettamanzi, al cardenal Giovanni Canestri
y al obispo de Chiávari. Saludo al clero, a los religiosos, a las religiosas y
a los fieles. El nuevo santo vivió con gran entrega su sacerdocio, desempeñando
un apostolado fecundo. Siguió el modelo de una vida evangélica austera, en la
que se distinguió por su amor a Dios y a los hombres. Este amor indivisible a
Dios y a sus hermanos constituye la línea fundamental y característica de su
espiritualidad, en la que se funden en unidad la contemplación y la acción.
Solía repetir: "La oración ayuda a hacer bien la acción, y la acción,
hecha como se debe, ayuda a hacer bien la oración".
Me complace recordar aquí las palabras con las que mi venerado predecesor Juan
Pablo I, cuando era obispo de Vittorio Véneto, describió el aspecto ascético
de san Agustín Roscelli: "Supo unir magníficamente la laboriosidad
de los tiempos modernos y una profunda vida interior" (cf. Cart. Post.,
p. 16, n. 14). La talla espiritual de este "pobre sacerdote", como solía
definirse, tiene una fuerza profética capaz de conmover y fascinar aún hoy.
Vuelve a proponer, de modo sencillo, valores evangélicos que al comienzo del
tercer milenio es preciso redescubrir y revivir con convicción: el valor
de la humildad y de la sobriedad, del silencio y del sentido de la presencia de
Dios que anima la historia, de la oración y de una caridad que no dice jamás
"basta", porque es inmensa como Dios, de quien nace.
Ojalá que san Agustín Roscelli recuerde a sus hijas espirituales y a todos los
creyentes que los resultados de la acción pastoral no dependen principalmente
de nuestras fuerzas, sino sobre todo de la ayuda de Dios, al que debemos
recurrir incesantemente con la oración.
4. Saludo ahora a los que han venido a Roma para la canonización de Bernardo
de Corleone, humilde fraile capuchino en el que brilla con todo su fulgor la
fuerza del carisma franciscano, es decir, la austeridad, la esencialidad y la
"itinerancia" caritativa. Saludo en particular al cardenal Salvatore
De Giorgi, arzobispo de Palermo, a los obispos y a los fieles de Sicilia, tierra
donde nació este nuevo santo. A pesar de ser analfabeto, supo escribir páginas
brillantes de historia con su vida, impregnada de amor a Cristo crucificado,
de servicio humilde y silencioso, y de solidaridad con el pueblo.
Fray Bernardo, aunque es un hombre del siglo XVII, por su auténtica configuración
con el divino Maestro participa en la actualidad perenne del Evangelio. El
modelo de santidad que propone es siempre actual. Más aún, con su historia
personal, caracterizada por grandes pasiones civiles y religiosas, con un
notable sentido de la justicia y de la verdad en medio de numerosas situaciones
de sufrimiento y miseria, encarna, en cierto sentido, la imagen del santo
contemporáneo, o sea, la de un hombre que se abre al fuego del amor
sobrenatural y se deja inflamar por él, transmitiendo su calor a las almas de
los hermanos. Como mostró a sus contemporáneos, también nos indica hoy a
nosotros que la santidad, don de Dios, produce una transformación tan profunda
de la persona, que la convierte en testimonio vivo de la presencia confortadora
de Dios en el mundo.
5. Otro ejemplo elocuente de santidad para nuestro tiempo es Teresa
Eustochio Verzeri, mujer de destacada personalidad, que nació en Bérgamo a
inicios del siglo XIX. Saludo al clero, a los religiosos, a las religiosas y a
los fieles de esa diócesis, con su pastor, monseñor Roberto Amadei. Santa
Teresa Verzeri, formada en una piedad ardiente y sólida, después de una larga
y ardua búsqueda, fundó, junto con el canónigo Giuseppe Benaglio, su director
espiritual y figura prestigiosa del clero bergamasco, el instituto de las
"Hijas del Sagrado Corazón de Jesús" para la educación y la
asistencia de las muchachas pobres. Trasladada su obra a Brescia, desarrolló
una actividad febril, que la llevó a la muerte cuando apenas tenía 51 años de
edad.
En su camino espiritual se sintió particularmente atraída por el Sagrado Corazón
de Jesús, que propuso con insistencia a la devoción de sus hermanas, exhortándolas
a una vida religiosa obediente, dócil y generosa. El alma que quiere seguir a
Jesús -solía repetir- debe imitarlo en todo, especialmente participando en su
pasión redentora, a ejemplo de María santísima. A una hija espiritual suya
escribió: "Tú quisieras estar siempre con Cristo en el Tabor; pero
mira a la Virgen santísima: no está en el Tabor, sino sólo al pie de la
cruz. Créeme, querida: la mayor gracia que Dios te da es padecer con él
y por su amor" (Cartas, vol. VII, parte IV, n. 49).
Aprender del Corazón de Jesús, dejarse orientar por los sentimientos de ese
Corazón y vivirlos en el servicio a los hermanos, es el mensaje que Teresa nos
transmite también a nosotros en el alba del nuevo milenio, invitándonos a cada
uno a cooperar activamente en la acción evangelizadora de la Iglesia.
6. Saludo a Su Beatitud el cardenal Sfeir, a los obispos, a los sacerdotes,
a los religiosos y a las religiosas, sobre todo a los miembros de la Orden
Libanesa Maronita, y a los representantes de las autoridades, así como a todos
los fieles del Líbano que han venido para participar en la canonización de la
hermana Rebeca, motivo de profunda alegría para la Iglesia,
especialmente para todos los cristianos libaneses. En Oriente Próximo, asolado
por tantos conflictos sangrientos y por tantos sufrimientos injustos, el
testimonio de esta religiosa libanesa es una fuente de confianza para los que
soportan pruebas. Dado que siempre vivió en íntima unión con Jesús y como él
nunca perdió la esperanza en el hombre, es el signo discreto pero eficaz de que
el misterio pascual de Cristo sigue transformando el mundo, para hacer que
germine en él la esperanza de la vida nueva ofrecida a todos los hombres de
buena voluntad. Aceptando el sufrimiento como un medio para amar más a Cristo y
a sus hermanos, vivió de manera eminente la dimensión misionera de su vida
consagrada, encontrando en la Trinidad la fuerza para entregar su vida por el
mundo y completando en su carne lo que "falta a las tribulaciones de
Cristo" (Col 1, 24). Ojalá que los enfermos, los afligidos, los prófugos
de guerra y todas las víctimas del odio de ayer y de hoy encuentren en santa
Rebeca una compañera de camino, para que, por su intercesión, sigan buscando
en la noche razones para esperar aún y construir la paz.
7. Amadísimos hermanos y hermanas, estimulados por estos luminosos
testigos del Evangelio y sostenidos por su intercesión celestial, prosigamos
con perseverancia por el camino de la santidad, teniendo fijos los ojos en
Cristo (cf. Hb 12, 1-2).
Cada uno de los nuevos santos confirma, de modo diverso, lo que recordé en la
carta apostólica Novo millennio ineunte, a saber, que la contemplación
del rostro de Cristo inspira y hace eficaz el compromiso concreto del creyente.
Por tanto, también nosotros, en nuestro respectivo estado de vida y en las
diferentes situaciones en las que la Providencia nos ha puesto, estamos llamados
a ser contemplativos en la acción. Que nos ayuden en este arduo camino los
santos Luis Scrosoppi, Agustín Roscelli, Bernardo de
Corleone, Teresa Eustochio Verzeri y Rebeca Petra Choboq Ar-Rayès.
Que nos ayude especialmente la santísima Virgen, discípula perfecta de su
Hijo. Por mi parte, con gran afecto os imparto una especial bendición a
vosotros aquí presentes y a todos vuestros seres queridos.
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