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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II AL SEÑOR
MICHEL CAMDESSUS, PRESIDENTE DE LAS SEMANAS SOCIALES DE FRANCIA
Al señor MICHEL CAMDESSUS
Presidente de las
Semanas sociales de Francia
1. Habéis elegido como tema de la sesión de las Semanas sociales de
Francia de este año, que tendrá lugar en París del 23 al 25 de noviembre,
"Biología, medicina y sociedad, ¿qué haremos del hombre?". Es
particularmente oportuno abordar hoy de manera nueva las cuestiones complejas de
la bioética, recurriendo a especialistas en los diferentes campos del saber
científico, técnico, filosófico y teológico. En efecto, es importante que
nuestros contemporáneos, frecuentemente turbados y extraviados ante los
progresos de la ciencia y sus implicaciones éticas, no sólo estén informados
de todas las posibilidades que permite la ciencia, sino también, y sobre todo,
dispongan de los medios para formar su conciencia, con el fin de tomar
decisiones conformes a los valores humanos y morales fundamentales, que
manifiestan el lugar insigne del hombre en la creación.
2. La Iglesia católica aprecia y apoya la investigación en biomedicina
cuando tiende a la prevención y a la curación de las enfermedades, al alivio
del sufrimiento y al bienestar del hombre. Sabe que "si se procede de un
modo auténticamente científico y según las normas morales, nunca estará
realmente en oposición con la fe" (Gaudium et spes, 36). Además,
la investigación permite descubrir las grandes leyes que
rigen el funcionamiento de la materia y de los seres vivos, constatar el orden
inscrito en la creación y apreciar las maravillas del hombre, en su
inteligencia y en su cuerpo, y penetrar más en el misterio; en él, en cierta
medida, se refleja la luz del Verbo, por quien "todo se
hizo" (Jn 1, 3).
La Iglesia, con el deseo de compartir el sentido del hombre que recibe del
Salvador, quiere aportar su contribución a la reflexión para ayudar a los
responsables del bien común y a todas las personas que tienen que tomar graves
decisiones en estos campos de la vida. En efecto, es importante que la ciencia
no reduzca al hombre a un objeto, sino que esté verdadera y plenamente a su
servicio. Sin embargo, la Iglesia no ignora la complejidad, a veces dramática,
de situaciones dolorosas que viven las personas, y también es consciente de las
presiones ejercidas por fuertes intereses económicos. Los fieles de la Iglesia
católica y todos los hombres de buena voluntad están llamados a comprometerse
en el debate para defender la dignidad del hombre. Por tanto, os aliento a
dirigir vuestros trabajos preocupándoos de la verdad, para dar así a los
hombres de nuestro tiempo elementos seguros para su reflexión y sus decisiones.
3. Al situar al hombre y su dignidad inalienable en el centro de vuestro
enfoque interdisciplinar, manifestáis la urgente necesidad de aprovechar todos
los recursos de la sabiduría y la experiencia, de la razón y la ciencia, para
servirlo mejor. Los descubrimientos y los cambios que han caracterizado a las
disciplinas biomédicas han mostrado que, detrás de los avances fulgurantes que
remiten al misterio mismo de la vida, la ciencia se siente a veces como aturdida
por su poder y tentada de manipular al hombre como si sólo fuera un objeto o
materia. Ante esta situación inédita de los conocimientos y las posibilidades
que ofrecen la ciencia y la técnica, espero que vuestros intercambios
contribuyan a un análisis lúcido de los riesgos y las consecuencias del
progreso, de las oportunidades y de los desafíos para el hombre y la humanidad.
Por su dignidad intrínseca, que integra plenamente la dimensión biológica, la
persona humana jamás y de ninguna manera puede ser subordinada a la especie ni
a la sociedad ni a la voluntad de las demás personas, aunque sean sus padres,
como si fuera sólo un medio o instrumento; tiene valor por sí misma. Para los
cristianos esta verdad, que de suyo pertenece a la ley natural, recibe una luz
nueva en Jesucristo, Verbo encarnado que, como "nuevo Adán (...)
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su
vocación" (Gaudium et spes, 22).
La razón y la fe permiten el compromiso constante de los cristianos, a lo largo
de la historia, en defensa de la persona, especialmente de los seres débiles,
vulnerables o marginados, y de los niños por nacer. "No hay ningún
hombre, ninguna autoridad humana, ninguna ciencia, ninguna indicación médica,
eugenésica, social, económica, moral, que pueda exhibir o dar un título jurídico
válido para una deliberada disposición directa sobre la vida humana inocente;
es decir, una disposición que tienda a su destrucción, bien sea como fin, bien
como medio para otro fin que acaso de por sí no sea en modo alguno ilícito"
(Pío XII, Discurso a los participantes en el Congreso de la Unión católica
italiana de comadronas, 29 de octubre de 1951, n. 12).
4. Hoy la dignidad del hombre está amenazada, sobre todo en las etapas más
críticas de la existencia: la concepción y la muerte natural; una nueva
tentación se abre paso: la de arrogarse el derecho de fijar, determinar
los umbrales de humanidad de una existencia singular. Como recordé en la encíclica
Evangelium vitae, no podemos olvidar que "desde el momento en que el
óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de
la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás
llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces" (n. 60). La genética
moderna muestra que desde el primer instante "se encuentra fijado el
programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus
características ya bien determinadas" (ib.). Esto exige un respeto
absoluto del ser humano, desde la fase embrionaria hasta el fin de su
existencia, un ser que jamás puede considerarse como un objeto o un material de
experimentación. Asimismo, conviene tratar con respeto las células germinales
humanas por el mismo patrimonio humano del que son portadoras.
5. La experimentación biomédica que no tenga como objetivo el bien del
sujeto considerado implica aspectos selectivos y discriminatorios inaceptables;
en efecto, toda actividad terapéutica o de investigación debe tener como
finalidad el ser en la que se realiza. Los beneficios hipotéticos para la
humanidad y para el progreso de la investigación no pueden de ningún modo
constituir un criterio decisivo de bondad moral. Esto contribuye indudablemente
a un debilitamiento de las convicciones morales que conciernen al ser humano,
favoreciendo la aceptación de la práctica de descartar a las personas
afectadas por discapacidades congénitas, a las que dan lugar el diagnóstico
pre-implantador y un desarrollo abusivo del examen prenatal. Numerosos países
ya están llevando a cabo una selección de los niños por nacer, tácitamente
incentivada, que constituye un verdadero eugenismo y lleva a una especie de
anestesia de las conciencias, hiriendo gravemente, por lo demás, a las personas
afectadas por discapacidades congénitas y a las que las acogen. Esta actitud más
o menos generalizada, como se comienza a percibir, es también causa de la
aparición de un cierto número de patologías conyugales y familiares. Por otra
parte, esos comportamientos no pueden por menos de disuadir la realización de
los esfuerzos necesarios para descubrir nuevas terapias, acoger e integrar a las
personas discapacitadas, acentuando en estas últimas un fuerte sentimiento de
anormalidad y exclusión. Doy gracias por los esfuerzos de los padres que han
aceptado acoger un niño discapacitado, mostrando con este gesto su aprecio a la
vida. Es de desear que los sostenga y ayude continuamente la sociedad, que tiene
el deber de ser solidaria. El desarrollo del examen prenatal con finalidad
selectiva y el diagnóstico pre-implantador, así como la utilización, la
producción y la destrucción de embriones humanos con el mero fin de
experimentación y obtención de células madre embrionarias, constituyen graves
atentados contra el respeto absoluto debido a toda vida y a la grandeza de todo
ser humano, que no depende de su aspecto exterior o de los vínculos que tiene
con los demás miembros de la sociedad. Doy las gracias al Consejo permanente de
la Conferencia episcopal de Francia por haber puesto en guardia a la opinión pública
y haber contribuido a formar las conciencias, publicando en 1998 el documento
"Desarrollo de la genética y dignidad humana".
6. Las posibilidades tecnológicas que han aparecido en el campo de la
biomedicina exigen la intervención de la autoridad política y del legislador,
dado que se trata de una cuestión que supera la mera esfera científica. A la
autoridad pública corresponde el deber de "procurar que la ley civil esté
regulada por las normas fundamentales de la ley moral en lo que concierne a los
derechos del hombre, de la vida humana y de la institución familiar"
(Instrucción Donum vitae de la Congregación para la doctrina de la fe,
III). También compete al legislador proponer las reglas jurídicas que protejan
a las personas de todos los eventuales arbitrios, que constituyen en cierto modo
negaciones del ser humano, de su dignidad y de sus derechos fundamentales. Las
opciones legislativas y políticas deben orientarse al bien de las personas y de
la sociedad entera; y no han de estar sólo en función de las exigencias científicas
que, de por sí, no tienen la posibilidad de elaborar y establecer un sistema de
criterios morales. El futuro del hombre y de la humanidad está vinculado en
gran parte a su capacidad de examinar rigurosamente las diferentes cuestiones
bioéticas, en el plano ético, sin temer poner en tela juicio comportamientos
que han llegado a ser comunes.
7. La multiplicación de intercambios interdisciplinares y una reflexión
filosófica y teológica favorecerán el trabajo de verdad y respeto del
misterio del ser humano, y evitarán cualquier tentación de fundar los
comportamientos en factores únicamente científicos, en circunstancias
particulares, en el deseo de las personas, o en función de presiones de los
mercados financieros o de intereses particulares. El diálogo que proseguís con
los diferentes interlocutores sociales puede permitir restablecer la armonía
entre las exigencias de la investigación y los valores humanos. La construcción
de una sociedad donde cada uno tenga el lugar que le corresponde en virtud de su
pertenencia a la humanidad no depende ni de su función ni de su utilidad.
Particularmente en los momentos en que la enfermedad y el sufrimiento debilitan
a las personas, y las hacen más frágiles, es preciso percibir el valor y el
sentido de cada existencia. A esta tarea se dedican de modo admirable los que,
estando de diversas formas al servicio de los enfermos, les brindan, en el ámbito
de un universo médico marcado por un creciente uso de la técnica, el
suplemento insustituible de atención y ternura delicada que les manifiesta que
son personas con pleno derecho. La Iglesia piensa y expresa su gratitud al
personal médico y paramédico, a los equipos de capellanía y de visitantes de
hospitales, a todas las personas que están involucradas en los cuidados
paliativos y acompañan a los que sufren, a los investigadores, a los filósofos,
a los responsables políticos y a todos los que están comprometidos en este
trabajo diario al servicio de la dignidad de la persona. Su compromiso y sus
convicciones son valiosos y fuente de esperanza.
8. Quiera Dios que los trabajos de las Semanas sociales alienten a
cada uno a reafirmar la grandeza y el valor de toda vida humana, valor sin el
cual ya no es posible la vida social y el auténtico progreso humano se ve
amenazado. Ojalá que sean un lugar de propuestas para un futuro mejor y
contribuyan a cultivar en todos una mirada contemplativa, que nace de la fe en
el Dios de la vida, "quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus
dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la
responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad,
sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador
y en cada persona su imagen viviente" (Evangelium vitae, 83).
Invocando a Cristo, Rey del universo, para que acreciente en el mundo la
civilización del amor, le imparto de todo corazón la bendición apostólica a
usted, a los organizadores, a los relatores y a los participantes en las Semanas
sociales de Francia.
Vaticano, 15 de noviembre de 2001
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