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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II EN EL
IV CENTENARIO DE LA LLEGADA A PEKÍN DEL PADRE MATTEO RICCI, S.J.
1. Con íntima alegría me dirijo a vosotros, ilustres señores, con ocasión
del Congreso internacional, convocado para conmemorar el 400° aniversario de la
llegada a Pekín del gran misionero, literato y científico italiano, padre
Matteo Ricci, célebre hijo de la Compañía de Jesús. Saludo de modo especial
al rector magnífico de la Pontificia Universidad Gregoriana y a los
responsables del Instituto ítalo-chino, las dos instituciones promotoras y
organizadoras de este congreso. Al dirigirme a vosotros con viva cordialidad, me
complace particularmente expresar un deferente saludo a los estudiosos que han
venido de China, amada patria adoptiva del padre Ricci.
Sé que vuestro Congreso romano es, en cierto sentido, continuación del
importante Simposio internacional que se celebró en Pekín en los días pasados
(14-17 de octubre) y trató el tema "Encuentros y diálogos", sobre
todo en el horizonte de los intercambios culturales entre China y Occidente al
final de la dinastía Ming y al comienzo de la dinastía Qing. En efecto, en esa
asamblea la atención de los estudiosos se centró también en la obra
incomparable que el padre Matteo Ricci realizó en aquel país.
2. Este encuentro nos lleva a todos, ideal y afectivamente, a Pekín, la
gran capital de la China moderna, capital del "Reino del Medio" en la
época del padre Ricci. Después de 21 años de largo, atento y apasionado
estudio de la lengua, la historia y la cultura de China, entró en Pekín, sede
del emperador, el 24 de enero de 1601. Acogido con todos los honores, estimado y
visitado a menudo por literatos, mandarines y personas deseosas de aprender las
nuevas ciencias de las que era insigne cultivador, vivió el resto de sus días
en la capital imperial, donde murió santamente el 11 de mayo de 1610, a la edad
de 57 años, de los cuales pasó casi 28 en China. Me agrada recordar aquí que,
cuando llegó a Pekín, escribió al emperador Wan-li un Memorial en el
que, presentándose como religioso y célibe, no pedía ningún privilegio en
la corte, sino sólo poder poner al servicio de su majestad su
persona y cuanto había podido aprender sobre las ciencias ya en el "gran
Occidente", de donde había llegado (cf. Opere Storiche del P. Matteo
Ricci, s.j., bajo la dirección del p. Tacchi Venturi, s.j., vol. II,
Macerata 1913, p. 496 ss). La reacción del emperador fue positiva, dando así
mayor significado e importancia a la presencia católica en la China moderna.
La misma China, desde hace cuatro siglos, tiene en alta consideración a Li
Madou, "el sabio de Occidente", como fue designado y se suele
llamar incluso hoy al padre Matteo Ricci. Desde un punto de vista histórico y
cultural, como pionero, fue un valioso eslabón de unión entre Occidente y
Oriente, entre la cultura europea del Renacimiento y la cultura de China, así
como, recíprocamente, entre la antigua y elevada civilización china y el mundo
europeo.
Como ya destaqué, con íntima convicción, al dirigirme a los participantes en
el Congreso internacional de estudio sobre Matteo Ricci, organizado con ocasión
del IV centenario de su llegada a China (1582-1982), tuvo un mérito especial en
la obra de inculturación: elaboró la terminología china de la
teología y la liturgia católica, creando así las condiciones para dar a
conocer a Cristo y encarnar su mensaje evangélico y la Iglesia en el marco de
la cultura china (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
12 de diciembre de 1982, p. 6). El padre Matteo Ricci de tal modo se hizo
"chino con los chinos" que se convirtió en un verdadero sinólogo, en
el sentido cultural y espiritual más profundo del término, puesto que en su
persona supo realizar una extraordinaria armonía interior entre el sacerdote y
el estudioso, entre el católico y el orientalista, entre el italiano y el
chino.
3. A cuatrocientos años de distancia de la llegada de Matteo Ricci a Pekín,
no podemos menos de preguntarnos cuál es el mensaje que puede
ofrecer tanto a la gran nación china como a la Iglesia católica, a las que
siempre se sintió profundamente unido y por las que fue y es sinceramente
apreciado y amado.
Uno de los aspectos que hacen original y siempre actual la obra del padre Ricci
en China es la profunda simpatía que sintió desde el inicio hacia el
pueblo chino, en la totalidad de su historia, su cultura y su tradición. Su
breve Tratado sobre la amistad (De Amicitia Jiaoyoulun),
que alcanzó gran éxito en China desde su primera edición, impresa en Nankín
en 1595, y la extensa red de amistades que cultivó siempre y a las que
correspondió durante los 28 años que vivió en aquel país, siguen siendo un
testimonio indiscutible de su lealtad, sinceridad y fraternidad con el pueblo
que lo había acogido. Estos sentimientos y estas actitudes de altísimo respeto
brotaban de la estima que tenía por la cultura de China, una estima que
lo llevó a estudiar, interpretar y explicar la antigua tradición confuciana,
proponiendo así una revalorización de los clásicos chinos.
Desde sus primeros contactos con los chinos, el padre Ricci cimentó toda su
metodología científica y apostólica sobre dos pilares, a los que se mantuvo
fiel hasta la muerte, a pesar de las numerosas dificultades e incomprensiones,
tanto internas como externas. El primero: los neófitos chinos, al
abrazar el cristianismo, de ningún modo debían dejar de ser leales a su país;
el segundo: la revelación cristiana sobre el misterio de Dios no
destruía en absoluto, antes bien valorizaba y completaba todo lo hermoso y
bueno, lo justo y santo que la antigua tradición china había intuido y
transmitido. Sobre esta intuición el padre Ricci, como habían hecho muchos
siglos antes los Padres de la Iglesia en el encuentro entre el mensaje del
Evangelio de Jesucristo y la cultura grecorromana, fundó toda su paciente y
clarividente obra de inculturación de la fe en China, buscando constantemente
un terreno común de entendimiento con los doctos de aquel gran país.
4. El pueblo chino se ha proyectado, de manera particular durante los últimos
tiempos, hacia la conquista de significativas metas de progreso social. La
Iglesia católica, por su parte, observa con respeto este sorprendente impulso y
esta clarividente proyección de iniciativas, y brinda con discreción su propia
contribución a la promoción y a la defensa de la persona humana, de sus
valores, su espiritualidad y su vocación trascendente. La Iglesia se interesa
particularmente por valores y objetivos que son de fundamental importancia también
para la China moderna: la solidaridad, la paz, la justicia social, el
gobierno inteligente del fenómeno de la globalización y el progreso civil de
todos los pueblos.
Como escribía precisamente en Pekín el padre Ricci, al redactar durante los
dos últimos años de su vida la obra pionera, y fundamental para el
conocimiento de China por parte del resto del mundo, titulada Della Entrata
della Compagnia di Giesù e Christianità nella Cina (cf. Fonti Ricciane,
a cura di Pasquale M. D'Elia S.I.,
vol. 2, Roma 1949, n. 617, p. 152), tampoco la Iglesia católica de hoy pide a
China y a sus autoridades políticas ningún privilegio, sino únicamente
poder reanudar el diálogo, para llegar a una relación basada en el respeto recíproco
y en el conocimiento profundo.
5. Siguiendo el ejemplo de este insigne hijo de la Iglesia católica, deseo
reafirmar que la Santa Sede mira al pueblo chino con profunda simpatía y con
gran atención. Son conocidos los importantes pasos que ha dado recientemente en
los campos social, económico y educativo, a pesar de que persisten muchas
dificultades. Es preciso que China sepa que la Iglesia católica tiene el vivo
propósito de prestar, una vez más, un humilde y desinteresado servicio para el
bien de los católicos chinos y de todos los habitantes del país. Al respecto,
deseo recordar aquí el gran compromiso evangelizador de una larga serie de
generosos misioneros y misioneras, así como las obras de promoción humana
realizadas por ellos en el decurso de los siglos: pusieron en marcha
numerosas e importantes iniciativas sociales, especialmente en el campo
hospitalario y educativo, que encontraron amplia y agradecida acogida en el
pueblo chino.
Sin embargo, la historia, desgraciadamente, nos recuerda que la acción de los
miembros de la Iglesia en China no siempre estuvo exenta de errores, fruto
amargo de los límites propios del espíritu y del comportamiento humano; además,
estuvo condicionada por situaciones difíciles, vinculadas a acontecimientos
históricos complejos e intereses políticos opuestos. No faltaron tampoco
disputas teológicas, que exacerbaron los ánimos y crearon graves
inconvenientes para el proceso de evangelización. En algunos períodos de la
historia moderna, una cierta "protección" por parte de las potencias
políticas europeas limitó muchas veces la misma libertad de acción de la
Iglesia y tuvo repercusiones negativas para China: esas situaciones y
acontecimientos influyeron en el camino de la Iglesia, impidiéndole cumplir
plenamente -en favor del pueblo chino- la misión que le confió su Fundador,
Jesucristo.
Siento profundo pesar por esos errores y límites del pasado, y me duele que
hayan causado en muchas personas la impresión de falta de respeto y estima de
la Iglesia católica hacia el pueblo chino, induciéndolas a pensar que actuaba
impulsada por sentimientos de hostilidad hacia China. Por todo esto pido
perdón y comprensión a cuantos, de algún modo, se hayan sentido heridos por
esas maneras de actuar de los cristianos.
La Iglesia no debe tener miedo a la verdad histórica, y está dispuesta -aunque
con íntimo sufrimiento- a admitir las responsabilidades de sus hijos. Esto vale
también en lo que atañe a sus relaciones, pasadas y recientes, con el pueblo
chino. Es preciso buscar la verdad histórica con serenidad e imparcialidad, y
de modo exhaustivo. Constituye una tarea importante, de la que se deben ocupar
los estudiosos y a cuya realización podéis contribuir también vosotros, que
os habéis adentrado particularmente en la realidad china. Puedo asegurar que la
Santa Sede está siempre dispuesta a ofrecer su disponibilidad y colaboración
en este trabajo de investigación.
6. Resultan actuales y significativas en este momento las palabras que el
padre Ricci escribió al inicio de su Tratado sobre la amistad (nn. 1 y
3). Llevando al corazón de la cultura y la civilización de la China de fines
de 1500 la herencia de la reflexión clásica greco-romana y cristiana sobre la
amistad, definía al amigo como "la mitad de mí mismo, más aún, otro
yo"; por lo cual "la razón de ser de la amistad es la necesidad mutua
y la ayuda recíproca".
Con este renovado y fuerte pensamiento de amistad hacia todo el pueblo chino,
expreso el deseo de ver pronto establecidas vías concretas de comunicación y
colaboración entre la Santa Sede y la República Popular China. La amistad se
alimenta de contactos, de comunión de sentimientos en las situaciones alegres y
tristes, de solidaridad y de intercambio de ayuda. La Sede apostólica procura
con sinceridad ser amiga de todos los pueblos y colaborar con todas las personas
de buena voluntad en el mundo entero.
China y la Iglesia católica, bajo aspectos ciertamente diversos pero de ningún
modo contrapuestos, son históricamente dos de las más antiguas
"instituciones" vivas y activas del mundo: ambas, aunque en ámbitos
diferentes -una, en el político-social; otra, en el religioso-espiritual-,
cuentan con más de mil millones de hijos e hijas. No es un misterio para nadie
que la Santa Sede, en nombre de toda la Iglesia católica y, según creo, en
beneficio de toda la humanidad, desea la apertura de un espacio de diálogo con
las autoridades de la República Popular China, en el cual, superadas las
incomprensiones del pasado, puedan trabajar juntas por el bien del pueblo chino
y por la paz en el mundo. El momento actual de profunda inquietud de la
comunidad internacional exige de todos un apasionado compromiso para favorecer
la creación y el desarrollo de vínculos de simpatía, amistad y solidaridad
entre los pueblos. En este marco, la normalización de las relaciones entre la
República Popular China y la Santa Sede tendría indudablemente repercusiones
positivas para el camino de la humanidad.
7. Al renovaros a todos vosotros, ilustres señores, la expresión de mi
aprecio por la oportuna celebración de un acontecimiento histórico tan
significativo, espero y oro para que el camino abierto por el padre Matteo Ricci
entre Oriente y Occidente, entre la cristiandad y la cultura china, encuentre
senderos siempre nuevos de diálogo y de enriquecimiento humano y espiritual recíproco.
Con estos deseos, de buen grado os imparto a todos la bendición apostólica,
propiciadora, ante Dios, de todo bien, de felicidad y de progreso.
Vaticano, 24 de octubre de 2001
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