 |
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS NOMBRADOS DESDE EL 1 DE ENERO DE 2000
HASTA JUNIO DE 2001
Jueves 5 de julio de 2001
.
Señores
cardenales; amadísimos hermanos en el episcopado:
1. Me alegra daros mi más cordial bienvenida a todos vosotros, nuevos
obispos, que participáis en las Jornadas de estudio organizadas por la
Congregación para los obispos. Saludo al señor cardenal Giovanni Battista Re,
prefecto del dicasterio, y le agradezco las palabras que me ha dirigido, haciéndose
intérprete de vuestros sentimientos y confirmando vuestra adhesión y devoción
al Papa. Expreso también mi aprecio y gratitud al querido padre Marcial Maciel
por la solícita hospitalidad que los Legionarios de Cristo han brindado a los
participantes en el Congreso durante estos días de oración, escucha y reflexión.
Esta iniciativa, en la que se han reunido en Roma los obispos nombrados más
recientemente, procedentes de diversas partes del mundo, merece ser destacada
con favor. Queridos hermanos en el episcopado, habéis venido a Roma para unos días
de comunión fraterna y para profundizar serenamente en algunos temas y
problemas prácticos, que interpelan en mayor medida la vida de un obispo.
Espero que el haber podido escuchar el testimonio de algunos pastores que son
obispos desde hace muchos años, así como el de algunos jefes de dicasterios de
la Curia romana, sea útil para vosotros que, desde hace poco, habéis recibido
este ministerio.
2. Sé que vuestro encuentro ha querido ser, también y sobre todo, una peregrinación
a la tumba del apóstol san Pedro, para consolidar la comunión colegial
entre vosotros y con el Sucesor de Pedro, que Cristo estableció como principio
y fundamento visible de la unidad de la Iglesia.
Por mi parte, quisiera renovaros la seguridad de mi cercanía espiritual y
confirmaros en la fe y en la confianza en Jesucristo, que os ha llamado y
constituido pastores de su pueblo en nuestro tiempo.
Ciertamente, la reunión de estos días habrá sido también un fuerte
acontecimiento de gracia que ha favorecido en vosotros una renovada adhesión a
vuestra identidad. Una ocasión para pensar en cómo "reavivar el don de
Dios" que está en vosotros por la imposición de las manos, según la
exhortación del apóstol san Pablo a Timoteo, bajo la guía del "Espíritu
de fortaleza, de caridad y de templanza" (cf. 2 Tm 1, 6-7).
Queridos hermanos, vosotros sois los obispos del inicio del nuevo milenio. Desde
luego, vivimos en un mundo difícil y complejo. Lo confirma la serie de
cuestiones que habéis afrontado durante estos días, en las relaciones y en los
debates. El ministerio del obispo no se ejerce bajo el signo del triunfalismo; más
bien, está marcado por la cruz de Cristo. En efecto, con el sacramento
del orden habéis sido configurados más íntimamente a Cristo. Ninguna
dificultad debe turbaros, porque Cristo es nuestra esperanza (cf. 1 Tm 1,
1). Camina a nuestro lado ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8), y está con
nosotros, como Pastor supremo (cf. 1 P 5, 4). Es él quien guía a su
Iglesia hacia la plenitud de la verdad y de la vida.
3. En el desempeño de vuestro ministerio, debe animaros un gran espíritu
de servicio. Hoy, más que nunca, la misión del obispo ha de entenderse con
sentido de servicio. El decreto conciliar Christus Domini nos recuerda:
"En el ejercicio de su función de padre y pastor, los obispos han de ser
servidores en medio de los suyos" (n. 16). El obispo es servidor de todos.
Está al servicio de Dios y, por amor a él, también de los hombres.
"El obispo, servidor del Evangelio, para la esperanza del mundo" será
el tema de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo del próximo otoño,
sobre la vida y el ministerio de los obispos.
El obispo debe ejercer su oficio y su autoridad como un servicio a la unidad y a
la comunión. Como obispos, estamos llamados a guiar al pueblo de Dios por
los caminos de la santidad; por esto, debemos mirar a Cristo como nuestro
modelo. El éxito de nuestro ministerio pastoral no puede medirse según la
organización burocrática o de acuerdo con datos estadísticos: la
santidad tiene otros criterios de medida.
Tarea de un obispo es ser "signo vivo de Jesucristo" (cf. Lumen
gentium, 21), signo del amor de Cristo a toda persona humana. Nuestra
eficacia al mostrar a Cristo al mundo depende en gran parte de la autenticidad
de nuestro seguimiento de Cristo.
La santidad personal es la condición para la fecundidad de nuestro
ministerio como obispos de la Iglesia. Nuestra unión con Jesucristo es la
que determina la credibilidad de nuestro testimonio del Evangelio y la eficacia
sobrenatural de nuestra actividad y de nuestras iniciativas. Solamente podemos
proclamar con convicción "la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef
3, 8) si nos mantenemos fieles al amor y a la amistad con Cristo.
4. Vosotros, que habéis recibido recientemente la ordenación sacramental,
debéis volver a menudo con la mente a aquel momento tan emotivo, recordando el
triple munus que se os ha confiado: ser maestros de la fe
mediante la enseñanza de la verdad que habéis recibido y que tenéis la misión
de transmitir con fidelidad; ser administradores de los misterios de Dios
para la santificación de las almas; y ser pastores y guías del pueblo de
Dios, que Cristo adquirió con su sangre. Espero de corazón que la
experiencia vivida durante estos días reavive en vosotros el espíritu de
servicio que tiene su modelo en Cristo, buen Pastor.
5. Queridos hermanos en el episcopado, sabemos bien que el servicio apostólico
lleva consigo alegrías y esperanzas, pero también dificultades, inquietudes y
enormes desafíos pastorales. Pero no estáis solos en vuestro ministerio, porque,
como sucesores de los Apóstoles, estáis unidos al Papa, Sucesor del apóstol
san Pedro, y a todos los miembros del Colegio episcopal, a todos los obispos del
mundo. Los inmensos desafíos que debemos afrontar son también grandes
oportunidades del momento actual.
Al recordar la rica experiencia del Año jubilar, que demostró que el mundo
tiene gran necesidad de Cristo, quisiera volver a entregar simbólicamente también
a vosotros la carta apostólica Novo millennio ineunte, que traza las líneas
del camino de la Iglesia en esta nueva etapa de la historia, proyectando su
compromiso hacia nuevas metas apostólicas.
También a vosotros repito: "Duc in altum" (Lc 5,
4), remad con valentía mar adentro, con las velas desplegadas por el viento del
Espíritu Santo.
Por mi parte, os abrazo y os aseguro mi constante recuerdo ante el altar de
Dios, para que refuerce el vínculo espiritual que nos une. Juntos sigamos
trabajando con renovado impulso en la edificación del reino de Dios, para la
esperanza del mundo. La verdadera medida de vuestro éxito consistirá en una
mayor santidad, en un servicio más amoroso a las personas necesitadas, ayudando
a todos "in caritate et veritate".
Encomendemos a María, Madre de la Iglesia, los propósitos madurados durante
estos días, para que os acompañe con su protección materna y haga fecundos
todos vuestros esfuerzos pastorales.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón a cada uno una especial bendición
apostólica, que extiendo de buen grado a las comunidades confiadas a vuestra
solicitud pastoral.
|