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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
SU BEATITUD IGNACE IV HAZIM, PATRIARCA GRECO-ORTODOXO DE ANTIOQUÍA
Lunes
22 de octubre de 2001
"Gracia, alegría y consuelo me ha proporcionado tu
caridad, hermano" (cf. Flm 7).
Beatitud:
Cuán verdaderas son, aún hoy, estas palabras de san Pablo, pues conservo un
recuerdo muy vivo de mi peregrinación a Siria, sobre todo de la celebración
ecuménica de la Palabra que presidimos juntamente con nuestros demás hermanos
en la catedral de la Dormición de la Virgen, en Damasco, el pasado 5 de
mayo. Usted, Beatitud, ha venido a visitarme a Roma, al regresar a la venerable
sede de Antioquía.
A través de nuestros encuentros, el Señor nos da signos claros de la
fraternidad de la que habla la carta a Filemón. Nuestros intercambios nos
muestran que estamos recorriendo el camino correcto, el que el Señor no deja de
indicarnos, el camino que conduce a la comunión plena. En mayo de 1983, tras
las huellas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, que fueron los primeros en
hacer resonar la Palabra en Antioquía y que dieron su hermoso testimonio en
Roma, usted me visitó en Roma por primera vez, para que avanzáramos juntos
decididamente por la senda de la unidad en la fe y del conocimiento del Hijo de
Dios (cf. Ef 4, 13). Por mi parte, pude devolverle durante este año su
visita, recorriendo el itinerario que siguieron los Apóstoles, y esforzándome,
como usted, querido hermano, por obedecer a la verdad, "para amarnos los
unos a los otros sinceramente como hermanos" y mostrar
que nos amamos "intensamente con corazón puro",
sostenidos "por la palabra de Dios viva y permanente", por la cual
crecemos para la salvación (cf. 1 P 1, 22-24).
Sufrimos al ver que a veces avanzamos lentamente. Sucede que el amor, dulce y
sereno, compasivo y misericordioso, que nos anima se entibia a lo largo del
camino por la costumbre de los enfrentamientos, por la impotencia de encontrar
una expresión común y por el olvido de la oración de Cristo:
"Ruego por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que
todos sean uno" (Jn 17, 20-21).
Usted, Beatitud, sabe tan bien como yo lo que implica el largo camino de la
unidad y la reconciliación entre los hermanos, pues usted ha sido uno de los
primeros promotores del acercamiento entre Oriente y Occidente; desde el
principio ha apoyado el diálogo teológico entre la Iglesia católica y todas
las Iglesias ortodoxas. Hoy imploramos del Señor la gracia y la fuerza para
superar la lentitud del diálogo, debida a titubeos infructuosos, puesto que el
Salvador ya nos indicó el camino, recordándonos que en este mundo la
experiencia de la adversidad es inseparable de nuestra seguridad plena, dado que
él venció al mundo (cf. Jn 16, 33).
Sé, Beatitud, que usted, como yo, no deja de orar, reflexionar, trabajar y
convencer para que se allane el camino. El diálogo teológico no debe quedar a
merced del viento del desaliento ni a la deriva de la indiferencia y de la falta
de esperanza.
Desde esta perspectiva, su visita, Beatitud, es una nueva ocasión que se nos
brinda para renovar y reafirmar, ante Dios y ante Cristo, los vínculos de
fraternidad que nos unen. Por ello le expreso mi profunda gratitud a usted y a
quienes lo acompañan. Sé que participan en su ministerio de pastor y secundan
sus esfuerzos de reconciliación.
Gracia, alegría y consuelo me ha proporcionado vuestra caridad, hermanos. Os
pido que aseguréis a los obispos, a los sacerdotes y a todo el pueblo fiel del
patriarcado de Antioquía que la peregrinación del Obispo de Roma a los lugares
donde san Pedro y san Pablo predicaron la palabra de Dios no fue vana. Fue la
renovación de la promesa que hice desde el principio de mi pontificado de
considerar el camino hacia la unidad como una de mis prioridades pastorales.
Ojalá que todos seamos dóciles a la llamada del Espíritu, que nos orienta
hacia la unidad plena y visible, y no obstaculicemos jamás el amor que Dios
siente por toda la humanidad en Jesucristo (cf. Discurso a los
cardenales y a la Curia romana, 28 de junio de 1985, n. 4; Ut unum
sint, 99). Con estos sentimientos, le confirmo mi amor fraterno en Cristo.
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