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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A LOS CAPITULARES DE LA CONGREGACIÓN BENEDICTINA SILVESTRINA
Sábado
8 de septiembre de 2001
Queridos y venerados Benedictinos Silvestrinos:
1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de vuestro capítulo
general, y os doy a cada uno mi cordial bienvenida. Saludo al padre
Andrea Pantaloni, reelegido abad general, a quien agradezco las devotas palabras
que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo a los padres capitulares y a
toda la familia de los Benedictinos Silvestrinos, siempre dispuesta a dar a la
Iglesia la valiosa contribución de su obra espiritual y apostólica.
La asamblea capitular constituye para vuestro instituto un momento providencial
de reflexión sobre los desafíos del tiempo actual, a fin de buscar nuevos
caminos de realización de vuestro carisma típico. Por tanto, habéis elegido
oportunamente pasar estos días de oración y de intenso trabajo en Fabriano, en
el eremitorio de Montefano, dedicado a vuestro fundador, san Silvestre abad,
que, precisamente en aquel lugar, en 1231, injertó una nueva congregación en
el árbol fecundo de la Orden benedictina. Silvestre, alma contemplativa y
deseosa de coherencia evangélica, se hizo ermitaño practicando una ascesis
rigurosa y madurando una profunda y vigorosa espiritualidad. Para sus discípulos
eligió la Regla de san Benito, pues quería formar una comunidad dedicada a la
contemplación que, a pesar de ello, no descuidara la realidad social de su
entorno. En efecto, él mismo unía al recogimiento el ministerio de una
estimada paternidad espiritual y el anuncio del Evangelio a las poblaciones de
la región.
2. Sobre estas sólidas bases vuestra congregación ha recorrido más de
siete siglos de historia, superando muchas dificultades. A mitad del siglo
XIX se abrió a horizontes extraeuropeos, llevando por primera vez la Regla
benedictina a Asia, a la isla de Ceilán, hoy Sri Lanka. Durante los últimos
cien años se han realizado nuevas fundaciones en Estados Unidos, Australia,
India y, recientemente, en Filipinas. Esta consoladora expansión sigue dando
valiosos frutos apostólicos y misioneros. Contando con monasterios en los
cuatro continentes, la congregación puede considerarse ya internacional y,
gracias a Dios, experimenta un ligero pero constante incremento numérico.
Al mismo tiempo que os animo a proseguir por este camino, abriéndoos a las
exigencias de la nueva evangelización, ruego al Señor que os asista siempre
con la fuerza de su amor. Dios bendiga, en particular, vuestro proyecto de
ulteriores fundaciones en Europa y África, a fin de que vuestra espiritualidad
se difunda para su gloria y para el bien de las almas.
3. Queridos padres benedictinos silvestrinos, la meta elevada y exigente, a
la que debemos tender sin cesar, es ante todo la santidad. Es importante no
olvidarlo, especialmente en esta época, en que se siente cada vez más la
exigencia de Dios en la sociedad. Es preciso mantener orientado el espíritu
hacia él en nuestro apostolado diario. Esta conciencia está muy presente en
vuestra congregación, en la que en todas las épocas el Espíritu Santo ha
suscitado monjes generosos que se han distinguido por su ejemplo y su celo
apostólico. Basta pensar, en la era moderna, en los obispos misioneros
Giuseppe Bravi, Ilarione Sillani y Giuseppe Pagnani, vicarios apostólicos
de Colombo, en el siglo XIX; en Bede Beekmayer, primer prelado nativo de Ceilán,
y en Bernardo Regno, obispo de Kandy. Veinte años después de su piadosa
muerte, la fama de este último sigue todavía viva tanto entre los desheredados
de las plantaciones de té como en Fabriano, su ciudad natal. Una mención
particular merecen, asimismo, los dos pioneros de la fundación de 1910 en
Estados Unidos: Giuseppe Cipolletti y Filippo Bartoccetti, misioneros
pacientes e intrépidos entre los mineros de Kansas. Y, por último, quisiera
recordar al siervo de Dios, abad Ildebrando Gregori, cuya causa de canonización
ya se ha incoado.
Por tanto, tender a la santidad ha de ser el objetivo primero y fundamental de
vuestra vida personal y comunitaria. Para esto os ha llamado el Señor, encomendándoos
una importante misión apostólica.
4. En este marco se sitúa el tema de vuestra asamblea capitular: celebrar
la memoria, celebrar la esperanza, que se inspira en la carta
apostólica Novo millennio ineunte. Queréis concentrar vuestra atención
en la identidad monástica en el tercer milenio, según el espíritu de los
santos padres Benito y Silvestre, para suscitar "comunidades evangélicas
multiculturales, abiertas al futuro, pero, al mismo tiempo, bien arraigadas en
la tradición".
Una familia monástica, como la vuestra, está llamada hoy a dar una valiosa
aportación ante todo a la dimensión contemplativa de la vida personal y
eclesial. A los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que, a menudo de modo implícito,
repiten: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21), es urgente
responderles indicando, en primer lugar con el ejemplo, el camino real de la
oración, que lleva a contemplar el rostro de Dios revelado en Cristo. Por
tanto, queridos hermanos, contemplad con fervor este santo rostro, para que el
mensaje de Jesús resplandezca en vuestra existencia.
Sacad de una incesante oración renovado vigor para "remar mar
adentro" sin miedo, recorriendo, según vuestro carisma, el camino de la
entrega total a Cristo y a su Evangelio. Así crearéis comunidades abiertas al
futuro y arraigadas en la tradición, gracias a la constante fidelidad a la
Regla de los padres Benito y Silvestre.
Que en este camino os asista maternalmente la Virgen María, de quien hoy
celebramos la fiesta de su Natividad. Que su Magníficat, que celebra la
memoria y la esperanza del pueblo de Dios, se transforme en el cántico de
alabanza de vuestra congregación, al comienzo de este nuevo milenio.
Confirmo este deseo con la seguridad de mi oración y con una especial bendición
apostólica, que os imparto a vosotros, a vuestros hermanos y a todos los que
son objeto de vuestra solicitud apostólica.
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