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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS ADORATRICES DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Viernes 6 de julio de 2001

 

Amadísimas hermanas: 

1. La feliz circunstancia del XIV capítulo general de vuestro instituto me brinda la grata oportunidad de saludaros cordialmente y expresar a todas vuestras hermanas mi agradecimiento y aprecio por el testimonio evangélico que dais con vuestra actividad.

Saludo, ante todo, a la reverenda madre Camilla Zani, superiora general, y al consejo general, que ha colaborado con ella en el gobierno de la familia religiosa durante el período pasado. Deseo, además, enviar un afectuoso saludo también a cuantos, en los diversos campos de apostolado a los que se dedica la congregación, se benefician del generoso testimonio de las Adoratrices del Santísimo Sacramento. En efecto, estáis presentes en diferentes partes del mundo, donde, animadas por el fuego de la caridad, os ponéis al servicio del Cuerpo de Cristo, especialmente de sus miembros más probados y necesitados.

El ministerio de la misericordia con los hijos de Dios afectados por las "antiguas" y "nuevas" formas de pobreza es uno de los elementos característicos de la presencia de la Iglesia en el tercer milenio. En efecto, "ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial [de Cristo], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos" (Novo millennio ineunte, 49). Con este espíritu, cobra gran importancia vuestra decisión de centrar las reflexiones de la asamblea capitular en la necesidad de compartir el pan, la Palabra y la misión, de acuerdo con el ejemplo de Cristo que, al ver la multitud hambrienta que lo seguía, tuvo compasión de ella (cf. Mc 8, 1-9).

2. Sin embargo, ¿cómo puede el discípulo del Señor permanecer fiel a esta vocación si no mantiene un diálogo permanente y diario de amor con él, en la escucha de la palabra de Dios, en la oración y en la contemplación?

El carisma específico que distingue vuestra presencia en la Iglesia, según la consigna que os dejó vuestro fundador, consiste en adorar "con el amor más ardiente el Santísimo Sacramento" y alimentar "en él la llama de la caridad para con el prójimo". No se trata sólo de una orientación espiritual, sino también de un programa preciso de vida. En la Eucaristía el cristiano alcanza la intimidad más completa con el Señor de la vida y, sostenido por él, se eleva a la contemplación del amor en el misterio mismo de la santísima Trinidad.

¡Cómo se sacia el alma (cf. Lc 9, 17) en las intensas horas pasadas en adoración ante el Señor de la historia! Con esta conciencia eucarística, el beato Spinelli os recomendaba:  "Caminad en la caridad; que se encienda por fin el fuego de la caridad en vuestras almas; amad a vuestro Dios, y no pongáis nada a su nivel o por encima de él" (Circ. 32).

3. Espero de corazón que vuestras comunidades tengan presente diariamente, ante la Eucaristía, esta herencia que os legó vuestro fundador. Así, con la fuerza del Pan de la vida, podréis mantener encendida la llama de la caridad en todas vuestras casas.

Que vuestra vida esté marcada constantemente, como la de vuestro padre, por el amor a Cristo eucarístico, por el servicio al pobre, icono de Cristo, y por la práctica de un perdón siempre generoso, instrumento de una unión comunitaria más intensa. Que la Eucaristía, memorial perfecto del sacrificio de Cristo, sea el paradigma de vuestra existencia personal.

4. Como sabéis muy bien, vuestro fundador también tuvo como punto de referencia espiritual el binomio "cuna" y "cruz". Siempre, y sobre todo en los momentos tempestuosos de su existencia, se inspiró en el misterio de Belén y del Gólgota; por eso os enseñó que "Belén y el Calvario son la primera y la última nota, la primera y la última página de ese poema inmenso, divino e inefable de amor y sacrificio, que es toda la vida de Jesucristo" (Circ., 29).

Haced lo mismo también vosotras, y comunicad a cuantos encontréis este mismo ideal de santidad. A este propósito, ¡cómo no apreciar las oportunidades de encuentro y de diálogo que os ofrece la cooperación con los fieles laicos! En la  exhortación  apostólica Vita consecrata afirmé que, "debido a las nuevas situaciones,  no  pocos  institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos" (n. 54), especialmente ante los desafíos de la modernidad. Y concluía diciendo que "estos nuevos caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados" (n. 55), actuando siempre con prudencia y conscientes de la distinción de las vocaciones y de las funciones en la Iglesia.

5. Amadísimas hermanas, sed felices por haber elegido, como objetivo de vuestra vida, permanecer en íntima unión con el Redentor. Ojalá que la energía que os infunde la contemplación prolongada ante la Eucaristía transforme vuestra existencia en oblación diaria a Cristo.

A imagen de María, meditad en vuestro corazón el misterio del Hijo (cf. Lc 2, 51) y dad testimonio de él a cuantos la Providencia ponga en vuestro camino. Que el ejemplo y la intercesión del beato Francisco Spinelli os estimulen a unir vuestro sacrificio al de Jesús, para que "el mundo tenga vida y la tenga en abundancia" (Jn 10, 10).

Os acompaña en vuestro esfuerzo constante mi bendición, que de todo corazón os imparto a vosotras aquí presentes, a vuestras hermanas y a todos los destinatarios de vuestra solicitud apostólica.

 

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