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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN CONGRESO EN EL X ANIVERSARIO
DE LA MUERTE DE MONS. PIERO ROSSANO


Sábado 16 de junio de 2001

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Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y señoras: 


1. Me alegra daros mi más cordial bienvenida a todos vosotros, que participáis en las jornadas de encuentro y de reflexión organizadas por el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, en colaboración con la Pontificia Universidad Lateranense y la fundación Piero Rossano, para recordar el décimo aniversario de la muerte de monseñor Rossano. Se va a celebrar aquí, en Roma, y en Vezza de Alba, donde nació.

Saludo al señor cardenal Francis Arinze, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido en nombre de cuantos participan en este encuentro. Saludo asimismo a los obispos, sacerdotes, autoridades y a todos los presentes. El décimo aniversario de la muerte de monseñor Rossano constituye una ocasión muy propicia para recordar gratamente su infatigable compromiso en favor del diálogo interreligioso. En la carta apostólica Novo millennio ineunte quise reafirmar la importancia de esta tarea:  "El diálogo -escribí- debe continuar. En la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad. El nombre del único Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz" (n. 55).

2. Un serio y auténtico diálogo interreligioso debe apoyarse en un sólido fundamento, para que a su tiempo dé los deseados frutos. Estar abiertos al diálogo significa ser plenamente coherentes con la propia tradición religiosa. Es la enseñanza que se desprende de la vida de monseñor Rossano.
Trabajó durante muchos años al servicio de la Iglesia universal en el entonces Secretariado para los no cristianos, ahora Consejo pontificio para el diálogo interreligioso. En su experiencia espiritual y en su servicio a la Santa Sede, su apertura a los demás siempre estuvo acompañada de su fidelidad a las enseñanzas de Cristo. Esta adhesión incondicional a Cristo no le impidió dialogar con representantes de otras religiones. Más aún, precisamente esa absoluta fidelidad a Cristo se convirtió en un sólido punto de partida para encontrarse con las personas y apreciar las riquezas que, como afirma el concilio Vaticano II, Dios en su magnificencia ha distribuido a todos los pueblos (cf. Ad gentes, 11).

3. Amadísimos hermanos y hermanas, que el ejemplo de monseñor Rossano os impulse a intensificar vuestros esfuerzos por promover el diálogo, dando a todos el claro testimonio del misterio de Cristo, Señor y Salvador de todos. En efecto, como afirmé en la citada carta apostólica, "no debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que, en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno:  el don de la revelación del Dios-Amor, que "tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito" (Jn 3, 16)" (Novo millennio ineunte, 56).

Acoger a Cristo no lleva a replegarse en sí mismo, sino que impulsa fuertemente a confrontarse y a abrirse a todos los hombres. Monseñor Rossano mostró ampliamente cómo se lleva a cabo esta apertura. Sus infatigables esfuerzos por encontrar soluciones a través del intercambio y la comunión entre representantes de religiones diversas redundaron en un enriquecimiento significativo para todas las personas con quienes entraba en contacto.

También en su generoso y fecundo ministerio episcopal como obispo auxiliar de Roma con responsabilidades en el ámbito de la cultura, y como rector de la Pontificia Universidad Lateranense, monseñor Rossano tuvo siempre presente el compromiso del diálogo, realizando perfectamente cuanto se lee en el documento La actitud de la Iglesia frente a los seguidores de otras religiones, publicado en 1984 por el Secretariado para los no cristianos:  "El diálogo es antes que nada un estilo de acción, una actitud y un espíritu que guía la conducta. Implica atención, respeto y acogida al otro, a quien se le concede espacio para su identidad personal, para sus expresiones y sus valores" (n. 29:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de septiembre de 1984, p. 20).

4. Ya se sabe que la dimensión ecuménica es importante también para el compromiso del diálogo interreligioso. A este respecto, quisiera expresar mi gran satisfacción por la constante y fecunda colaboración que se lleva a cabo entre el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso y la Oficina para las relaciones y el diálogo interreligioso del Consejo mundial de las Iglesias. Es una colaboración significativa, iniciada y favorecida por monseñor Rossano. Hoy quisiera destacar también este mérito suyo. Ojalá que el trabajo que él comenzó reciba nuevo impulso con vuestra iniciativa. Mientras doy gracias al Señor por el bien que realizó por medio de la humilde y fiel persona de monseñor Piero Rossano, invoco sobre vosotros y sobre vuestro apreciado trabajo la abundancia del Espíritu Santo, de cuyos dones quiere ser prenda la bendición que os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos.

 

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