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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS CANÓNIGOS REGULARES DE SAN AGUSTÍN


Jueves 6 de septiembre de 2001

 

Reverendo abad primado;
queridos Canónigos Regulares de San Agustín:
 

1. Me alegra acogeros con ocasión del congreso internacional de vuestra Confederación, y os doy de corazón la bienvenida a cada uno. Saludo al querido abad primado, y le agradezco el haberse hecho intérprete de los sentimientos comunes. Saludo a todos los que han participado en vuestro encuentro, recién concluido, cuyo tema ha sido:  Participación de los laicos en nuestro carisma.
Se trata de una importante ocasión que se os presenta para reflexionar en la antigua forma de vida religiosa, que tiene sus raíces en la fórmula tradicional:  "Contemplare, et contemplata aliis tradere". La venerada tradición agustiniana une el espíritu contemplativo a la actividad apostólica, y este estilo de vida caracteriza aún hoy a vuestras comunidades, presentes en todos los continentes. Así, sois continuadores de una espiritualidad capaz de hablar a la mente y al corazón de los hombres de hoy que buscan modelos espirituales en los cuales inspirarse válidamente. A la vez que con alegría me congratulo con vosotros por vuestra vitalidad, os exhorto a perseverar en vuestro compromiso de ofrecer a cuantos encontráis en vuestro apostolado el perenne anuncio evangélico, traducido en el testimonio diario de fidelidad a vuestro carisma.

2. En la historia de la Iglesia vuestra benemérita orden, que se inspira en el gran pastor y doctor san Agustín, ha desempeñado un papel significativo. En la medida en que se iba afirmando el celibato del clero, la vida en común de los Canónigos Regulares en torno a los obispos permitió crear las mejores condiciones para una consagración total a la causa del reino de Dios. La rápida extensión de esa práctica entre el clero, en el noroeste de África, España, Italia, Francia y todo el norte de Europa, testimonia su validez.

Se trata de una forma típica de vida consagrada, caracterizada por la comunión fraterna, el apostolado y una intensa vivencia litúrgica. Estos tres elementos siguen siendo válidos, aunque requieren una sabia adaptación a las exigencias de los tiempos, que cambian rápidamente. Al respecto, os es de gran ayuda la misma Regla que, aun relacionada con la espiritualidad de las primitivas comunidades de canónigos, sigue siendo siempre actual porque presenta el carisma comunitario vinculado a principios evangélicos imperecederos, como son la caridad, la unidad y la libertad.

3. En vuestra Regla, que recoge el corazón, la mente, el espíritu, la personalidad y la madurez humana y religiosa de san Agustín, todo está centrado en Cristo, todo se articula en torno a Cristo, sublime Maestro interior. Todo invita al redescubrimiento de una ascesis que se traduce en obediencia y fidelidad al Espíritu.

De aquí deriva el particular énfasis que puso san Agustín en el valor de la contemplación y en su estrecho vínculo con la vida comunitaria. La contemplación, que brota de una orientación radical hacia Cristo, consiste en mantener la mirada fija en él, para dejarse impregnar y transformar por su Espíritu. Esto exige un esfuerzo incesante para profundizar en el Evangelio y ponerlo en práctica, viviendo en comunidad una auténtica caridad fraterna, sincera y generosa, fruto y, al mismo tiempo, medio para progresar en el itinerario interior contemplativo. De este modo, la caridad fraterna, que tiene su origen en el contacto íntimo con el Señor, llega a ser don y gracia que hay que compartir con los hermanos.

Esta es la contribución que la Iglesia espera de vosotros. Estoy seguro de que, viviendo en plenitud vuestro carisma, podréis ayudarle a alcanzar las metas misioneras hacia las cuales está proyectada, imprimiendo, en lo que os compete, un valioso impulso a la nueva evangelización.

4. El tema mismo del congreso, concerniente a la participación de los laicos en el carisma de vuestra Orden, subraya un aspecto importante de vuestra aportación a la acción evangelizadora de la comunidad eclesial. En la medida en que busca valorar el sacerdocio común a todos los bautizados e invita a los fieles laicos a ser misioneros en el complejo mundo moderno, vuestra propuesta de vida ya representa un modelo digno de imitar. En efecto, presentáis una experiencia de comunidad en la que los laicos asumen, con participación responsable, su específico papel eclesial, fortalecidos por la gracia que proviene de una profunda espiritualidad litúrgica. Todo esto crea las condiciones para un servicio eficaz a la evangelización, haciendo revivir el clima de la primera comunidad cristiana, donde todos "acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42).

Amadísimos hermanos, al inicio del nuevo milenio, teniendo en cuenta los numerosos desafíos sociales y religiosos, testimoniad con valentía vuestra fidelidad a la misión que el Señor os confía, siguiendo el ejemplo de san Agustín, intrépido y celoso pastor. Como él, encomendaos a la acción del Espíritu y no temáis abriros con optimismo evangélico a las necesidades del hombre, "siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza" (1 P 3, 15).

Que la Virgen santísima, a la que veneráis con especial fervor filial, os acompañe y haga fructificar vuestro ministerio diario. Os ayude también la bendición que de corazón os imparto a vosotros, a vuestros hermanos y a cuantos siguen vuestra espiritualidad agustiniana.

 

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