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CEREMONIA DE DESPEDIDA EN EL AEROPUERTO DE LVOV

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Miércoles 27 de junio de 2001

Le doy sinceramente las gracias, señor Leonid Danilovic Kuchma, por la valiente invitación a visitar Ucrania. Gracias también a todos los que han contribuido a mi encuentro pastoral con los fieles de la Iglesia católica ucraniana y con la gente de vuestro noble país. Que Dios bendiga su servicio, señor presidente, para  el  bien del pueblo ucraniano.

Señor presidente de la República ucraniana;
señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
ilustres señores; amadísimos ucranios:
 

1. Ha llegado el momento de la despedida. Con emoción me despido de vosotros, aquí presentes y por medio de vosotros me despido del pueblo de Ucrania, que durante estos días he podido conocer mejor. De modo particular, me despido de los habitantes de las ciudades de Kiev y Lvov, que me han acogido, y de cuantos han venido de otras ciudades y países para encontrarse conmigo.

Al llegar me sentí rodeado del afecto de la ciudad de Kiev, con sus cúpulas de oro y sus jardines. Después he gozado de la tradicional hospitalidad de Lvov, ciudad de insignes monumentos, con tantos recuerdos cristianos.

Con gran nostalgia me voy ahora de esta tierra, encrucijada de pueblos y culturas, desde la cual hace más de mil años el Evangelio comenzó a difundirse y a echar raíces en el entramado histórico y cultural de las poblaciones de Europa del Este. A todos y a cada uno de vosotros quisiera repetir:  ¡gracias!


2. Gracias a ti, Ucrania, que defendiste a Europa con tu incansable y heroica lucha contra los invasores.

Gracias a vosotras, autoridades civiles y militares, por cuanto hacéis, en vuestros respectivos campos, al servicio del progreso ordenado del pueblo ucraniano, y gracias por el generoso empeño con que habéis asegurado el éxito de mi viaje apostólico.

Gracias a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que formáis parte de esta comunidad cristiana, "fiel hasta la muerte" (Ap 2, 10). Desde hace tiempo deseaba manifestaros mi admiración y mi aprecio por el heroico testimonio que disteis durante el largo invierno de la persecución del siglo pasado.

Gracias por las oraciones y por la larga preparación espiritual con que habéis querido encontraros con el Sucesor de Pedro, para que os confirmara en la fe y os ayudara a vivir el amor fraterno que "todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Co 13, 7).

En el momento de dejar el suelo ucraniano, deseo enviar un saludo respetuoso y cordial a los hermanos y hermanas de esta venerable Iglesia ortodoxa y a sus pastores.

Os acompaño a todos con mi oración y a todos os formulo el deseo que, con palabras de  bendición, el apóstol san Pablo expresó a los cristianos de Tesalónica:  "El Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todos los órdenes" (2 Ts 3, 16).

3. El Señor te conceda la paz a ti, pueblo ucraniano, que, una vez recuperada finalmente la libertad, con empeño tenaz y concorde has comenzado una obra de redescubrimiento de tus raíces más auténticas y estás recorriendo un laborioso camino de reformas, para dar a todos la posibilidad de vivir y expresar su fe, su cultura y sus convicciones en un marco de libertad y justicia.

Aunque sean aún dolorosas las cicatrices de las enormes heridas sufridas en los interminables años de opresión, dictadura y totalitarismo, durante los cuales se negaron y pisotearon los derechos  del  pueblo, mira  con  confianza al futuro. Este es el tiempo propicio. Este es el tiempo de la esperanza y la audacia.

Mi deseo es que Ucrania se inserte plenamente en una Europa que abarque todo el continente, desde el Atlántico hasta los Urales. Como dije a fines de 1989, año tan importante para la historia reciente del continente, no podrá existir "una Europa pacífica e irradiadora de civilización sin esta ósmosis y esta participación de valores diferentes pero complementarios" (Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 1989, n. 3:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de enero de 1990, p. 6), que son típicos de los pueblos del Este y del Oeste.


4. En este importante cambio de época, la Iglesia, consciente de su misión, seguirá exhortando a sus fieles a cooperar activamente con el Estado en la promoción del bien común. En efecto, existe una caridad social que se traduce en "servicio a la cultura, a la política, a la economía y a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales de los que depende el destino del  ser humano y el futuro de la civilización" (Novo millennio ineunte, 51).

Por lo demás, los cristianos saben que con pleno derecho forman parte integrante de la nación ucraniana. Lo son en virtud de una historia milenaria, que comenzó con el bautismo de Vladimiro y de la Rus' de Kiev, el año 988, en las aguas de río Dniéper; pero lo son, sobre todo hoy, en virtud del bautismo de sangre que recibieron durante las tremendas persecuciones del siglo XX:  en aquellos años terribles, fueron numerosísimos los testigos de la fe, no sólo católicos sino también ortodoxos y reformados, que por amor a Cristo afrontaron todo tipo de privaciones, llegando en muchos casos hasta el sacrificio de la vida.

5. La unidad y la concordia constituyen el secreto de la paz y la condición de un progreso social verdadero y estable. Gracias a esta sinergia de intenciones y acciones, Ucrania, patria de fe y de diálogo, podrá ver reconocida su dignidad en el concierto de la naciones.

Me vuelve a la memoria la advertencia solemne de vuestro gran poeta Taras Shevchenko:  "Solamente en tu casa encontrarás la verdad, la fuerza y la libertad". Ucranios, en la tierra fecunda de vuestras tradiciones están las raíces de vuestro futuro. Juntos podéis construirlo; juntos podéis afrontar los desafíos del momento actual, animados por los ideales comunes que constituyen el patrimonio imborrable de vuestra historia pasada y reciente. La misión es común; por eso, también ha de ser común el compromiso asumido por todo el pueblo ucraniano.

Te renuevo, tierra de Ucrania, mi deseo de prosperidad y de paz. Dejas en mi corazón recuerdos inolvidables. Hasta la vista, pueblo amigo, que estrecho en un abrazo de aprecio y afecto. Gracias por la cordial acogida y hospitalidad, que jamás podré olvidar.

Hasta la vista, Ucrania. Hago mías las palabras de tu mayor poeta e imploro de "Dios fuerte y justo" toda bendición para los hijos de tu tierra, "cien veces ensangrentada, un tiempo tierra gloriosa". Amadísimos hermanos y hermanas, también yo digo, con vuestro poeta y con vosotros:  Dios te proteja siempre, "oh santa, santa patria mía".

Pido a Dios omnipotente que te bendiga, pueblo ucraniano, y que sane todas tus heridas. Que su gran amor colme tu corazón y te guíe en el tercer milenio cristiano hacia un nuevo futuro de esperanza. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

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