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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
CARDENAL WALTER KASPER Y A LOS PARTICIPANTES EN LA SESIÓN PLENARIA DEL
CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
Al venerado hermano señor cardenal
WALTER KASPER
Presidente del Consejo pontificio
para la promoción
de la unidad de los cristianos
1. Le dirijo con afecto mi saludo a usted y a todos los participantes en la
sesión plenaria del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los
cristianos, dedicada a un tema muy significativo: "Comunión:
don y compromiso. Análisis de los resultados de los diálogos y futuro de la búsqueda
ecuménica".
Espero fervientemente que también esta importante reunión contribuya a hacer
que avance el camino ecuménico hacia el restablecimiento de la unidad plena de
todos los cristianos, prioridad pastoral que siempre ha estado presente en mi
corazón desde el inicio de mi pontificado. En efecto, al comenzar mi ministerio
petrino quise acoger plenamente la invitación del concilio Vaticano II a
comprometer a la Iglesia católica "de modo irreversible a recorrer
el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del
Señor, que enseña a leer atentamente los "signos de los
tiempos"" (Ut unum sint, 3).
"Los signos de los tiempos". La Iglesia católica, consciente de que
"creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa
querer a la Iglesia" (ib., 9), no deja de recorrer
confiada este camino difícil, pero tan lleno de alegría, que conduce a
la unidad y la comunión plena entre los cristianos (cf. ib., 2). ¡Cuántos
signos de los tiempos han estimulado y sostenido nuestro camino durante
los decenios que nos separan del Concilio y en el comienzo de este nuevo
milenio! Las mismas celebraciones ecuménicas que articularon el gran jubileo
del año 2000 ofrecieron signos proféticos y conmovedores, y "nos
hicieron tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de
unidad" (Novo millennio ineunte, 48).
Y ¿qué decir también de los numerosos signos alentadores que ofrece la
investigación teológica realizada en el ámbito de las mayores Iglesias y
comunidades eclesiales? Las comisiones internacionales de diálogo, con
paciencia y constancia, venciendo a veces el desaliento y la desconfianza, han
llegado a resultados de convergencia que, aun siendo intermedios, constituyen
una sólida base sobre la que hay que proseguir la búsqueda común. Además,
se multiplican en ámbito nacional iniciativas de diálogo, estudio y reflexión,
que demuestran cuán provechosos son estos intercambios: ayudan a
conocerse mejor y a confrontar las respectivas posiciones con caridad,
propiciando una rápida difusión de los resultados en esta época de comunicación
en red. La recepción de los resultados y la consiguiente acentuación
de la dimensión ecuménica en la catequesis, en la formación y en la diaconía,
representan también un binomio providencial, que seguramente dará
consistencia a los esfuerzos ecuménicos realizados hasta ahora. De la prontitud
de este compromiso eclesial depende la posibilidad de entrar cada vez más
en el dinamismo de enriquecimiento mutuo entre las comunidades eclesiales,
que ya hemos recibido como don y que es fuerza propulsora hacia la koinonía
plena.
2. "Es la primera vez en la historia que la acción en favor de la
unidad de los cristianos ha adquirido proporciones tan grandes y se ha extendido
a un ámbito tan amplio. Esto es ya un don inmenso que Dios ha concedido y
que merece toda nuestra gratitud" (Ut unum sint, 41). He
experimentado personalmente este don en las peregrinaciones apostólicas,
durante las cuales los miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales a
menudo han realizado conmigo muchos signos de auténtica y fraterna caridad. Así,
he podido verificar el grado de comunión existente entre los cristianos,
confirmando mi convicción de que saber "acoger" al hermano, llevar
sus cargas y confiarle las nuestras contribuye a crecer en la espiritualidad
de comunión, que debe caracterizar toda nuestra conducta y, con mayor razón,
nuestra conducta ecuménica.
Dos orientaciones deben guiar siempre este esfuerzo: el diálogo de la
verdad y el encuentro en la fraternidad. Son orientaciones que se han
fundido prácticamente en un todo orgánico, permitiendo recorrer, gracias a su
intercambio, un largo camino: hemos determinado más claramente el
objetivo, hemos buscado los medios para perseguirlo eficazmente, y hemos
establecido normas y principios capaces de sostener el compromiso ecuménico de
la Iglesia católica. En particular, solicitamos la presencia de los demás
cristianos. En todas las circunstancias solemnes y significativas, cuando
afrontamos dificultades u obstáculos, viene en nuestra ayuda la fraternidad
recuperada, estimulándonos a la actitud fundamental de conversión que abre
el corazón al perdón. No sería posible de otro modo, porque ya nos hemos
intercambiado muchas veces la promesa de perdonarnos, abandonando en las manos
misericordiosas de Dios las memorias y las culpas del pasado.
¡Sí! Por desgracia, aún no se ha logrado la comunión plena de todos los
cristianos, ni podemos saber qué desarrollo querrá imprimir el Espíritu Santo
a la búsqueda ecuménica en los próximos años. Pero es innegable que hemos
recorrido un largo trecho del camino y que, con respecto al pasado, es muy
diferente el clima que reina hoy entre los católicos y los cristianos de las
demás Iglesias y comunidades eclesiales. Iniciamos el tercer milenio
conscientes de encontrarnos en una situación nueva, difícilmente imaginable
hace tan sólo cincuenta años. Hoy sentimos que ya no podemos prescindir de
este esfuerzo que nos une. Que el Señor nos ayude a conservar el tesoro de lo
que se ha realizado hasta ahora, a custodiarlo con esmero y a acelerar su
desarrollo. Debemos hacer de este tiempo intermedio, por decirlo así, una
ocasión propicia para intensificar el ritmo del camino ecuménico.
3. El tema elegido para la plenaria pone de relieve, entre otras cosas, que
los diálogos teológicos que se están realizando ahora convergen, en varios
niveles y con diversos matices, en el concepto clave de "comunión".
Esto corresponde a la visión del concilio Vaticano II y muestra el núcleo
fundamental de sus documentos. Profundizar el sentido teológico y sacramental
de la noción de "comunión" equivale, en el fondo, a volver a
confirmar las enseñanzas conciliares como brújula del compromiso ecuménico en
el nuevo milenio. Al profundizar la investigación y el debate sobre este tema,
la teología ecuménica afrontará el aspecto más difícil. El esclarecimiento
de una verdadera noción eclesial de "comunión", purificada poco a
poco de matices antropológicos, sociológicos o simplemente horizontales, hará
posible un enriquecimiento recíproco cada vez mayor.
Ojalá que cada uno viva el diálogo ecuménico como una peregrinación hacia la
plenitud de la catolicidad que Cristo quiere para su Iglesia, armonizando la
pluralidad de las voces en una sinfonía unitaria de verdad y amor.
Estoy seguro de que en el intercambio de dones, al que el movimiento ecuménico
nos ha habituado, en la investigación teológica rigurosa y serena, y en la
constante imploración de la luz del Espíritu podremos afrontar también las
cuestiones más difíciles y aparentemente insuperables en nuestros numerosos diálogos
ecuménicos, como, por ejemplo, la del ministerio del Obispo de Roma, sobre la
que me pronuncié de modo particular en mi carta encíclica Ut unum sint
(cf. nn. 88-96).
4. El camino es largo y arduo. El Señor no nos pide que midamos las
dificultades con categorías humanas. Hoy existe una perspectiva nueva,
profundamente diversa con respecto al pasado aún reciente: demos gracias
a Dios por ello. ¡Que esto infunda valentía e induzca a todos a eliminar del
vocabulario ecuménico palabras como crisis, retraso, lentitud, inmovilismo y
componendas! Aunque soy consciente de las dificultades actuales, invito a
usar como palabras clave para este tiempo nuevo confianza, paciencia,
constancia, diálogo y esperanza. Y quisiera añadirles también el impulso a
actuar. Me refiero aquí al fervor suscitado por una buena causa, ante la cual
nos sentimos estimulados a buscar los medios para sostenerla, cultivando la
creatividad y, a veces, también la valentía de cambiar. La conciencia de
servir a una buena causa funciona como fuerza propulsora que impulsa a implicar
también a los demás a fin de que la conozcan y se unan a nosotros para
apoyarla. El impulso a actuar nos hará descubrir cuántas cosas nuevas es
posible hacer para sostener la tensión común hacia la comunión plena y
visible de todos los cristianos.
Pero con esto no quiero sugerir simplemente la actitud de Marta que, según las
palabras de Jesús, se preocupaba y agitaba por muchas cosas, descuidando el
escuchar sus enseñanzas (cf. Lc 10, 41). En efecto, es indispensable la
oración y la escucha constante del Señor, porque es él quien, con la fuerza
de su Espíritu, convierte los corazones y hace posible todo progreso concreto
por el camino del ecumenismo.
Expresando mis mejores deseos de que la sesión plenaria de este Consejo
pontificio ofrezca sugerencias importantes para la reflexión con vistas al
trabajo futuro, encomiendo al Señor todos vuestros proyectos. A él le pido,
por intercesión de María, Madre de la Iglesia, que ayude a todos los
cristianos a trabajar siempre según el mandamiento de la unidad, que él mismo
nos dejó en el Cenáculo: "Ut unum sint".
Con estos deseos, le envío a usted y a cada uno de los participantes en esa
importante reunión una especial bendición apostólica.
Vaticano, 10 de noviembre de 2001
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