 |
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE BENIN EN VISITA "AD
LIMINA"
Sábado 16 de junio de 2001
Queridos hermanos
en el episcopado:
1. Es para mí una gran alegría acogeros durante estos días en que realizáis
vuestra visita ad limina. Mediante vuestros encuentros con el Sucesor de
Pedro y con sus colaboradores manifestáis la comunión de las diócesis de
Benin con la Iglesia universal. Deseo que estas jornadas de peregrinación y de
reflexión sean para cada uno de vosotros una fuente de renovación espiritual y
de dinamismo apostólico para el desempeño de vuestro ministerio episcopal.
Con sus amables palabras, monseñor Néstor Assogba, arzobispo de Cotonú y
presidente de vuestra Conferencia episcopal, se ha hecho vuestro intérprete
para manifestarme vuestras esperanzas y vuestras preocupaciones al comienzo de
este nuevo milenio. Le doy cordialmente las gracias por ello. Saludo en
particular a los obispos que han venido por primera vez a realizar esta visita.
Los aliento vivamente en su tarea de pastores, al servicio de la misión de la
Iglesia. Llevad mi afectuoso saludo a vuestros sacerdotes, religiosos,
religiosas, catequistas, y a todos los fieles de vuestras diócesis. Que el Señor
haga fructificar en ellos las gracias del Año jubilar. A todo el pueblo de
Benin, que he tenido la alegría de visitar dos veces, le deseo que viva en paz
y con prosperidad, y pido a Dios que le ayude en sus esfuerzos por construir una
sociedad cada vez más fraterna y solidaria.
2. Los desafíos que debe afrontar la Iglesia al principio del nuevo
milenio son un estímulo apremiante a renovar nuestro compromiso de anunciar el
Evangelio a todos los hombres. Hoy, más que nunca, resulta evidente la urgencia
de la misión. Los obispos, sucesores de los Apóstoles, que experimentaron
personalmente la presencia del Verbo de la vida, han recibido la misión de
orientar la mirada de los hombres hacia el misterio de Cristo. En esta nueva
etapa de la evangelización que se abre ante nosotros, sólo el encuentro íntimo
con el Señor puede infundirnos la audacia de un compromiso auténtico y
decidido al servicio del Evangelio. El Sucesor de Pedro invita a vuestras
comunidades y a sus pastores a hacer un profundo acto de fe en la palabra de
Cristo, que nos exhorta con fuerza a remar mar adentro. Que este acto de fe se
exprese ante todo mediante un compromiso renovado de oración y de diálogo
confiado con Dios.
Así pues, la tarea misionera debe consistir en primer lugar en ayudar a los
fieles a fortalecer su fe en Cristo Salvador, para que, frente a las múltiples
tentaciones que se les presentan, no se dejen arrastrar por cualquier viento de
doctrina, sino que, viviendo en la verdad y en el amor, crezcan en
Cristo para elevarse en todo hasta él (cf. Ef 4, 14-15). Que todos
encuentren en su adhesión a la persona de Jesús y en el apoyo de su comunidad
la fuerza para avanzar por los caminos del Evangelio y de sus exigencias,
recordando que "nadie que ponga la mano en el arado y mire hacia atrás es
apto para el reino de Dios" (Lc 9, 62).
Ojalá que en sus esfuerzos por edificar la Iglesia, familia de Dios, los
cristianos de vuestras diócesis sean también hombres y mujeres de comunión y
de unidad. Como escribí en la carta apostólica Novo millennio ineunte,
antes de programar iniciativas concretas para ser fieles al designio de Dios y
para responder a las expectativas profundas del mundo, "hace falta promover
una espiritualidad de comunión, proponiéndola como principio educativo en
todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se forman los
ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se
construyen las familias y las comunidades" (n. 43). Este espíritu de
comunión es un medio esencial para que se reconozca y respete la vocación de
cada uno, compartiendo los dones recibidos del Espíritu, y para que se
construya una humanidad solidaria y fraterna.
Que la unidad de vuestras comunidades, fundada en el designio de Cristo para su
Iglesia, sea un signo concreto de la presencia de Dios, que habita en ellas y
cuya luz debe resplandecer en el rostro de todos los hombres.
3. Desde hace algunos años estáis realizando un gran esfuerzo para
fomentar las vocaciones. El número de jóvenes que entran en los seminarios
aumenta continuamente. Por consiguiente, es importante que esos jóvenes tengan
viva conciencia de que la vocación es un don del Señor que reciben por medio
de la Iglesia, y que es por la Iglesia como se realiza esta vocación. "El
candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer sus propias
condiciones personales, sino aceptando las normas y condiciones que pone la
misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella compete" (Pastores dabo
vobis, 35). Por ello, el obispo tiene la gran responsabilidad de discernir
las aptitudes humanas, intelectuales, morales y espirituales de los candidatos,
y reconocer la autenticidad de su vocación.
La vida en los seminarios es para vosotros una preocupación constante. Os
exhorto encarecidamente a seguir siendo exigentes en lo que respecta a la
calidad de la formación que se imparte en todos los campos. Los seminarios
deben permitir a los jóvenes llamados al sacerdocio seguir generosamente a
Cristo, para dejarse iniciar por él en el servicio al Padre y a los hombres. Para
ello es necesario que haya un número suficiente de formadores, profesores y
directores espirituales bien preparados y ejemplares en su vida sacerdotal. Es
de desear que, gracias a la ayuda generosa de otras Iglesias locales, aseguréis
un acompañamiento efectivo a los seminaristas, para que tengan una visión
clara de su verdadera vocación y respondan a ella de manera libre y consciente.
4. Al volver a vuestras diócesis, llevad mi saludo cordial a cada uno de
vuestros sacerdotes. La Iglesia cuenta con ellos para que, con su vida ejemplar,
sean testigos creíbles de la Palabra que anuncian, plenamente comprometidos en
los caminos de la santidad, a la que Cristo los llama y hacia la que deben guiar
a los fieles. Durante su ministerio, los sacerdotes están invitados a cuidar su
formación permanente, indispensable para responder a las nuevas exigencias de
la evangelización. Ojalá que encuentren en ella ante todo la expresión y la
condición de su fidelidad a su ministerio y a su mismo ser. Han de estar
convencidos de que con ella realizan un acto de amor y de justicia en favor del
pueblo de Dios, del que son servidores.
Por otra parte, insto a los sacerdotes a tomar cada vez mayor conciencia de la
dimensión misionera de su sacerdocio. En efecto, como recuerda el concilio
Vaticano II, "el don espiritual que recibieron los presbíteros en la
ordenación los prepara no para una misión limitada y reducida, sino para una
misión amplísima y universal. Los presbíteros, pues, han de recordar que
deben llevar en su corazón la preocupación por todas las Iglesias" (Presbyterorum
ordinis, 10). Desde esta perspectiva, estimulo a las diócesis que disponen
de más presbíteros a proseguir generosamente el intercambio de sacerdotes con
las que tienen menos. Ese intercambio favorecerá asimismo la unidad del pueblo
de Dios en las diferentes regiones del país, que viven situaciones misioneras y
pastorales muy diversas.
5. Desde el inicio del anuncio de la fe cristiana en vuestro país, los
institutos religiosos han desempeñado un papel importante. No se puede por
menos de admirar el trabajo de los misioneros, religiosos, religiosas y laicos
que, con gran abnegación, han permitido a la Iglesia nacer y crecer entre
vosotros. Hoy, a pesar de que su número ha disminuido, su trabajo valiente y
desinteresado sigue siendo apreciable y manifiesta la universalidad de la
Iglesia. Deseo que, con espíritu de estima mutua, la colaboración fraterna se
afiance cada vez más entre los sacerdotes diocesanos y los miembros de los
institutos misioneros.
Conozco también el gran aprecio de que gozan por parte de la población las
religiosas que se dedican generosamente al servicio de las personas más pobres
y desamparadas de la sociedad, sin distinción alguna de origen. La Iglesia les
está agradecida porque así muestran, a menudo de manera muy humilde y en
condiciones difíciles, la caridad de Cristo por la humanidad que sufre. En
efecto, el compromiso de los religiosos y las religiosas en la misión de la
Iglesia es una manifestación elocuente del amor de Dios a todos los hombres.
Ojalá que con la fidelidad a sus compromisos y profundizando su amistad con
Dios en la oración y en la renuncia interior, las personas consagradas sean
también para sus hermanos y hermanas ejemplos audaces, y les ayuden en la búsqueda
de la perfección, a la que todos están llamados. Espero que sean numerosos los
jóvenes que, sintiéndose atraídos por esta entrega de sí a Cristo y a los
demás, acepten responderle, para mostrar a los ojos del mundo el primado de
Dios y de los valores del Evangelio en la vida cristiana.
6. Para ensanchar los horizontes de la evangelización, es conveniente
estimular y sostener, con una formación humana y espiritual sólida, a un
laicado maduro y responsable, consciente de sus responsabilidades en la Iglesia
y en la sociedad. De hecho, los laicos, por ser miembros de la Iglesia, tienen
la vocación y la misión de anunciar el Evangelio en sus ambientes de vida. Los
campos donde pueden realizar una acción misionera son muy vastos. Así pues,
les corresponde un papel especial en la animación cristiana del orden temporal.
Los cristianos deben ocupar su lugar y actuar con competencia en el mundo tan
complejo de la política, de la vida social y de la economía, según las enseñanzas
de la doctrina social de la Iglesia, proponiendo a sus compatriotas una visión
del hombre y de la sociedad conforme a los valores humanos fundamentales. Los
invito de modo muy particular a trabajar sin cesar para promover el
respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana. "La dignidad
personal es el bien más precioso que el hombre posee, gracias al cual
supera en valor a todo el mundo material" (Christifideles laici,
37).
El cristiano tiene el deber imperioso de comprometerse para que se respete la
vida de todo ser humano, desde su concepción hasta su fin natural. Este respeto
a la persona debe practicarse sobre todo con respecto a los más desamparados, a
los enfermos y a todos los heridos por la vida. Ojalá que en vuestras
comunidades jamás se les olvide. "En la persona de los pobres hay una
presencia especial (del Hijo de Dios), que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos" (Novo millennio ineunte, 49).
En el seno de la Iglesia deben valorarse los diversos tipos de servicio y formas
de animación que se confían a los laicos, para dar nuevo vigor a la vida
cristiana y al apostolado. Queridos hermanos en el episcopado, deseo dirigir una
palabra de agradecimiento y aliento en particular a los catequistas de vuestras
diócesis. En la vida de vuestras comunidades son evangelizadores
insustituibles. Ojalá que con su testimonio de vida irreprochable y su
compromiso al servicio del Evangelio muestren siempre a los ojos de sus hermanos
la felicidad de haber descubierto a Cristo y vivir de su vida.
7. El compromiso de los laicos tiene en el matrimonio y en la familia un
espacio primordial para desarrollarse. En vuestros informes quinquenales habéis
subrayado los graves problemas que se plantean hoy a la familia, a su unidad y a
su indisolubilidad. Os exhorto vivamente a proseguir una pastoral familiar
vigorosa, y me alegro de los esfuerzos que habéis realizado en el campo de la
formación, sobre todo con la creación de un centro universitario. Es
fundamental para el futuro educar a los jóvenes en una justa jerarquía de
valores y prepararlos para vivir el amor conyugal de modo responsable, en relación
con sus exigencias de comunión y de servicio a la vida.
La visión cristiana del matrimonio debe presentarse en toda su grandeza,
subrayando que sin amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como
comunidad de personas, y que los esposos están llamados a crecer sin cesar en
su comunión a través de la fidelidad diaria a la promesa de entrega mutua,
total, única y exclusiva que conlleva el matrimonio. Por tanto, es necesario
que la solicitud de la Iglesia se manifieste también mediante un acompañamiento
discreto y delicado de las familias, que será una ayuda eficaz para afrontar y
resolver los problemas de la vida conyugal.
8. El encuentro con los fieles de otras religiones, que a menudo se vive
pasivamente en las relaciones diarias de la existencia, puede llevar a veces a
situaciones muy difíciles. Para la Iglesia católica, el diálogo
interreligioso es un compromiso de gran importancia, que tiene como objetivo
promover la unidad y la caridad entre los hombres y entre los pueblos.
"Todos los fieles y las comunidades cristianas están llamados a practicar
el diálogo, aunque no al mismo nivel y de la misma forma" (Redemptoris
missio, 57). Apoyo vuestros esfuerzos por favorecer un conocimiento recíproco
mejor, así como relaciones más verdaderas y fraternas entre las personas y
entre las comunidades, particularmente con los musulmanes. Deseando vivamente
una auténtica reciprocidad, es necesario perseverar con fe y amor incluso donde
los esfuerzos no encuentran acogida ni respuesta (cf. ib.). La formación
de personas competentes en este campo es esencial para ayudar a los fieles a
dirigir una mirada evangélica a sus compatriotas de religión diferente y para
colaborar con todos con vistas al bien común de la sociedad. Más aún, ya
desde el inicio de su educación, es preciso estimular a los jóvenes al respeto
y a la estima mutua, con un espíritu que favorezca el desarrollo de una auténtica
libertad de conciencia.
9. Queridos hermanos en el episcopado, al terminar nuestro encuentro os
exhorto a proseguir vuestro ministerio episcopal con una confianza incondicional
en la fidelidad de Cristo a su promesa de permanecer con nosotros hasta el fin
del mundo (cf. Mt 28, 20). Frente a las dificultades, su presencia
amorosa no falta jamás a quien permanece fiel a la gracia recibida. Como subrayé
en la carta apostólica Novo millennio ineunte, "nuestro paso, al
principio de este nuevo siglo, debe hacerse más ágil al recorrer los senderos
del mundo" (n. 58).
Permaneced cerca de vuestro pueblo y, sobre todo, de los jóvenes, a los que
invito a ver el futuro con una mirada llena de esperanza. Que conserven su
entusiasmo por construir un mundo nuevo. Centinelas de la mañana, hoy más
nunca dejad abierta de par en par la puerta viva que es Cristo.
Os encomiendo a todos a la intercesión materna de la Virgen María, Madre de
Cristo y Madre de los hombres, y de corazón os imparto una afectuosa bendición
apostólica, que extiendo a todos los fieles de vuestras diócesis.
|