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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UN GRUPO DE TRABAJO DE LA COMISIÓN MIXTA INTERNACIONAL CATÓLICO-ANGLICANA
Sábado
24 de noviembre de 2001
Queridos amigos en Cristo:
1. En la paz del Señor Jesús os saludo a vosotros, que habéis venido a
Roma para el encuentro inaugural del nuevo Grupo de trabajo católico-anglicano,
un encuentro que comenzó en Londres cuando os reunisteis con el arzobispo Carey
de Canterbury. Vuestra presencia aquí es un signo del acercamiento que se ha
producido entre anglicanos y católicos desde los días del concilio Vaticano II.
"El camino ecuménico es ciertamente laborioso, quizás largo" (Novo
millennio ineunte, 12), pero esto no debería impedirnos ver que ya hemos
progresado mucho. No podemos por menos de alabar al Dios de toda misericordia
por los numerosos y auténticos progresos del ecumenismo.
2. En esta significativa ocasión nuestro pensamiento se dirige al
encuentro entre el Papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey, en 1966, del que surgió
la primera Comisión internacional católico-anglicana. En su Declaración
conjunta, el Papa y el arzobispo hablaron de la necesidad de "un diálogo
serio que, basado en los Evangelios y en las antiguas tradiciones comunes, pueda
llevar a la unidad en la verdad por la cual Cristo oró". Ahora podemos
mirar al pasado y decir que el diálogo ha seguido fructificando desde entonces.
Mi visita a Canterbury, en 1982, durante la cual el arzobispo Runcie y yo
acordamos establecer la segunda Comisión internacional católico-anglicana le
dio un nuevo impulso. Nuestra Declaración conjunta reconoció que el diálogo
teológico "debe ir acompañado del celoso trabajo y de la ferviente oración
de los católicos y de los anglicanos extendidos por todo el mundo, procurando
crecer en la comprensión mutua, el amor fraterno y el testimonio común del
Evangelio" (n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 6 de junio de 1982, p. 8). Fue un signo de crecimiento, porque el diálogo
teológico se consideraba esencial, pero no suficiente. Nuestro camino común
requería también que anglicanos y católicos aprendieran a orar y trabajar
juntos.
Otra piedra miliar se colocó en 1996, cuando el arzobispo Carey y yo hicimos pública
una Declaración conjunta que exhortaba a nuestros fieles a "arrepentirse
del pasado, a orar por la gracia de la unidad y a abrirse al poder transformador
de Dios" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de
diciembre de 1996, p. 7). Ha resultado cada vez más evidente que la unidad
plena y visible no debería ser resultado de la voluntad y la planificación
humanas, por importantes que sean, sino de un don divino, en un tiempo que no
podemos conocer, pero para el que debemos prepararnos. La Declaración también
anunció el encuentro internacional de obispos anglicanos y católicos que tuvo
lugar en Mississauga (Canadá) el año pasado, durante el cual se decidió
instituir el nuevo grupo de trabajo del que formáis parte.
3. Como grupo internacional de obispos, estáis particularmente
cualificados para establecer los próximos pasos concretos que conviene dar no sólo
para consolidar los resultados conseguidos, sino también para guiarnos a una
comunión más profunda a lo largo del camino hacia la plenitud de la unidad,
que es la voluntad de Cristo. Sólo la experiencia de una comunión más
profunda nos permitirá dar un testimonio más eficaz de Cristo en el mundo y
cumplir la misión que nos ha confiado (cf. Mt 28, 19-20). Es evidente
que la desunión ha perjudicado nuestra misión en el mundo. En estos tiempos
difíciles el mundo necesita más que nunca el testimonio común de los
cristianos en todas las áreas, desde la defensa de la vida y la dignidad humana
hasta la promoción de la justicia y la paz.
4. Estoy seguro de que el nuevo grupo de trabajo se sentirá sostenido por
"la esperanza de estar guiado por la presencia de Cristo resucitado y por
la fuerza inagotable de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas" (Novo
millennio ineunte, 12). Hemos visto muchas de estas sorpresas en las últimas
décadas; y cuando nos amenaza el desaliento o surgen nuevas dificultades,
debemos concentrar una vez más nuestra atención en el poder del Espíritu, que
hace posible lo que a nosotros nos parece imposible. En tiempos de aparente
estancamiento, debemos esperar que el Espíritu Santo haga lo que nosotros no
podemos hacer. Sin embargo, esta espera no es pasiva. Es la experiencia muy
activa de la esperanza cristiana que clama "¡Ven, Espíritu Santo!",
pero que implica también el duro trabajo del diálogo y del testimonio común
que estáis llevando a cabo. Hoy deseo animaros en esta esperanza y ofrecer mis
oraciones con la certeza de que Cristo, "que os llama [a esta obra], es
fiel y es él quien la hará" (1 Ts 5, 24).
Pronto comenzará el tiempo de Adviento y nuestra oración será entonces:
"¡Ven, Señor Jesús!". En nuestro camino ecuménico ya es Adviento.
Por eso hoy, esperando con confianza el éxito del nuevo grupo de trabajo,
nuestra oración común ha de ser: ¡Ven, Señor Jesús! Haz de nosotros
uno, como sólo tú puedes hacerlo, para que el mundo vea por fin "a la
Esposa del Cordero... que baja del cielo, de junto a Dios, y tiene la gloria de
Dios" (Ap 21, 9-11). Amén.
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