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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS CAPITULARES
DE SAN PABLO DE CHARTRES


Sábado 15 de septiembre de 2001

 

Me alegra acogeros y daros una cordial bienvenida. Con ocasión de vuestro XLV capítulo general, en el momento en que os disponéis a elegir un nuevo consejo general, habéis venido a encontraros con el Sucesor de Pedro, manifestando así vuestra devoción filial a su persona y vuestro vivo sentido de Iglesia. Al aseguraros mi cercanía espiritual durante vuestros trabajos, invoco de buen grado al Espíritu Santo, a fin de que os conceda imitar el impulso del apóstol san Pablo, vuestro santo patrono, para participar en esta nueva creatividad de la caridad, que he recomendado ardientemente al comienzo de este nuevo milenio. Que la contemplación del rostro de Cristo, fuente de toda fecundidad apostólica, estimule la fidelidad a vuestro carisma fundacional e impulse vuestro compromiso misionero, particularmente entre las personas más necesitadas.

Desde los tiempos de vuestra fundación, en 1696, por obra del abad Louis Chauvet, habéis querido mantener siempre esta fidelidad a vuestro carisma, consagrándoos de manera particular al servicio de la juventud y de los más pobres. Vuestro deseo de conformaros totalmente al Señor os ha llevado a buscar su rostro en el de aquellos con los que él mismo quiso identificarse. Aún hoy, en los cinco continentes, vuestra presencia en el campo de la educación, en el de la sanidad y entre los marginados sigue siendo un signo eminente de la "locura" del amor de Cristo a todos los hombres y una llamada valiente a trabajar por la llegada del reino de Dios.

La juventud actual vive en todos los continentes situaciones difíciles, relacionadas con el materialismo, las transformaciones culturales, las divisiones familiares, las diversas formas de violencia, y la falta de puntos de referencia morales y espirituales. En vuestra misión educativa, juntamente con los laicos que colaboran en vuestras obras, es importante que proporcionéis una formación científica, humana, moral y religiosa de calidad, dando así a los jóvenes la posibilidad de forjar y estructurar su personalidad, y superar las dificultades que encuentren, permitiéndoles vislumbrar un futuro más sereno. No tengáis miedo de proponer el camino de la fe y transmitir con alegría la llamada del Señor al sacerdocio o a la vida consagrada. De igual modo, es importante que los adultos les ayuden a descubrir la belleza de la llamada específica que constituye el matrimonio cristiano. Los jóvenes esperan que los adultos les muestren los caminos de la santidad.

Ahora que vuestro capítulo general os brinda la ocasión de encontrar un impulso nuevo para recomenzar con esperanza, os aliento a afianzar vuestra consagración en Cristo, el consagrado del Padre, cuya presencia amorosa y salvífica habéis sido invitadas a manifestar, mostrando con toda vuestra vida la felicidad que implica dedicarse totalmente a la sequela Christi. En el misterio de su muerte y su resurrección, reveló a toda la humanidad la verdad sobre Dios y sobre el hombre, invitando a cada creyente a participar en esta dinámica pascual, para llevar el Evangelio al mundo.
Atentas a responder con confianza a los nuevos desafíos que deberéis afrontar, y fortalecidas por la oración de las hermanas ancianas, aprended a pasar cada día con Cristo de la muerte a la vida. Dejaos renovar por él, "para construir con su Espíritu comunidades fraternas, para lavar con él los pies a los pobres y para dar vuestra aportación insustituible a la transformación del mundo" (Vita consecrata, 110).

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de los Dolores, a quien la Iglesia invita a celebrar hoy, os imparto una particular bendición apostólica, que extiendo a todas las religiosas de vuestra congregación, a los laicos que trabajan con vosotras y a todas las personas que se benefician de vuestro apostolado.

 

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