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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS OBLATOS DEL SAGRADO CORAZÓN
Sábado
15 de septiembre de 2001
Amadísimos Oblatos
y Oblatas del Sagrado Corazón:
1. Es para mí una gran alegría encontrarme con vosotros en el marco de
las solemnes celebraciones por el centenario del nacimiento de vuestro fundador,
el siervo de Dios don Francesco Mottola. Sacerdote generoso e iluminado de
vuestra querida diócesis, dejó una huella profunda en la vida eclesial y en el
ambiente cultural y social en el que vivió, difundiendo el influjo de su acción
apostólica más allá de los confines de Calabria.
Saludo, ante todo, a monseñor Domenico Cortese, obispo de
Mileto-Nicotera-Tropea, a quien agradezco las amables palabras con las que se ha
hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes, recordando eficazmente la
figura y el mensaje espiritual de don Mottola. Extiendo este saludo afectuoso a
vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, miembros de la gran familia oblata. A
vosotros aquí presentes, así como a todos los hijos espirituales del siervo de
Dios, deseo dirigiros mi saludo y manifestaros mi profundo aprecio por vuestro
generoso testimonio evangélico, especialmente entre los pobres y las personas
necesitadas.
2. Como ha subrayado oportunamente vuestro obispo, la palabra clave de la
vida, de la espiritualidad y de la acción pastoral y caritativa de don Mottola
es "oblación". Dotado de una personalidad viva y muy sensible, afrontó
desde los años de la formación sacerdotal una exigente ascesis, alimentada con
la oración diaria, para dominar su carácter exuberante e identificarse cada
vez más con Cristo. En el Reglamento de vida escribió: "La
rueda principal de mi vida espiritual será el abandono, completo y absoluto, al
Corazón de Jesús". Esta consagración total a Cristo tiene su centro y su
esencia en la Eucaristía, y se configura como una "oblación" sin
reservas a Dios y a los hermanos.
De esta premisa deriva, en la experiencia de don Mottola, una síntesis
armoniosa entre contemplación y acción, inseparables entre sí, según el
conocido principio: "Contemplare et contemplata aliis
tradere". El modelo de este itinerario espiritual es la Virgen María,
a la que vuestro fundador recurría con confianza filial, imitándola tanto en
la "contemplación" como en el "servicio", e indicando a sus
oblatos esta perfecta integración como una verdadera "santidad
social", forma de apostolado eficaz para nuestros tiempos.
Esta alta espiritualidad, que, sin renunciar al primado de la contemplación,
impulsa a vivir los consejos evangélicos en el mundo y a acoger las necesidades
de los hermanos, no podía menos de ser fecunda en iniciativas y actividades en
favor de los pobres y las personas necesitadas. Espero de corazón que las
celebraciones del centenario constituyan un fuerte estímulo para que todos
profundicéis y difundáis el tesoro de espiritualidad y apostolado que este
amado siervo de Dios os legó.
3. Deseo dirigirme ahora de modo particular a vosotros, queridos Sacerdotes
del Sagrado Corazón, que vivís vuestra identidad de sacerdotes diocesanos
con el espíritu y los ideales de don Mottola. Difundid con vuestro testimonio
personal y vuestro apostolado los grandes valores que os transmitió vuestro
fundador. Usando una sugestiva imagen suya, sed los "cenobitas" de la
calle. Solía repetir: "El apostolado de las obras -por el que hemos
renunciado a la celda y hemos permanecido como viandantes en el mundo- desciende
de la plenitud de la contemplación, como de los montes nevados toman fuerza los
ríos, que desembocan en el mar, ansiosos de azul, para ser reabsorbidos por el
sol".
Os dirijo una palabra de afecto y aliento también a vosotras, queridas Oblatas
del Sagrado Corazón. Siguiendo las enseñanzas de don Mottola, no manifestáis
vuestra entrega total a Dios y a los hermanos que sufren en la soledad del
claustro, sino en la vida a menudo frenética del mundo, armonizando oración y
acción, búsqueda de Dios y testimonio de la caridad. Amad y conservad
celosamente este carisma vuestro para bien de la Iglesia y de la sociedad.
Vuestro fundador os recuerda que debéis "tender a la perfección
espiritual mediante la oración contemplativa y el apostolado: permanecer
en el mundo para estar más dispuestas a escuchar la voz del dolor y de la
soledad".
También vosotros, queridos Oblatos laicos, sabed ser testigos de la
contemplación a la que todo cristiano, joven o adulto, soltero o casado, está
llamado según las obligaciones propias de su estado. Fortalecidos con esta
espiritualidad, seréis capaces de renovar el ambiente que os rodea con
adecuadas iniciativas de oración, como, por ejemplo, los "viernes de
Corello", y de compromiso civil y social, como ya hacéis en apoyo de
muchos jóvenes desocupados.
Por último, saludo a las Consagradas del Sagrado Corazón, a las que
exhorto a vivir el carisma oblato en la entrega al Señor y a los hermanos,
colaborando generosamente en la vida y en las actividades de la comunidad
parroquial y comprometiéndose en la animación de la vida familiar, para
favorecer "la vuelta de Cristo a las familias".
4. Amadísimos hermanos y hermanas, vuestra familia espiritual, aun dentro
de la autonomía de cada grupo, vive en constante comunión de ideales y
promueve iniciativas comunes. Proseguid con generosidad y clarividencia por este
camino auténticamente evangélico y eclesial.
Que os estimule el ejemplo de vuestro fundador, siempre dispuesto a seguir a
Cristo, aun cuando debió afrontar largos años de enfermedad, auténtico
calvario que perfeccionó su conformación a Cristo crucificado. "Usque
ad sanguinem!", solía decir. Su inmovilidad física no frenó, sino
que hizo más intenso y eficaz el radio de su acción, influyendo profundamente
en las conciencias y dejando una herencia espiritual todavía hoy fecunda.
Os encomiendo a la intercesión materna de la Virgen de Romanía, patrona
especial de Tropea, amada y venerada por don Mottola con afecto filial, y os
imparto de corazón a vosotros, a todos los Oblatos y Oblatas del Sagrado Corazón
y a cuantos encontréis en vuestro servicio diario, una especial bendición
apostólica.
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