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DISCURSO DE JUAN PABLO II 
A LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO 
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 
Y A LOS REPRESENTANTES DE LAS COMUNIDADES 
EPISCOPALIANAS NORTEAMERICANAS EN EUROPA

Sábado 17 de noviembre de 2001

 

Querido cardenal Kasper;
queridos amigos en Cristo: 


Me da mucha alegría saludaros a vosotros, participantes en la asamblea plenaria del Consejo pontificio para  la promoción de la unidad de los cristianos, al término de vuestra semana de encuentro.

En la verdad y el amor:  estas palabras podrían expresar la esencia de vuestro estudio y de vuestros debates en estos días, durante los cuales habéis procurado hacer un balance del progreso logrado recientemente en el diálogo ecuménico. Espero que mi mensaje al comienzo de vuestro encuentro os haya confirmado que para el Obispo de Roma y para la Iglesia católica el movimiento hacia la comunión visible de todos los seguidores de Cristo no es un mero apéndice de la actividad de la Iglesia, sino un aspecto esencial de su vida y su misión.

Al daros las gracias a cada uno por el empeño y la competencia con que servís a la Iglesia en esta delicada tarea, deseo animaros a realizar mayores esfuerzos. Es cada vez más evidente que el mundo necesita el testimonio común de los cristianos. En un mundo cada vez más globalizado las divisiones entre los cristianos constituyen hoy, más que nunca, un obstáculo para el anuncio del Evangelio.

Sobre todos vosotros invoco los dones del Espíritu Santo de sabiduría y fortaleza, y os expreso mi aprecio y mi gratitud personales.

Se hallan aquí con vosotros representantes de las comunidades episcopalianas norteamericanas en Europa, que se han reunido este fin de semana en Roma con ocasión de su asamblea anual.
Queridos amigos, os saludo y os agradezco vuestra presencia. Entre vosotros hay algunos jóvenes, signo claro de esperanza de que la búsqueda de la unidad de los cristianos proseguirá gracias a una nueva generación de hombres y mujeres comprometidos en hacer realidad la oración del Señor:  "Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Pido a Dios que derrame sobre vosotros sus abundantes bendiciones durante estos días de vuestro encuentro y vuestra visita a Roma. Por medio de vosotros envío mi saludo y mis mejores deseos en el Señor a todas las parroquias episcopalianas norteamericanas en Europa. "Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Co 1, 3).

 

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