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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS HERMANAS AGUSTINAS MISIONERAS

 

Queridas Hermanas Agustinas Misioneras:

1. Al haber sido informado de la celebración en Roma de vuestro XIX Capítulo General, deseo dirigir un afectuoso saludo a vosotras que, en representación de vuestras Hermanas presentes en 15 países de cuatro continentes, tenéis la responsabilidad de trazar las nuevas perspectivas de la Congregación en el comienzo del nuevo milenio. Os aliento a que, con fidelidad creativa al carisma fundacional, busquéis las respuestas más adecuadas que vuestro Instituto puede dar a las expectativas y exigencias de la Iglesia y la humanidad de hoy, conscientes de que "en la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera" (Novo millennio ineunte, 15). Por eso, a la vez que expreso sincero agradecimiento por todo el bien que vuestra Congregación ha hecho en sus más de cien años de existencia, y que sigue haciendo en la actualidad, os exhorto a participar con generosidad en la apasionante tarea de abrir, con el testimonio de vida y el anuncio de Cristo, nuevos horizontes de esperanza para la humanidad.

Bien sabéis que esta tarea requiere ante todo una vida de consagración religiosa hondamente enraizada en Cristo, pues sólo el que permanece unido Él, como el sarmiento a la vid, dará mucho fruto (cf. Jn 15, 5). De este modo podréis ser testigos auténticos de su presencia en las diferentes culturas, como dice vuestro lema capitular.

2. Para ello contáis con la inspiración de la venerable y fecunda espiritualidad agustiniana que tenéis como legado desde el momento de la fundación y por vuestra vinculación espiritual a la Orden de San Agustín. Es una tradición que tiene mucho que decir al hombre de hoy, precisamente porque se centra en su ser más íntimo y en su excelsa dignidad de ser imagen de Dios e interlocutor personal suyo en Cristo.

A Él debéis abrir las puertas sin temor, para que os hable en la oración asidua y os revele en lo más recóndito su amor infinito, su compasión ante el hambriento de pan y esperanza (cf. Mt 14, 14ss), sus anhelos de liberar a la humanidad del pecado y de toda esclavitud que la denigra, misión para la que pide vuestra colaboración. Dejaos guiar por las enseñanzas del Maestro interior, el único que nunca os abandona, pues, a diferencia de Él, "aunque alguno esté a tu lado, nadie está en tu corazón" (S. Agustín, In 1 Jn, III, 13).

3. También sabéis, como Instituto de vida apostólica y con un marcado carácter misionero, que el verdadero evangelizador no necesita llevar consigo mucho bagaje (cf. Mt 10, 9-10), pero sí a Cristo muy dentro, para poderlo proclamar abiertamente como el "anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno" (Novo millennio ineunte, 56).

En efecto, con Cristo impreso en cada fibra de vuestro ser, podréis hablar ese lenguaje "de corazón a corazón", capaz de conmover los sentimientos más profundos, despertar los valores más nobles y aunar los anhelos más genuinos del ser humano, por encima de diferencias o disensiones sobre aspectos secundarios o efímeros. Es un lenguaje universal que abre las puertas de toda condición humana y que se comprende en todas las culturas, siendo por ello fuente de concordia y de paz.

Él también alentará desde dentro el espíritu de servicio que anima vuestra alma misionera, pues "cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mayores riesgos" (Vita consecrata, 76).

4. Roma, donde celebráis es Capítulo, es un lugar privilegiado para revitalizar el espíritu eclesial y la firme adhesión al Sucesor de Pedro, a quien Cristo encomendó la tarea de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32). También es una ocasión para vivir intensamente la dimensión universal de la Iglesia, ese entramado de mentalidades y tradiciones diferentes en la comunión de fe y de caridad, como se ha puesto de manifiesto especialmente durante el reciente Gran Jubileo del año pasado.

De esta memorable experiencia eclesial, deseo hacer mención especial de la conmemoración de los testigos de la fe del siglo XX en el Coliseo. Con ella, la Iglesia ha querido honrar a quienes han dado testimonio de las exigencias, a veces extremas, que comporta la confesión de la fe, pero también de la fuerza heroica que infunde en quien la acoge sin reservas. Habéis participado en esta celebración con la conmovedora experiencia de haber tenido dos hermanas vuestras en ese "mural del evangelio de las bienaventuranzas, vivido hasta el derramamiento de la sangre" (Homilía en el Coliseo, 7 de mayo de 2000, 3). Si en su día recibisteis las noticias con lágrimas por el dolor humano, sabéis que Dios se ha fijado en estas Hermanas vuestras con una gracia muy especial, que ha de dar nuevo vigor al espíritu misionero que os anima, al mostraros en toda su amplitud y radicalidad el mandato de Jesús: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). Pido al Señor que, también esta sangre derramada sea fuente de fecundidad en nuevas vocaciones y frutos de santidad para vuestra Congregación.

5. Quiero terminar poniendo en manos de la Virgen María los frutos del Capítulo y el porvenir de la Congregación. A Ella, a quien invocáis sobre todo como Madre del Consuelo y Señora del Buen Consejo, confío a sus hijas comprometidas en reconocer por doquier la presencia de Cristo, su divino Hijo y Rey del Universo, para seguirlo con fidelidad y anunciarlo hasta los confines de la tierra.

Con estos sentimientos, e implorando la intercesión de San Agustín y Santa Mónica, os imparto con afecto la Bendición Apostólica, que complacido hago extensiva a todas vuestras Hermanas Agustinas Misioneras.

Vaticano, 10 de octubre de 2001.

IOANNES PAULUS II

  

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