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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS CAPITULARES MISIONEROS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE
Viernes
14 de septiembre de 2001
Queridos miembros de la XVII Asamblea general de la congregación de los
Misioneros de la Preciosísima Sangre:
Con afecto en el Señor doy la bienvenida a la asamblea general de los
Misioneros de la Preciosísima Sangre en esta fiesta de la Exaltación de la
Santa Cruz. Es muy oportuno nuestro encuentro en el día en que toda la Iglesia
canta la gloria de la cruz de Cristo y se alegra por la fuerza de la sangre que
brotó de "su fuente en lo más recóndito de su corazón para dar a los
sacramentos de la Iglesia el poder de conferir la vida de gracia" (s.
Buenaventura, Opusc. 3, 30). Juntamente con vosotros me arrodillo para
adorar ese manantial infinitamente precioso, que brotó del costado herido de
Cristo, y oro a Dios para que la asamblea general se esfuerce por asegurar que
la fuerza de su sangre fluya con mayor abundancia aún a través de vuestra
congregación, con vistas a la redención del mundo.
El alba del nuevo milenio es un tiempo para programar con audacia (cf. Novo
millennio ineunte, 29); por eso, es un acierto que hayáis elegido como
tema: "El rostro futuro de los Misioneros de la Preciosísima
Sangre". En este momento el Espíritu Santo llama a toda la Iglesia a una
nueva evangelización, y el Sucesor de Pedro confía en que los Misioneros de la
Preciosísima Sangre desempeñen un papel creativo y activo en los nuevos
esfuerzos de la Iglesia por "hacer discípulos a todas las gentes" (Mt
28, 19), como Cristo manda.
Vuestra congregación ha comprendido desde el principio la importancia de las
palabras del Señor: Duc in altum! (Lc 5, 4). La orden dada
a Pedro parecía no tener sentido: había bregado toda la noche y no había
pescado nada. Así también ahora Cristo pide a la Iglesia que se dirija a
personas y lugares donde aparentemente hay pocas posibilidades de éxito, y que
haga cosas que en apariencia no tienen sentido según la lógica convencional.
El Señor nos pide que abandonemos nuestras suposiciones y confiemos en su
palabra, porque sabe que de otro modo bregaremos en vano.
Cuando san Gaspar del Búfalo fundó vuestra congregación en 1815, mi
predecesor el Papa Pío VII le pidió que fuera a donde nadie iría y realizara
misiones que parecían poco prometedoras. Le pidió, por ejemplo, que enviara
misioneros para evangelizar a los bandidos que por entonces tanto atormentaban
la región comprendida entre Roma y Nápoles. Confiando en que la petición del
Papa era una orden de Cristo, vuestro fundador no dudó en obedecer, aunque el
resultado fue que algunos lo criticaron por haber sido demasiado innovador.
Echando sus redes en aguas profundas y peligrosas, realizó una pesca
sorprendente.
Dos siglos después, otro Papa llama a los hijos de san Gaspar a ser igualmente
intrépidos en sus decisiones y acciones, e ir a donde otros no pueden o no
quieren, y realizar misiones que parecen tener pocas posibilidades de éxito. Os
pido que prosigáis vuestros esfuerzos en la construcción de la civilización
de la vida, procurando proteger toda vida humana, desde la del hijo por nacer
hasta la de los ancianos y los enfermos, y promoviendo la dignidad de toda
persona humana, especialmente de los débiles y de quienes se ven privados de su
derecho a participar de los recursos de la tierra. Os exhorto a realizar una
misión de reconciliación, trabajando para reconstruir sociedades heridas por
los conflictos civiles, reuniendo incluso a las víctimas y a los artífices de
la violencia con espíritu de perdón, para que lleguen a conocer que "la
sangre de Cristo es justamente el motivo más grande de esperanza, más aún, es
el fundamento de la absoluta certeza de que, según el designio divino, la vida
vencerá" (Evangelium vitae, 25).
"El rostro futuro de los Misioneros de la Preciosísima Sangre" debe
ser el rostro del Señor crucificado, que derramó su sangre por la vida del
mundo. Ciertamente, es un rostro de dolor, porque "para devolver al hombre
el rostro del Padre, Jesús no sólo debió asumir el rostro del hombre, sino
también el rostro del pecado" (Novo millennio ineunte, 25).
Sin embargo, de modo misterioso, incluso en la aflicción, Jesús no dejó de
experimentar la alegría de la unión con su Padre (cf. ib., 26-27). Y en
el momento de la Pascua esa alegría llegó a su plenitud, porque la luz de la
gloria divina resplandeció en el rostro del Señor resucitado, cuyas heridas
brillan siempre como el sol. Queridos hermanos, esta es la verdad de lo que
sois; este es el rostro pasado, presente y futuro de los Misioneros de la
Preciosísima Sangre; este debe ser vuestro testimonio en el mundo.
Pero esto sólo será así, si vuestra misión brota de lo más profundo de la
contemplación, en la que "el creyente aprende a reconocer y apreciar la
dignidad casi divina de todo hombre y puede exclamar con nuevo y grato estupor:
"¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido
tener tan gran Redentor!"" (Evangelium vitae, 25). La
contemplación del rostro de Cristo fue la principal herencia del gran jubileo
(cf. Novo millennio ineunte, 15), y seguirá siendo siempre el núcleo de
la misión cristiana. Por tanto, una nueva evangelización exige nueva
profundidad de oración. Os animo a tomar esto como prioridad en
vuestras deliberaciones durante la asamblea general, para que en estos días de
gracia no dejéis de decir: "Tu rostro buscaré, Señor" (Sal
26, 8).
No fue una casualidad que san Gaspar del Búfalo fundara vuestra congregación
en la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora. Lo hizo porque vio en la
gloria de la Virgen el fruto maravilloso del sacrificio de su Hijo en la cruz.
La redención de Cristo devuelve admirablemente a la humanidad el esplendor que
constituyó el designio original del Creador; y este esplendor debe ser el
objetivo de todos los planes y proyectos de los Misioneros de la Preciosísima
Sangre. Por eso debéis mirar siempre a la Mujer "vestida del sol, con la
luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza" (Ap
12, 1). Encomendándoos a la solicitud amorosa de María y a la intercesión de
vuestro fundador, de buen grado imparto mi bendición apostólica a toda la
congregación como prenda de infinita misericordia en Aquel "que nos ha
librado de nuestros pecados por su sangre" (Ap 1, 5).
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