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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS CAPITULARES DE LOS CUATRO
INSTITUTOS
DE LA FAMILIA MARISTA

 Castelgandolfo, lunes 17 de septiembre de 2001

Queridos religiosos y religiosas de los institutos de la familia marista: 

1. Saludo con alegría a todos los representantes de la familia marista en esta feliz ocasión, en que coinciden los capítulos generales de vuestros cuatro institutos y que permite vuestra visita común al Sucesor de Pedro. Se trata de un signo del Espíritu y una llamada a dejaros guiar por los caminos de una mayor comunión y de una colaboración más intensa. Agradezco al padre Joaquín Fernández, superior general de la Sociedad de María, sus cordiales palabras, que reflejan el espíritu con que vivís vuestros capítulos, vuestro arraigo mariano y vuestra solicitud misionera.

2. Habéis elegido en la Iglesia la vida consagrada, siguiendo el ejemplo de María, con fidelidad a las intuiciones de vuestros fundadores y al carisma de vuestros institutos. Vuestros predecesores se dedicaron a la evangelización en las parroquias, a la educación de los niños y a la promoción de la mujer. Después, comprometieron generosamente a toda la familia marista en el anuncio del Evangelio a los pueblos de Oceanía occidental, dejando en esa obra su impronta, principalmente con la educación en el fervor cristiano y con el interés por las vocaciones locales. La Iglesia acoge hoy con gratitud la labor misionera realizada y los dones de la gracia de Dios manifestados en la vida de vuestros institutos. Ha reconocido de manera particular estos dones como frutos de santidad en san Pedro Chanel y en san Marcelino Champagnat.

3. Hoy os corresponde manifestar de un modo original y específico la presencia de la Virgen María en la vida de la Iglesia y de los hombres, y, para ello, tener una actitud mariana. Esta se caracteriza por una disponibilidad gozosa a las inspiraciones del Espíritu Santo, por una confianza inquebrantable en la palabra del Señor, por un camino espiritual en relación con los diversos misterios de la vida de Cristo, y por una atención materna a las necesidades y a los sufrimientos de los hombres, especialmente de los más humildes. "La relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud" (Vita consecrata, 28). Por tanto, sólo dirigiéndoos a María con fidelidad y audacia y dejándoos guiar por ella a "hacer lo que él os diga" (cf. Jn 2, 5), encontraréis sendas nuevas para la evangelización de nuestro tiempo.

4. Al ponerse rápidamente en camino hacia las montañas de Judea para ir a visitar a su prima Isabel, María nos enseña la libertad espiritual. En efecto, es importante que no os dediquéis exclusivamente a administrar la herencia del pasado, sino que discernáis lo que conviene abandonar, con espíritu de pobreza, pero sobre todo con la libertad evangélica, que nos dispone para las inspiraciones del Espíritu. En efecto, frente a la multiplicidad de exigencias, es necesaria una verdadera libertad para discernir las urgencias. "¡Rema mar adentro!":  estas palabras que Jesús dirigió a Pedro nos invitan a "avanzar con esperanza" por las sendas del mundo, seguros de que "en este camino nos acompaña la santísima Virgen" (cf. Novo millennio ineunte, 58).

5. María se entregó totalmente al Señor, confiando sin reservas en la palabra de Dios. ¿Podría no enseñaros a permanecer en la fuerza de esta Palabra y a elegir, como la otra María, la mejor parte? (cf. Lc 10, 42). En el mundo actual los discípulos de Cristo están muy expuestos al peligro de dispersión, porque la abundancia de los bienes materiales puede apartarlos de lo esencial y los compromisos pastorales son múltiples. Como escribí recientemente a toda la Iglesia, necesitamos contemplar el rostro de Cristo (cf. Novo millennio ineunte, cap. II), buscar más la profundidad de su misterio, dado que es la fuente verdadera de donde podemos sacar el amor que queremos dar. ¡No dejéis que se rompa este vínculo esencial de consagración a Cristo! Elegid más bien seguir humildemente al Señor, con la misma discreción de María. Trabajad con ella para lograr la unidad de vuestra vida en el Espíritu, ya que, como recuerda san Francisco de Sales, "una de las condiciones requeridas para recibir el Espíritu Santo es la de estar con María" (Sermón I para Pentecostés), y permitidle que os configure más a Cristo. Así vuestra vida y vuestra misión cobrarán su sentido profundo y darán frutos para los hombres y las mujeres de hoy.

6. Conservad viva la tradición misionera de vuestra familia. Juntamente con María, os lleva a estar particularmente atentos a las necesidades de nuestros contemporáneos, de aquellos que, en nuestras sociedades modernas, carecen de dignidad, de reconocimiento y de amor.

La Iglesia os necesita especialmente en un campo esencial para la familia marista:  el de la educación de los niños y los jóvenes. Esta prioridad misionera está arraigada en el espíritu de María, madre y educadora de Jesús en Nazaret y, luego, en la primera comunidad cristiana. El mundo de la educación es difícil y exigente, pues obliga sin cesar a los educadores a adaptarse a los jóvenes y a sus expectativas. No os abatáis ante las dificultades del momento actual, las de la edad, que os aleja aparentemente de los más jóvenes, y las de la falta de medios y sobre todo de obreros para trabajar en la viña. Mirad, más bien, a los jóvenes con los ojos del buen Pastor, como una multitud que anda sin pastor (cf. Mt 9, 36), pero también como el campo maduro para la siega y que dará fruto a su tiempo (cf. Jn 4, 35-38). Asimismo, formad a los laicos que trabajan con vosotros para que vivan del carisma que os anima. Con vuestra existencia, estáis llamados a hacer que los jóvenes descubran la alegría que se experimenta al seguir a Cristo en la vida consagrada. ¡No tengáis miedo de proponer este camino a la juventud que busca la verdad!

7. Los capítulos generales que vivís valoran la fidelidad al espíritu de la fundación, pero también la renovación necesaria, conservando y enriqueciendo el patrimonio espiritual de los institutos. Que os ayuden a encontrar los signos nuevos de la comunión entre vuestros cuatro institutos y a fortalecer una colaboración que dé frutos para el cumplimiento fiel de vuestra misión. Que la Virgen os guíe por estos caminos de encuentro.

8. Con estos sentimientos me alegra saludaros, y saludar, a través de vosotros, a los miembros de la gran familia marista, esparcidos por todo el mundo en diversos apostolados. Saludo en particular, y con gratitud, a vuestros superiores generales, padre Joaquín Fernández, hermano Benito Arbués, hermana Gail Reneker y hermana Patricia Stowers, que han ejercido durante estos últimos años el difícil servicio de la autoridad en vuestros institutos. Expreso mis mejores deseos también a sus sucesores, que serán elegidos próximamente, para que, a ejemplo de María, guíen con audacia y fidelidad  a la familia marista a lo largo de los caminos del nuevo milenio.

Encomendándoos a Nuestra Señora de Fourvière, que vio nacer a vuestros institutos, os imparto de buen grado una particular bendición apostólica a vosotros y a toda la familia marista.

 

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