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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS VOLUNTARIOS DE LA DIÓCESIS DE ROMA
Sábado 10 de
noviembre de 2001
Amadísimos voluntarios:
1. Os saludo con afecto al final de la celebración eucarística con la que
habéis querido comenzar este encuentro organizado con ocasión del Año
internacional del voluntariado, que la Asamblea general de las Naciones Unidas
ha establecido en el 2001.
Saludo cordialmente al cardenal vicario, a quien agradezco las palabras que me
ha dirigido, haciéndose intérprete de los sentimientos comunes. Saludo
asimismo a monseñor Armando Brambilla, obispo delegado para la asistencia
religiosa en los hospitales de Roma, las cofradías y las asociaciones pías.
Recuerdo también con gratitud a los responsables de Cáritas y de la
oficina de Emigrantes de esta Iglesia de Roma, así como a los
participantes en el congreso organizado por la Universidad católica del Sagrado
Corazón y el policlínico Agostino Gemelli de Roma. Os saludo a todos vosotros,
amadísimos hermanos y hermanas, deseosos de servir a los hermanos siguiendo el
ejemplo de Jesús, que en la víspera de su pasión, después de lavar los pies
a sus discípulos, les dijo: "Os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15).
¿De qué ejemplo nos habla? La respuesta parece evidente en el contexto en que
se pronuncian esas palabras. Realizando con sus Apóstoles un gesto reservado
habitualmente a los esclavos, anuncia su muerte, mediante la cual al día
siguiente se entregaría a sí mismo en el Calvario. Por tanto, Jesús habla de
un amor total e incondicional, en el que desea que sus discípulos aprendan a
inspirar su comportamiento.
Las palabras del Señor en la última Cena deben constituir para vosotros un
programa de vida. En efecto, vuestra misión consiste precisamente en reproducir
los gestos de Aquel que, aun siendo de naturaleza divina, tomó por amor la
condición de siervo (cf. Flp 2, 6-7).
Irradiar el Evangelio en el nuevo milenio
2. En la carta apostólica Novo millennio ineunte invité a toda la
Iglesia a "remar mar adentro", para irradiar con fuerza y renovado
entusiasmo el Evangelio en el nuevo milenio. Esta exhortación resuena hoy con
particular vigor para vosotros, llamados a colaborar de modo singular en la obra
de la nueva evangelización.
¡Gracias por el testimonio generoso que dais en una sociedad dominada a menudo
por el afán de tener y poseer! Como fieles discípulos e imitadores de Cristo,
os sentís impulsados a ir contra corriente, realizando la opción evangélica
de servir a los hermanos no sólo porque tenéis el deseo de conseguir objetivos
legítimos de justicia social, sino también, y sobre todo, porque estáis
animados por la fuerza irresistible de la caridad divina.
El campo de acción que se abre diariamente ante vuestros ojos es enorme. En
efecto, son numerosos y graves los problemas que afligen a nuestra sociedad. Al
observar la realidad de nuestra ciudad, no podemos menos de reconocer que, por
desgracia, existen aún carencias en los servicios sociales y lagunas en los
servicios básicos de diversas zonas periféricas, así como graves formas de
desigualdad en la renta y en el disfrute de bienes primarios como la escuela, la
casa y la asistencia sanitaria. Y ¿qué decir de la marginación en la que
viven mendigos, nómadas, tóxicodependientes y enfermos de sida? Por no hablar
de la disgregación familiar, que perjudica a las personas más débiles, ni de
las formas de violencia física o psicológica contra mujeres y niños. ¿Cómo
no recordar, asimismo, los problemas relativos a la inmigración y al aumento
del número de ancianos solos, de enfermos y de pobres?
Este preocupante cuadro social, al que se unen con frecuencia una lamentable
falta de respeto por la vida y la persona humana y un desconcertante vacío de
valores morales y religiosos, interpela ante todo a las instituciones, pero
estimula en particular a la comunidad cristiana, que desde siempre ve en la
caridad el camino real de la evangelización y la promoción humana.
3. El voluntariado, tan difundido en Italia, constituye un auténtico
"signo de los tiempos" y muestra una viva toma de conciencia de la
solidaridad que une recíprocamente a los seres humanos. Al permitir a los
ciudadanos participar activamente en la gestión de los servicios destinados a
ellos y en las diversas estructuras e instituciones, el voluntariado contribuye
a aportar el "suplemento de alma" que las hace más humanas y
respetuosas de la persona.
Para poder desempañar su papel profético, la acción del voluntariado debe
mantenerse fiel a algunos rasgos esenciales típicos: ante todo, la búsqueda
de una auténtica promoción de las personas y del bien común, que vaya más
allá de la asistencia, por lo demás necesaria; en segundo lugar, el estilo de
genuina gratuidad, que debe caracterizar siempre, a ejemplo del Señor Jesús,
la acción de los creyentes. Hay que conservar celosamente este estilo propio de
los voluntarios, que testimonian el Evangelio, incluso cuando se beneficien de
las formas de apoyo económico previstas por las leyes para la realización de
las tareas de voluntariado.
Queridos hermanos, que cada habitante de nuestra ciudad, independientemente de
su raza o religión, encuentre en vosotros a hermanos generosos y conscientes de
ejercer la caridad no como pura filantropía, sino en nombre de Cristo. Para
manteneros fieles a esta vocación, perseverad en la oración y en la escucha de
la palabra de Dios, así como en la participación en la Eucaristía. De este
modo seréis capaces de ver en los hermanos que sufren el rostro del Señor,
contemplado en la oración y en la celebración de los misterios divinos. Además,
contribuiréis a la obra de misión permanente a la que tantas veces he invitado
en estos años a la comunidad diocesana de Roma.
Con estos deseos, os encomiendo a la protección materna de la Salus populi
romani y de corazón os imparto a cada uno la bendición apostólica, que de
buen grado extiendo a vuestros familiares y a cuantos se benefician de vuestro
servicio continuo.
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