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AUDIENCIA DEL PAPA JUAN PABLO II
 AL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS, GEORGE W. BUSH*


Castelgandolfo, lunes 23 de julio de 2001

 

Señor presidente: 

1. Me alegra darle la bienvenida durante su primera visita desde que asumió el cargo de presidente de Estados Unidos. Saludo afectuosamente a su distinguida esposa y a los miembros de su séquito. Expreso de corazón mis mejores deseos de que su presidencia fortalezca a su país en su compromiso en favor de los principios que desde el inicio han inspirado la democracia americana y han sostenido a la nación en su notable crecimiento. Esos principios son más válidos que nunca al afrontar los desafíos del nuevo siglo que se abre ante nosotros.

A los fundadores de su nación, conscientes de los inmensos recursos naturales y humanos con que el Creador ha bendecido su tierra, los guió un profundo sentido de responsabilidad por el bien común, que debe buscarse respetando la dignidad dada por Dios y los derechos inalienables de todos. Estados Unidos, al construir una sociedad libre, equitativa y justa de acuerdo con la ley, sigue midiéndose según la nobleza de los ideales de su fundación. En el siglo que acaba de terminar, esos mismos ideales impulsaron al pueblo americano a resistir a dos sistemas totalitarios basados en una visión atea del hombre y de la sociedad.

2. Al inicio de este nuevo siglo, que también marca el comienzo del tercer milenio cristiano, el mundo sigue mirando a Estados Unidos con esperanza. Sin embargo, lo hace con una profunda conciencia de la crisis de valores que se vive en la sociedad occidental, cada vez más insegura ante las decisiones éticas indispensables para el camino futuro de la humanidad.

En los últimos días la atención del mundo se ha centrado en el proceso de globalización, que se aceleró notablemente durante el decenio pasado, y sobre el que usted y los demás jefes de los países industrializados han discutido en Génova. Aun apreciando las oportunidades que ese proceso ofrece para el crecimiento económico y la prosperidad material, la Iglesia no puede menos de expresar su profunda preocupación por el hecho de que nuestro mundo sigue dividido, ya no por los bloques políticos y militares del pasado, sino por una dramática brecha entre los que pueden beneficiarse de esas oportunidades y los que al parecer están excluidos de ellas. La revolución de libertad de la que hablé en las Naciones Unidas en 1995 se ha de completar ahora con una revolución de oportunidades, en la que todos los pueblos del mundo contribuyan activamente a la prosperidad económica y compartan sus frutos. Esto requiere un liderazgo por parte de aquellas naciones cuyas tradiciones religiosas y culturales deberían hacer que estén más atentas a la dimensión moral de las cuestiones implicadas.

3. El respeto a la dignidad humana y la convicción de que todos los miembros de la familia humana poseen igual dignidad exigen políticas encaminadas a permitir que todos los pueblos tengan acceso a los medios indispensables para mejorar su vida, incluidos los medios tecnológicos y la capacitación necesarios para su desarrollo. Los jefes de las naciones desarrolladas no pueden descuidar estas prioridades:  el respeto de la naturaleza por parte de todos, una política de apertura a los inmigrantes, la cancelación o una reducción significativa de la deuda de los países más pobres, la promoción de la paz mediante el diálogo y la negociación, y el primado del derecho. Un mundo global es esencialmente un mundo de solidaridad. Desde este punto de vista, Estados Unidos, teniendo en cuenta sus numerosos recursos, sus tradiciones culturales y sus valores religiosos, tiene una responsabilidad especial.

Una de las expresiones más elevadas del respeto a la dignidad humana es la libertad religiosa. Este es el primer derecho que enuncia la Declaración de derechos de vuestra nación, y es significativo que la promoción de la libertad religiosa siga siendo un objetivo importante de la política norteamericana en la comunidad internacional. Me complace expresar el aprecio de toda la Iglesia católica por el compromiso de Estados Unidos a este respecto.

4. Otra área en donde las opciones políticas y morales tienen consecuencias muy graves para el futuro de la civilización concierne al más fundamental de los derechos humanos:  el derecho a la vida. La experiencia ya está mostrando que un trágico embotamiento de las conciencias acompaña el ataque a la vida humana inocente en el seno materno, llevando a la acomodación y a la aquiescencia frente a otros males relacionados con ella como la eutanasia, el infanticidio y, más recientemente, las propuestas de crear, con vistas a la investigación, embriones humanos destinados a la destrucción durante ese proceso. Una sociedad libre y virtuosa, como aspira a ser Estados Unidos, debe rechazar las prácticas que desvalorizan y violan la vida humana en cada una de sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. Al defender el derecho a la vida, con la ley y con una vibrante cultura de la vida, Estados Unidos puede mostrar al mundo el camino hacia un futuro verdaderamente humano, en el que el hombre sea el dueño, y no el producto, de su tecnología.

Señor presidente, le aseguro un recuerdo en mis oraciones al desempeñar las tareas del alto cargo que le ha confiado el pueblo norteamericano. Confío en que, bajo su guía, su nación siga utilizando su herencia y sus recursos para ayudar a construir un mundo en el que cada miembro de la familia humana pueda prosperar y vivir de un modo acorde a su dignidad innata. Con estos sentimientos, invoco cordialmente sobre usted y sobre el amado pueblo norteamericano las bendiciones de Dios de sabiduría, fortaleza y paz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 30 p.3 (p.387).

 

© Copyright 2001 - Libreria Editrice Vaticana       

 

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