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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE MYANMAR
EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 17 de noviembre de 2001

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. En nombre del Señor que es "el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la  creación de Dios" (Ap 3, 14), os saludo, obispos de Myanmar, mientras realizáis vuestra peregrinación quinquenal ad limina Apostolorum. Os abrazo con alegría en el vínculo de la fe, porque "conozco vuestra conducta:  vuestras fatigas y paciencia" (Ap 2, 2). Al venir a orar ante las tumbas de san Pedro y san Pablo, el Obispo de Roma desea honrar el testimonio dado por los fieles de Cristo en vuestro país.

En Myanmar la Iglesia, durante sus primeros años, conoció el martirio y aún hoy vive bajo el signo de la cruz del Salvador. Sin embargo, la cruz es la fuente de nuestra esperanza y nuestra certeza; porque toda gracia que ilumina y fortalece el corazón humano brota del costado traspasado del Señor crucificado. De este misterio salvífico tomáis la fuerza para salir una vez más al mar de la misión de la Iglesia:  el gran océano de la evangelización que se extiende ante nosotros en el alba del tercer milenio cristiano.

2. Con ocasión de vuestra visita ad limina traéis las alegrías y las tristezas, las esperanzas y las decepciones no sólo de los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral, sino también de todo el pueblo de Myanmar. Entre las dificultades están la pobreza generalizada, a pesar de los abundantes recursos del país, y los límites puestos a los derechos y a las libertades fundamentales. Estos problemas se ven agravados de muchas maneras por el aislamiento, que es aún más perjudicial cuando la interacción entre los pueblos y entre las naciones aumenta y resulta cada día más compleja. Además, el mundo atraviesa un período difícil, en el que una profunda e inesperada confusión se ha apoderado de la comunidad internacional. En esta situación, los pastores de la Iglesia deben preocuparse mucho más por estar cercanos a su pueblo y guiarlo por la senda del Evangelio.

En esta tarea nos guía el Señor mismo:  "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Jesucristo mismo es el camino, porque sólo él es la verdad salvífica que lleva a la plenitud de la vida a la que todos los hombres aspiran. Esta es la grandeza de nuestra fe, que brilló tan espléndidamente durante el año del gran jubileo. En ese tiempo de gracia, toda la Iglesia contempló con más profundidad y alegría el rostro de Cristo, desfigurado por el sufrimiento pero radiante por la gloria de Dios (cf. 2 Co 4, 6; Novo millennio ineunte, 25-28). En este rostro vemos tanto la grandeza del amor divino como la de la dignidad humana. Cristo habla ahora de esto al corazón de la Iglesia en Myanmar, exhortándoos a vosotros y a vuestros fieles a redescubrir "la sobreabundante riqueza de la gracia [de Dios], por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús" (Ef 2, 7).

3. Contemplando el rostro de Cristo, vosotros y vuestro pueblo encontraréis la fuerza para vivir la humildad, la pobreza e incluso la soledad de vuestra situación, no como un peso, sino como una virtud evangélica, que conforta y libera. "Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos" (Novo millennio ineunte, 49). Queridos hermanos en el episcopado, sé que a pesar de vuestros escasos recursos habéis elegido este camino. Vuestro testimonio será mucho más convincente aún si los demás ven "con mayor fuerza a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres" (ib.). Esta fue una de las recomendaciones principales de la reciente X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, durante la cual los padres subrayaron la necesidad de que los obispos sean verdaderos padres de los pobres.

4. Queridos hermanos en el episcopado, seguid con decisión el camino de la libertad evangélica, que es el camino de una obediencia cada vez más profunda a Cristo. Es una paradoja que cuando prevalece el poder humano las restricciones esclavizan; pero cuando nos sometemos al poder de Cristo, nuestra obediencia  es realmente liberadora. Esta es la paradoja  de  la vida en Cristo, el único  que  ya "ha vencido al mundo" (Jn 16, 33). Debemos creer en la verdad de las palabras del Apóstol:  "Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4, 13) y en la verdad de la promesa del Señor:  "Vuestra alegría nadie os la podrá quitar" (Jn 16, 22). En medio de la aflicción podemos experimentar la libertad y la alegría de la Pascua.

Vivir de este modo significa compartir el amor que es el corazón de la "espiritualidad de comunión" (Novo millennio ineunte, 43), a la que están llamados especialmente los obispos. La comunión de la que somos servidores y administradores es el fruto maravilloso de la decisión de Dios tres veces santo de habitar entre nosotros (cf. ib.). Es la novedad de la gracia en nuestro corazón la que permite al obispo vivir una colegialidad afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro y con el Episcopado de todo el mundo; le permite vivir junto a sus sacerdotes en un vínculo de apertura fraterna y solicitud paterna, trabajar con espíritu de colaboración con los religiosos y con los laicos consagrados de la diócesis, y abrazar con particular amor a los pobres y a los oprimidos, porque ve resplandecer en el rostro de estos hermanos y hermanas la luz de Dios mismo (cf. ib.; Mt 25, 35-37). En esta gracia encontraréis la fuerza para fomentar un auténtico entendimiento ecuménico entre todos los cristianos y promover el diálogo interreligioso, tan importante en este tiempo en que las relaciones entre los pueblos de diferentes culturas y tradiciones están sometidas a grandes tensiones.

Por eso, queridos hermanos, os exhorto a modelar cada vez más vuestra vida espiritual y vuestro ministerio pastoral según esta espiritualidad de comunión, sin la cual el ministerio episcopal carece de vida y energía, y resulta desalentador y gravoso. Os animo a meditar incesantemente en las exigencias prácticas de esta espiritualidad y a actuar con confianza y valentía como ejemplos y maestros de esa comunión. Así, desempeñaréis mejor el ministerio al que habéis sido llamados por Aquel que desea que "vuestro gozo sea colmado" (Jn 16, 24).

5. La exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia aclara que "comunión y misión están inseparablemente unidas" (n. 24). Como resultado del gran jubileo, toda la Iglesia está llamada a una nueva evangelización, inspirándose en las palabras de Cristo:  "Rema mar adentro" (Lc 5, 4). Ahora es el momento de realizar nuevos esfuerzos pastorales. Todos los bautizados -obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- deben estar preparados para desempeñar su papel en la tarea que tiene ante sí la Iglesia en Myanmar. Los signos de la gracia tienen que verse por doquier entre vosotros. Uno de ellos es el número esperanzador de vocaciones, tanto al sacerdocio como a la vida consagrada; otro es la devoción y el entusiasmo de vuestro pueblo. Pero se necesita más.
La clave del éxito es una formación adecuada en todos los niveles, especialmente para vuestros sacerdotes. Sabréis cuáles iniciativas tomar para proporcionar una formación espiritual, intelectual y pastoral, así como la formación en la doctrina social de la Iglesia. De igual modo, todo lo que podáis hacer por mejorar la preparación de los catequistas representará un gran beneficio, porque desempeñan un papel indispensable para transmitir la fe y sostener el vigor de vuestras comunidades. También la vida consagrada, con su abundancia de vocaciones, exige la atención de cada obispo y de la Conferencia episcopal, para fortalecer sus estructuras y ofrecer a sus miembros una sólida formación.

6. Queridos hermanos en el episcopado, las exigencias de vuestro ministerio son muchas, y estáis familiarizados con los obstáculos y hasta con la oposición, pero seguís siendo -según las palabras del reciente Sínodo- servidores intrépidos del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo. Ojalá que esta esperanza sea cada vez más rica y fuerte en vosotros, "hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana" (2 P 1, 19). 

Invocando sobre vosotros una nueva efusión de los dones del Espíritu Santo y encomendando a toda la familia de Dios en Myanmar a la poderosa intercesión de María, Madre del Redentor, os imparto de buen grado mi bendición apostólica como prenda de infinita misericordia en Jesucristo, el primero y el último, el que vive (cf. Ap 1, 17-18).

   

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