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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS COLABORADORES DE LA OBRA MISIONAL
PONTIFICIA "MISSIO" DE AQUISGRÁN


Lunes 3 de septiembre de 2001

 

Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Con gran alegría os doy la bienvenida, colaboradores y colaboradoras de "Missio" de Aquisgrán, que en estos días estáis realizando una peregrinación a Roma. Saludo en particular a vuestro presidente, padre Hermann Schalück, que os acompaña en este itinerario espiritual por la ciudad eterna. Al contemplaros, pienso inevitablemente en los grandes e inestimables méritos de esa Obra misional pontificia en Alemania. Por eso, al saludaros, hago mías de buen grado las palabras que san Pablo, el Apóstol de los gentiles, dirigió a los Tesalonicenses:  "En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros, recordándoos sin cesar en nuestras oraciones. Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor" (1 Ts 1, 2-3).

Sí, la fe, la esperanza y la caridad han hecho que "Missio" de Aquisgrán se convirtiera, a lo largo de su historia, en una obra maestra de la Iglesia misionera.

2. Como indica el programa de vuestra peregrinación, esperáis que la visita a las tumbas de los Príncipes de los Apóstoles os dé un impulso espiritual para vuestra labor futura. Por eso, teniendo en cuenta vuestra misión eclesial, con gusto aprovecho esta oportunidad para "recordaros estas cosas, aunque ya las sepáis y estéis firmes en la verdad que poseéis" (2 P 1, 12).

En el mundo moderno el hombre corre el peligro de limitar el progreso a la dimensión horizontal. Sin embargo, ¿qué es del hombre si no se dirige también hacia las alturas, hacia el Absoluto? Una "nueva humanidad" sin Dios está destinada a perecer rápidamente, como lo demuestran las huellas sangrientas que nos ha dejado la historia de las ideologías y de los regímenes totalitarios del siglo pasado.

Por esto, los cristianos del tercer milenio, recién comenzado, tienen hoy más que nunca "el maravilloso y exigente cometido de ser el "reflejo" de Cristo. (...) Esta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es  una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a la gracia que nos hace hombres nuevos" (Novo millennio ineunte, 54).

3. Frente a este horizonte, al que Cristo, sol de nuestra salvación, confiere su luz, se delinea un "signo de los tiempos", que es preciso escrutar y valorar:  la Iglesia tiene un cometido misionero con respecto a los pueblos, y no puede dejar de cumplirlo. Una de las tareas más urgentes de la missio ad gentes es el  anuncio  de  que el hombre que busca libertad y sentido encuentra la plenitud de vida en el misterio de Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).
Por esto, la misión no puede consistir solamente en la ayuda al desarrollo; debe ser también, y en primer lugar, anuncio del Evangelio con palabras y obras. Así pues, queridos representantes de "Missio" de Aquisgrán, os expreso mi aprecio y mi estima porque siempre habéis considerado vuestra actividad como una labor de difusión de la fe y queréis mantener esta orientación también en el futuro.

Ciertamente, con razón, la Iglesia misionera está comprometida en muchos campos:  aliviar las necesidades materiales, liberar a los oprimidos, proteger debidamente los bienes de la tierra y defender los derechos del hombre. Sin embargo, su cometido principal es otro:  alimentar a los que tienen hambre no sólo con pan y libertad, pues sobre todo tienen necesidad de Dios, dado que "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).

4. Gracias a la generosidad de innumerables fieles de todo el mundo, los responsables de "Missio" de Aquisgrán han logrado, en diversos ámbitos misioneros, satisfacer múltiples necesidades materiales y espirituales. Los proyectos no sólo prevén la construcción y equipamiento de iglesias, escuelas y viviendas, sino también la promoción de la caridad, la educación y la formación, con el fin de fortalecer la dignidad personal de todos, particularmente de los niños y las mujeres.
Así pues, en el ámbito de la ayuda material, es importante prestar atención al espíritu con que se da. La generosidad del don debe estar siempre iluminada por la fe y se ha de medir con el metro del amor. Sólo entonces dar será más santo que recibir.

Colaborar en la misión no sólo significa ser capaces de dar, sino también de recibir. Precisamente la historia de vuestra institución demuestra que la missio tiene éxito si está arraigada en la communio. En el cumplimiento de su amplia misión, todas las Iglesias que participan, jóvenes y menos jóvenes, están llamadas a dar y a recibir. La Iglesia como comunión es una comunidad que vive del intercambio recíproco de sus dones, como explicó muy bien el concilio Vaticano II:  "Por la fuerza de esta catolicidad, cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen con el compartir mutuo y con la búsqueda de plenitud en la unidad" (Lumen gentium, 13).

5. El número de personas que nunca han oído hablar de Jesucristo es aún infinitamente grande. Los ambientes culturales a los que todavía no ha llegado el anuncio del misterio de la salvación son tan amplios que la comunión de la Iglesia los exige con todas sus fuerzas. Por eso, al inicio del tercer milenio, la misión de la Iglesia consiste en alimentar el celo apostólico para llevar la luz y la alegría de la buena nueva a todos los que no conocen aún el amor de Dios, que se manifestó en Jesucristo para salvar a todos los hombres (cf. Tt 2, 11; 3, 4).

A esta misión eclesial, "Missio" de Aquisgrán da una contribución generosa y valiosa. A la vez que doy gracias a Dios por habernos donado esta institución, encomiendo a la Virgen María a cuantos participan en ella mediante su actividad, sus donativos y su oración, para que les conceda su protección materna. Con gusto os imparto mi bendición apostólica.

 

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