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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A UN
SIMPOSIO INTERNACIONAL ORGANIZADO POR LA CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS
ORIENTALES
Viernes 23 de noviembre de 2001
1. Me alegra poder dirigiros mi palabra, venerados
hermanos, que participáis en el Simposio organizado por la Congregación para
las Iglesias orientales con ocasión del décimo aniversario de la entrada en
vigor del Código de cánones de las Iglesias orientales. Saludo a todos
y a cada uno en particular, comenzando por el prefecto de la Congregación, Su
Beatitud el cardenal Ignace Moussa I Daoud, a quien agradezco los sentimientos
que ha expresado en nombre de todos los presentes.
Quiero reservar una palabra especial de aprecio a cuantos han colaborado en esta
iniciativa de profundización científica, preparando su celebración y guiando
su desarrollo. En particular, quiero dar las gracias a los miembros del comité
científico así como a los relatores, que han dado al Simposio la inestimable
contribución de su competencia específica. Asimismo, quiero expresar mi
agradecimiento a cuantos con su servicio escondido pero muy valioso han
asegurado su éxito.
2. Ayer pedí al señor cardenal secretario de Estado que os anticipara mi
saludo juntamente con algunas consideraciones sobre los puntos importantes de la
disciplina canónica vigente. Esta mañana quisiera, más bien, reflexionar con
vosotros sobre el momento en que se celebra este aniversario. Se siente aún
el efecto benéfico del gran jubileo del año 2000, durante el cual Oriente y
Occidente se sintieron unidos más estrechamente al celebrar el acontecimiento
decisivo del nacimiento de Cristo. Toda la Iglesia, en aquellos meses, se dirigió
con particular intensidad de fe y amor hacia Oriente. Yo mismo, interpretando
este sentimiento generalizado de los cristianos del mundo entero, peregriné a
Tierra Santa. Se trató, en el sentido más profundo, de una peregrinación ad
Orientem, es decir, a Cristo, allí donde él se encarnó, "surgiendo
de lo alto", como Redentor del hombre y esperanza del mundo:
"Orientale Lumen" (cf. carta apostólica Orientale Lumen, 1).
A la luz profética de los acontecimientos jubilares, miramos con esperanza, al
inicio del tercer milenio, el camino futuro hacia la unidad plena de los
cristianos. Por ello, como sabéis, confío mucho en la contribución de las
Iglesias orientales, "deseando que se recupere plenamente el intercambio de
dones que enriqueció a la Iglesia del primer milenio" (Novo millennio
ineunte, 48).
3. Por tanto, vuestro Simposio ha tenido oportunamente presente la
necesidad de intensificar las relaciones fraternas con los demás cristianos y,
en particular, con las Iglesias ortodoxas. A este respecto, veo con agrado que
en el Simposio participa también un representante de esas Iglesias: lo
saludo con afecto. Gracias al concilio Vaticano II y al esfuerzo realizado
durante estos años, que tantas veces he querido apoyar y animar, "se ha
reconocido la gran tradición litúrgica y espiritual de las Iglesias de
Oriente, el carácter específico de su desarrollo histórico, las disciplinas
observadas por ellas desde los primeros tiempos y sancionadas por los santos
Padres y por los concilios ecuménicos, su modo propio de enunciar la doctrina.
Todo esto con la convicción de que la legítima diversidad no se opone de ningún
modo a la unidad de la Iglesia, sino que, por el contrario, aumenta su honor y
contribuye no poco al cumplimiento de su misión" (Ut unum sint,
50). Expreso el deseo de que el camino de reconciliación entre Oriente y
Occidente sea para vosotros una preocupación constante y prioritaria, como lo
es para el Obispo de Roma.
Desde esta perspectiva, la Providencia me ha concedido dar pasos muy
significativos durante los recientes viajes apostólicos a Grecia, Siria,
Ucrania, Kazajstán y Armenia. Las celebraciones litúrgicas y los encuentros
fraternos, que en esas circunstancias tuve la posibilidad de vivir, constituyen
para mí un incesante motivo de consuelo. En ellos he visto cumplirse los deseos
del concilio ecuménico Vaticano II, que considera el patrimonio eclesiástico y
espiritual de las Iglesias orientales como un bien de toda la Iglesia (cf. Orientalium
Ecclesiarum, 5).
Precisamente para salvaguardar y promover la especificidad de ese patrimonio, el
18 de octubre de 1990 promulgué el Código de cánones de las Iglesias
orientales, que entró en vigor el 1 de octubre del año siguiente.
4. En la constitución apostólica Sacri canones expresé el deseo
de que, gracias a este instrumento jurídico, las Iglesias orientales gozaran de
la "tranquilidad del orden" que ya había deseado con ocasión de la
promulgación del nuevo Código latino. Precisé que el orden al que tiende el Código
es el que atribuye el primado al amor, a la gracia y al carisma, facilitando su
desarrollo orgánico en la vida de los fieles y de toda la comunidad eclesial
(cf. AAS 82 [1990] 1042-1043).
Recuerdo haber expresado ese mismo deseo algunos días después ante la VIII
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, poniendo de relieve que
los diversos Cuerpos de leyes que regulan la disciplina eclesiástica,
aunque estén articulados en numerosos cánones y párrafos, son sólo una
expresión particular del mandamiento del amor que Jesús, nuestro Señor, nos
dejó en la última Cena, y que la Iglesia, juntamente con el apóstol san Pablo
(cf. Ga 5, 14), ha considerado siempre como el
mandamiento que resume en sí a todos los demás (cf. n. 5: AAS 83
[1991] 488-489).
Por tanto, me ha complacido mucho saber que este Simposio tiene como tema el
lema: "Ius Ecclesiarum, vehiculum caritatis". Este lema
sintetiza la comprensión más profunda del legislador eclesiástico en la
promulgación de los diversos ordenamientos jurídicos. Me agrada no sólo que
se haya comprendido esto, sino también que haya sido puesto de relieve en el
logotipo del Simposio, mediante una significativa imagen, inspirada en un
mosaico de San Apolinar Nuevo en Rávena, ciudad vinculada a la tradición
bizantina. En ella se hallan representadas tres naves, símbolo de las Iglesias
particulares que, con las velas desplegadas y con la fuerza del Espíritu Santo,
garante de la comunión jerárquica con la Iglesia de Roma, conducen las almas a
través del mar de la vida, a menudo borrascoso, al puerto seguro de la salvación
eterna.
5. Venerados hermanos, al final de estas breves reflexiones quisiera
expresaros la alegría con que he notado que en vuestro Simposio se ha dedicado
una relación particular al tema "Theotókos y Código de cánones de las
Iglesias orientales". Como bien sabéis, a la Madre de toda la Iglesia
encomendé en su momento la preparación de este Código y su promulgación. A
ella, concluyendo la Constitución con que lo promulgué, le dirigí entonces
una plegaria especial. Renuevo hoy esa plegaria con el mismo fervor:
"Ella, con su maternal intercesión, obtenga de su Hijo que este Código
llegue a ser instrumento de aquella caridad que, demostrada abundantemente por
el Corazón de Cristo traspasado en la cruz por la lanza, según el
extraordinario testimonio del santo apóstol Juan, debe estar profundamente
arraigada en el alma de todo ser humano" (AAS [1990] 1043).
Os imparto a todos mi bendición.
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