 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UNA CONFERENCIA INTERNACIONAL EN EL XX ANIVERSARIO DE LA "LABOREM
EXERCENS"
Señor cardenal, Venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, Ilustres
señores y señoras:
1. Me alegra enviaros mi saludo con ocasión de la Conferencia
internacional sobre "El trabajo, clave de la cuestión social", que ha
organizado el Consejo pontificio Justicia y paz en colaboración con algunas
prestigiosas instituciones científicas y culturales. Es un encuentro abierto a
los estudiosos de ciencias sociales de las universidades y centros de
investigación, con ocasión del XX aniversario de la encíclica Laborem
exercens, de la que quiere ser una significativa conmemoración.
Dirijo mi saludo cordial a todos los participantes y, de modo particular, al señor
cardenal François Xavier Nguyên Van Thuân, presidente del Consejo pontificio
Justicia y paz. Deseo a cada uno que estos días de reflexión y útiles
intercambios de experiencias sean ocasión propicia para poner de relieve la dimensión
subjetiva del trabajo, frente a las profundas transformaciones económicas y
sociales que la época actual está viviendo.
2. En efecto, en este importante ámbito de la vida social, estamos
atravesando una profunda evolución, que a veces tiene las características
de un cambio radical. Ha cambiado la forma del trabajo, así como sus horarios y
lugares. En los países más industrializados el fenómeno ha cobrado tales
dimensiones, que el modelo del trabajo dependiente, realizado en grandes fábricas
con horarios rígidos, pertenece ya al pasado.
Como toda gran transformación, también esta presenta elementos de tensión y,
al mismo tiempo, de complementariedad entre la dimensión local de la economía
y la dimensión global; entre la que se define "antigua" economía y
la "nueva"; entre la innovación tecnológica y la exigencia de
salvaguardar los puestos de trabajo; entre el crecimiento económico y la
compatibilidad ambiental.
Sin embargo, sería un grave error creer que las transformaciones actuales
acaecen de modo determinista. El factor decisivo, dicho de otro modo,
"el árbitro" de esta compleja fase de cambio, es una vez más el
hombre, que debe seguir siendo el verdadero protagonista de su trabajo.
Puede y debe hacerse cargo de modo creativo y responsable de las actuales
transformaciones, para que contribuyan al crecimiento de la persona,
de la familia, de la sociedad en la que vive y de la entera familia humana (cf. Laborem
exercens, 10).
A este propósito, resulta esclarecedora la referencia a la dimensión
subjetiva del trabajo, a la que remite constantemente la doctrina social de
la Iglesia: "El trabajo humano procede directamente de personas
creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo
beneficio, la obra de la creación dominando la tierra" (Catecismo
de la Iglesia católica, n. 2427).
3. Mientras exista el hombre, existirá el gesto libre de auténtica
participación en la creación que es el trabajo. Es uno de los componentes
esenciales para la realización de la vocación del hombre, que se manifiesta y
se descubre siempre como el que está llamado por Dios a "dominar la
tierra". Ni aunque lo quiera, puede dejar de ser "un sujeto
que decide de sí mismo" (Laborem exercens, 6). A él Dios le ha
confiado esta suprema y comprometedora libertad. Desde esta perspectiva, hoy más
que ayer, podemos repetir que "el trabajo es una clave, quizá la
clave esencial, de toda la cuestión social" (ib., 3).
Durante estas jornadas de estudio tenéis la posibilidad de comprobar que
ciertas interpretaciones de tipo mecanicista y economicista de la actividad
productiva resultan superadas por el mismo análisis científico de los
problemas vinculados al trabajo. Con respecto a los años pasados, estas
concepciones resultan hoy aún más inadecuadas para interpretar los hechos,
porque no son capaces de reconocer la naturaleza absolutamente original del
trabajo como actividad libre y creativa del hombre.
La rápida y acelerada fase de cambio que el mundo está viviendo exige la
superación de la actual visión del sistema económico y social, en el que
sobre todo las necesidades humanas reciben una consideración restringida e
inadecuada. A diferencia de todos los demás seres vivos, el hombre tiene
necesidades infinitas, porque la referencia a la trascendencia determina su
ser y su vocación. A partir de estas necesidades, afronta la aventura de la
transformación de la realidad con sus ocupaciones laborales, según un ímpetu
ideal que lo impulsa cada vez más allá de los resultados conseguidos en ellas.
4. Aunque varían las formas históricas con las que se expresa el trabajo
humano, ciertamente no cambian sus exigencias permanentes, es decir, el
respeto a los derechos inalienables. Por desgracia, existe el riesgo de que
se nieguen estos derechos. Es el caso, en particular, del desempleo, que en los
países de industrialización más antigua afecta de forma inédita a grupos
significativos de hombres y mujeres: pienso en los que estaban empleados
en procesos productivos ahora obsoletos; pienso en los jóvenes y en cuantos
viven en áreas menos favorecidas, donde todavía persisten elevados índices de
desempleo.
Existe, además, cierta precariedad laboral que, si bien por un lado puede
ofrecer mayores oportunidades de empleo, por otro presenta riesgos y cargas que
hay que afrontar, como son los costes de la movilidad, de la formación
profesional y de la misma seguridad social.
En los países menos industrializados existen, además, problemas más dramáticos
aún: la persistencia de la explotación del trabajo infantil; la falta de
reconocimiento del valor del trabajo, especialmente del femenino, en el seno de
la familia y fuera; la carencia de trabajo debida a la inestabilidad en el ámbito
de las relaciones entre los hombres, especialmente en las situaciones de
conflicto, y a la fragilidad del sistema de las relaciones económicas locales
frente a los cambios producidos por la globalización productiva.
Ante estos problemas, hay que imaginar y construir nuevas formas de
solidaridad, teniendo en cuenta la interdependencia que une entre sí a los
hombres del trabajo. Aunque el cambio actual es profundo, deberá ser más
intenso aún el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la
dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones
afectadas.
Es grande la responsabilidad de los Gobiernos, pero no menos importante es la de
las organizaciones encargadas de tutelar los intereses colectivos de los
trabajadores y de los empresarios. Todos están llamados no sólo a promover
estos intereses de forma honrada y por el camino del diálogo, sino también a
renovar sus mismas funciones, su estructura, su naturaleza y sus modalidades de
acción. Como escribí en la encíclica Centesimus annus, estas
organizaciones pueden y deben convertirse en "lugares donde se expresa la
personalidad de los trabajadores" (n. 15).
5. También vosotros, científicos y hombres de cultura, estáis
llamados a dar una contribución específica y decisiva a la solución de
problemas tan vastos y complejos, que en algunas áreas alcanzan dimensiones
dramáticas. Ocupándoos de los diversos aspectos del trabajo en el ámbito de
las diferentes disciplinas, compartís la responsabilidad de comprender el
cambio que está produciéndose en él. Esto significa poner de relieve las
ocasiones y los riesgos que conlleva; significa, en particular, sugerir líneas
de acción para guiar el cambio en el sentido más favorable al desarrollo de la
entera familia humana.
Por último, a vosotros corresponde la tarea de leer e interpretar los fenómenos
sociales con inteligencia y amor a la verdad, sin preocupaciones dictadas por
intereses de grupo o personales. Más aún, se puede decir que vuestra
contribución, precisamente por ser "abstracta", es esencial para la
actuación concreta de las políticas económicas. Por tanto, no os canséis de
aplicaros con paciencia y rigor científico a esas investigaciones. Dios os
ayude y os ilumine con la sabiduría, que es don de su Espíritu.
En la doctrina social de la Iglesia podréis encontrar una guía y una
referencia constante. Espero, además, que la misma doctrina social siga valiéndose
de vuestra contribución, de las categorías y de las reflexiones de las
ciencias sociales, con el diálogo fecundo que siempre produce beneficios
recíprocos.
Con estos sentimientos, a la vez que de corazón imploro sobre todos la protección
de María santísima y de su esposo san José, humilde y generoso trabajador, os
envío a cada uno mi bendición.
Castelgandolfo, 14 de septiembre de 2001
|