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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS OBISPOS DE MALASIA, SINGAPUR Y BRUNEI EN VISITA "AD LIMINA"
Sábado
10 de noviembre de 2001
Queridos hermanos en el episcopado:
1. "Al tener noticia de vuestra fe en el Señor Jesús y de
vuestra caridad para con todos los santos, no ceso de dar
gracias por vosotros recordándoos en mis oraciones" (Ef 1, 15-16).
En el vínculo de esta fe, os saludo, obispos de Malasia, Singapur y Brunei,
que habéis venido para vuestra visita ad limina Apostolorum. Orando ante
las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo reafirmáis el vínculo de
comunión con el Sucesor de Pedro y con el Colegio episcopal en todo el mundo,
y compartís de nuevo la "preocupación por todas las Iglesias" (2
Co 11, 28), que es el centro del ministerio apostólico. Seguís dando
el testimonio al que los obispos están llamados como sucesores de los Apóstoles,
un testimonio de Cristo resucitado que disipa todas las tinieblas con el poder
de su luz gloriosa. Con la Iglesia, a lo largo de la historia, repetís el cántico
de Pascua que se ha oído durante mucho tiempo en este lugar: Christus
vincit, Christus regnat, Christus imperat! Estas palabras, al dirigir
vuestra mente y vuestro corazón hacia el Señor Jesús, el único a quien se
deben "alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los
siglos" (Ap 5, 13), os recuerdan que el obispo es administrador,
y no dueño, de los misterios. Sois servidores del Evangelio del único
Salvador, Jesucristo: la fuente, el centro y la meta de todo vuestro
ministerio episcopal.
Venís de lejos, "pero no hay distancia entre quienes están unidos por la
única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico
y de la Palabra de vida" (Novo millennio ineunte, 58). Las Iglesias
particulares confiadas a vuestra solicitud pastoral son una parte preciosa de
esa gran fraternidad de fe que es la Iglesia universal. En este momento de
comunión, queridos hermanos en el episcopado, juntos demos gracias por lo que
la Iglesia universal es para vuestras Iglesias particulares y por los dones
maravillosos que los fieles de Malasia, Singapur y Brunei aportan a la Iglesia,
una, santa, católica y apostólica.
2. Hoy deseo animaros a orientar cada vez más vuestro ministerio y vuestra
programación pastoral a la formación cristiana permanente, que es el
eje de una sólida vida cristiana, una formación que comienza con el bautismo,
se desarrolla por la gracia en cada etapa del camino de la vida, y sólo
terminará cuando nuestros ojos estén totalmente abiertos en la visión beatífica
del cielo. Esta formación cristiana permanente nos permite escuchar la voz
de Cristo, nuestro Maestro (cf. Mt 23, 10), y adherirnos con el corazón
y la mente a la causa de su Reino. La enseñanza del Señor llega a la comunidad
cristiana por muchos caminos, entre los cuales figuran en primer lugar las tres
grandes áreas en las que se despliega la vida de la mayor parte de los fieles:
la familia, la escuela y la parroquia. No se trata de instituciones
convencionales que en cierto momento podrían considerarse pasadas de moda; son
instituciones duraderas y valiosas, a través de las cuales se comunica la
gracia de Cristo a los que están implicados en ellas. Necesitan vuestro cuidado
pastoral continuo y sensible, para que la comunidad que presidís se
fortalezca como cuerpo social visible.
3. En vuestros países, como en todas partes, la familia está bajo
presión. El divorcio ha llegado a ser más común, y su difusión puede llevar
a perder el aprecio de la gracia y el compromiso especiales que entraña el
matrimonio cristiano. El problema se da de modo particular entre las parejas de
diferentes confesiones religiosas, puesto que falta el vínculo común de la fe.
También la vida familiar se ha vuelto más difícil donde los medios de
comunicación presentan valores contrarios al Evangelio y se convierten en
instrumentos de una visión de la vida reducida a lo efímero y a lo
insustancial. En esta situación, "la Iglesia (...) siente de manera más
viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el
matrimonio y la familia" (Familiaris consortio, 3). En efecto,
prestaréis un excelente servicio a toda la sociedad proclamando que el
matrimonio entre el hombre y la mujer fue "querido por Dios con la misma
creación" (ib.) y que es un lugar primario de la incesante
creatividad de Dios, con el que los esposos cooperan mediante su servicio de
vida y amor. Esto significa que el matrimonio y la familia no son instituciones
que pueden cambiar siguiendo tendencias pasajeras o según las decisiones de la
mayoría. Es preciso hacer todo lo posible para que se reconozca a la familia
como el edificio primordial de una nación verdaderamente sana y
espiritualmente vigorosa (cf. Carta a las familias, 2 de febrero de 1994,
n. 17).
Cristo mismo habita sacramentalmente en el vínculo del matrimonio
cristiano, haciendo participar a los esposos y a los hijos cada vez más
profundamente en su amor inagotable, mostrando la gloria de su don, y revelando
al mundo la verdad según la cual el hombre es creado por amor y para el amor
(cf. ib., 11). Quiero recordar las palabras de Tertuliano: "¡Qué
maravilloso es el vínculo entre dos creyentes, con una única esperanza, un único
deseo, una única observancia, un único servicio! Son hermanos y servidores; no
hay separación entre ellos, en espíritu o en carne; de hecho, son
verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es una, es uno
el espíritu" (A su esposa, II, VIII, 7-8). A causa de esta
vocación muy especial, es esencial que los esposos cristianos no sólo reciban
una preparación profunda para el sacramento del matrimonio, sino también un
apoyo constante y una formación permanente, para que comprendan la dignidad y
los deberes de su estado.
4. En ese proceso de formación permanente, las escuelas católicas
están unidas íntimamente a los padres en la tarea de enseñar a los hijos a
conocer y amar tanto a Dios como al hombre. Por lo general, en vuestras Iglesias
particulares se ha realizado una obra magnífica en el campo de la educación
católica, especialmente a cargo de religiosos y religiosas, y les habéis
ofrecido generosamente vuestro apoyo y aliento. La presencia de religiosos en
las escuelas está menos garantizada hoy que en el pasado, y los profesores
laicos comprometidos están asumiendo cada vez mayores responsabilidades. Esto
significa que hay que prestar una atención especial a su formación, para que
consideren su trabajo profesional como una auténtica vocación; de igual modo,
hay que evitar que se ponga en peligro lo que más distingue a las escuelas católicas.
Las presiones culturales, políticas y económicas hacen difícil a veces
mantener la independencia requerida por las escuelas católicas. En una situación
como la vuestra, las escuelas de la Iglesia están abiertas a estudiantes de
todos los sectores de la sociedad. Sin embargo, es esencial preservar y cultivar
el sentido de la providencia del Creador, de la inviolabilidad de la dignidad
humana, de la unicidad de Jesucristo, y de la Iglesia como comunidad de santidad
y misión, que permite a las escuelas católicas dar su contribución específica
no sólo a los niños que allí se educan, sino también a la sociedad a la que
sirven.
5. Las escuelas, así como no pueden separarse de la educación que se
imparte dentro de la familia, también deben estar íntimamente unidas a la
formación ofrecida en la parroquia. Esto se verifica especialmente en
situaciones donde la fe no puede transmitirse en las escuelas, sino que debe
llevarse a cabo en la parroquia. Como sabéis por experiencia diaria, los catequistas
desempeñan un papel fundamental en la enseñanza de la fe en vuestras
comunidades locales. No sólo necesitan una especial formación formal e
informal, que les permita transmitir la riqueza de la doctrina católica en toda
su plenitud, sino también el apoyo y el aliento de la comunidad y de su pastor.
Esto es aún más importante en el caso de los sacerdotes, puesto que son
ellos quienes, como maestros de la fe, mantienen el contacto diario con la
gente. No sólo deben enseñar, sino también ayudar a los padres, a los
profesores y a los catequistas a asumir plenamente sus responsabilidades. Por
eso vuestros sacerdotes, además de una excelente preparación en el seminario,
necesitan también la formación permanente mencionada en la exhortación apostólica
postsinodal Pastores dabo vobis, que se refiere a esta formación
ulterior como "exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es
más, a su propio ser" (n. 70). Estad especialmente cercanos a vuestros
sacerdotes, ayudándoles constantemente a guardar en su corazón el tesoro de su
vocación sacerdotal. Animadlos a acrecentar el amor y el celo que aseguren a
sus comunidades todo lo necesario para el culto a Dios y el servicio a sus
hermanos.
Lo que vale para los sacerdotes vale también, a fortiori, para los obispos.
Durante la reciente X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos se
dijeron muchas cosas hermosas e importantes sobre la figura del pastor como
hombre de Dios, maestro de la fe que ha sido transmitida, santificador del
pueblo de Dios, y guía de la peregrinación de la comunidad. Debido a las
numerosas ocupaciones de vuestro ministerio, es siempre difícil encontrar
tiempo para el estudio y la reflexión. Pero es muy necesario, porque de lo
contrario resultará más difícil para vosotros, obispos, perseverar con verdad
y humildad en la misión de ser administradores fieles de los misterios. Por
consiguiente, queridos hermanos en el episcopado, os exhorto a que "reavivéis
el carisma de Dios que está en vosotros" (2 Tm 1, 6). Y haced todo
lo posible para ayudar a vuestros sacerdotes a obrar de ese modo, a fin de que
en las parroquias de vuestras diócesis el rebaño de Cristo, buen pastor, oiga
siempre su voz.
6. La familia, la escuela y la parroquia católicas, cada una en su ámbito,
deben convertirse cada vez más en escuela de fe y santidad, santuario donde
se adore a Dios y servicio a un mundo herido. Al obrar así, mostrarán
"la auténtica pedagogía de la santidad" (Novo millennio ineunte,
31), que es especialmente útil ahora, para que la nueva evangelización dé los
frutos tan necesarios. Sobre este punto debemos ser claros: la santidad de
vida es el objetivo de toda la formación cristiana, como lo es de la programación
pastoral en la que estamos comprometidos al comienzo del nuevo milenio. La
santidad cristiana brota de la contemplación del rostro de Cristo, crece a través
de un proceso de formación permanente, lleva a un seguimiento de Jesús cada
vez más perfecto y llega a la madurez cuando testimoniamos fielmente a Cristo y
proclamamos su verdad al mundo.
Todo esto dará resultados positivos también para afrontar otra estimulante
tarea de la Iglesia del tercer milenio cristiano: el deber de
comprometerse en un diálogo interreligioso fecundo y trabajar eficazmente con
los seguidores de todas las religiones para fortalecer la comprensión mutua y
la paz en el mundo. Esta empresa es de particular importancia para vuestras
Iglesias locales. Como escribí en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia
in Asia, sólo los cristianos dotados de una fe madura y convencida,
profundamente sumergidos en el misterio de Cristo y felices en su comunidad de
fe, pueden promover eficazmente un auténtico diálogo interreligioso (cf. n.
31). Este diálogo incluye intercambios culturales y acciones comunes en favor
del desarrollo humano integral y la defensa de los valores humanos y religiosos.
La misión de la Iglesia en el nuevo milenio le exige "seguir esforzándose
por preservar y promover en todos los niveles este espíritu de encuentro y
colaboración con las demás religiones" (ib.); esto, a su vez,
sostendrá los valores sobre los que se puede construir una sociedad justa y pacífica.
Oro con fervor por vosotros, queridos hermanos en el episcopado, para que seáis
siempre hombres de Dios, hombres de oración y de intenso amor pastoral, a fin
de que ayudéis a vuestro pueblo a vivir con auténtica esperanza cristiana:
"Porque nuestra salvación es en esperanza" (Rm 8, 24). Que en
este período de incertidumbre en la situación mundial vuestro corazón rebose
cada vez más de la compasión y la misericordia del Corazón de Jesús. Sed
profetas de su amor para todas las personas necesitadas.
Os encomiendo a vosotros, a vuestros sacerdotes, a los religiosos y religiosas,
y a los fieles laicos de Malasia, Singapur y Brunei, a la protección constante
de María, Madre del Redentor, y os imparto cordialmente mi bendición apostólica
como prenda de gracia y paz en su Hijo divino.
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