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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II AL VII SIMPOSIO INTERCRISTIANO
Al venerado hermano
Cardenal WALTER KASPER
Presidente del Consejo pontificio
para la promoción de la unidad de los cristianos
También este año me complace enviar, a través de usted, venerado hermano, mi
afectuoso saludo a los participantes en el VII Simposio intercristiano sobre el
tema: Perspectivas soteriológicas en la tradición oriental y
occidental, organizado en la ciudad de Reggio Calabria por el
Instituto de espiritualidad del ateneo pontificio "Antonianum" de Roma
y por la facultad teológica de la universidad "Aristóteles" de Tesalónica
(Grecia).
En el pasado ya he subrayado la importancia de esta iniciativa entre dos
Institutos, uno católico y otro ortodoxo, que celebran encuentros regulares
para reflexionar sobre la común herencia cristiana con el deseo de servir al
hombre de nuestro tiempo y contribuir, con la oración, el estudio y la
confrontación, a allanar lo más posible el camino hacia la unidad entre los
creyentes en Cristo. Por tanto, es muy útil conocerse recíprocamente cada
vez mejor para verificar convergencias y complementariedades en el campo teológico
y profundizar el diálogo sobre cuestiones de interés común, dejándose guiar
por la sagrada Escritura y por la Tradición.
En este momento recuerdo con viva emoción el encuentro que tuve, el pasado mes
de mayo, con Su Beatitud Cristódulos, arzobispo de Atenas y de toda Grecia.
Juntos declaramos: "Creemos firmemente que las relaciones entre los
cristianos, en todas sus manifestaciones, deben caracterizarse por la honradez,
la prudencia y el conocimiento de los problemas que se afrontan" (Declaración
común, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
11 de mayo de 2001, p. 10). Que el Señor guíe nuestros pasos por el camino de
la verdad y del amor. Ojalá que se multipliquen los momentos de diálogo y
reflexión fraterna entre los cristianos, para llegar cuanto antes a la unidad
plena por la que el Señor rogó en los últimos momentos de su vida terrena.
El tema elegido para el Simposio de este año aborda un punto esencial del
anuncio evangélico: la redención realizada por Cristo con su muerte y
resurrección, redención del hombre creado para participar en la vida misma de
Dios, como afirma, con una expresión muy conocida, san Atanasio: "El
Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (De Incarnatione,
54).
Al dirigir la mirada hacia el nuevo milenio que se abre ante nosotros lleno de
esperanza, ¡cómo no evocar la providencial realidad del don inmenso que Dios
nos ha concedido en Cristo, nuestro Redentor! En la reciente carta apostólica Novo
millennio ineunte recordé que en toda actividad eclesial es preciso
"respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida:
la primacía de la gracia" (n. 38), es decir, del favor gratuito que Dios
concede al hombre a fin de que responda a su vocación de hijo de Dios, entrando
en la intimidad de la vida trinitaria para ser partícipe de la misma vida
divina (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1996-1997).
Por eso, el tema que estudiáis durante estos días es importante:
profundizarlo, considerando el desarrollo que ha tenido en Oriente y Occidente,
será seguramente una ocasión valiosa para captar toda su riqueza.
Estoy seguro de que una intensa oración acompañará los trabajos del Simposio
y ayudará a vuestra investigación, animada por una sincera voluntad de
compresión y de recíproca caridad fraterna.
También yo, por mi parte, os aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que
con afecto invoco sobre los organizadores, los relatores y todos los
participantes, la bendición del Señor.
Castelgandolfo, 10 de agosto de 2001
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