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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DEL NICARAGUA EN VISITA "AD LIMINA"
Viernes 21 de septiembre de 2001
Amadísimos Hermanos en el Episcopado:
1. En este encuentro conclusivo de vuestra visita ad limina
Apostolorum siento el gozo de compartir con vosotros la misma fe en
Jesucristo resucitado, que acompaña nuestro caminar y que está vivo y presente
en las comunidades confiadas a vuestro cuidado pastoral. A las Iglesias
diocesanas, que presidís con tanta dedicación y generosidad, dirijo también
mi afectuoso saludo.
Deseo expresar mi gratitud al Señor Cardenal Miguel Obando
Bravo, Arzobispo de Managua y Presidente de la Conferencia Episcopal, por las
amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Al mismo tiempo, me uno
a vuestras preocupaciones y anhelos, rogando a Dios, rico en misericordia, que
esta visita a Roma sea fuente de bendiciones para todos los sacerdotes,
religiosos, religiosas y agentes pastorales que colaboran abnegadamente con
vosotros en el trabajo apostólico en medio del querido pueblo nicaragüense.
La reunión de hoy me hace recordar la segunda visita pastoral a
Nicaragua en febrero de 1996, tan deseada por mí, al viajar a vuestra patria
como apóstol del Evangelio y peregrino de esperanza. Fue la ocasión para un
nuevo encuentro, más auténtico y libre, de los católicos nicaragüenses con
el Papa.
2. Me complace conocer la proyección pastoral que se ha dado a
los Sínodos diocesanos de Managua y de Estelí, y saber, además, que las otras
diócesis se están preparando para iniciativas similares. La celebración de
estas asambleas ayuda a cada Iglesia particular a tomar conciencia de que se
encuentra en perenne estado de misión y ha de impulsar la nueva evangelización,
incrementando de la formación cristiana de todos sus miembros y atendiendo
también a la promoción humana. En efecto, emprender una catequesis renovada e
incisiva que ilumine la fe profesada, así como fomentar una liturgia más
participada que ayude a vivirla y celebrarla de todo corazón, son retos
ineludibles para que todos los creyentes caminen hacia la santidad y para
acercar al Evangelio a aquéllos que se han alejado o se muestran indiferentes
ante su mensaje de salvación.
La Iglesia se siente interpelada continuamente por el mandato de
Jesús para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15), lo cual
debe comprometer a las fuerzas vivas de cada Iglesia particular para que el
anuncio llegue a todos los ámbitos de la vida humana. Para ello, el mensaje
debe ser claro y preciso: el anuncio explícito y profético del Señor
resucitado, realizado con la "parresía" apostólica (cf. Hch
5,28-29; Redemptoris missio, 45), de suerte que la palabra de vida se
convierta en una adhesión personal a Jesús, Salvador del hombre y del mundo.
En efecto, "urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de
la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han
de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido
personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que ha de
hacerse vida" (Veritatis splendor, 88).
3. Vuestro ministerio pastoral ha de tener como objetivo
primordial procurar que la verdad sobre Cristo y la verdad sobre el hombre
penetren aún más profundamente en todos los estratos de la sociedad nicaragüense
y la transformen, pues "no hay evangelización verdadera, mientras no se
anuncia el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de
Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (Evangelii nuntiandi, 22). Sólo así
podrá llevarse a cabo una evangelización "en profundidad y hasta sus
mismas raíces" (ibíd., 20).
Esta labor, no exenta de dificultades, se desarrolla en medio de
un pueblo de corazón noble, de espíritu abierto y acogedor de la Buena Nueva
de las bienaventuranzas. Es cierto que en Nicaragua se dejan sentir también los
síntomas de un proceso de secularización en el que, para muchos, Dios ya no
representa el origen y la meta, ni el sentido último de la vida. Pero, en el
fondo, este pueblo, como sabéis muy bien, tiene un alma profundamente
cristiana. Prueba de ello son las comunidades eclesiales vivas y operantes,
donde tantas personas, familias y grupos, a pesar de la escasez de sacerdotes,
se esfuerzan por vivir y dar testimonio de su fe. En este sentido es digna de
mencionar la labor incansable de los Delegados de la Palabra y de los
Catequistas, los cuales han mantenido viva la fe del pueblo. Es necesario acompañarlos
y ofrecerles una formación teológica y pastoral permanente. Esta prometedora
realidad hace esperar que surjan nuevos apóstoles que respondan "con
generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo"
(Redemptoris missio, 92).
4. La nueva evangelización, con sus nuevos métodos y nuevas
expresiones, tiene en la familia un objetivo primordial. En las Conclusiones
de la Conferencia de Santo Domingo se afirmaba que "la Iglesia anuncia con
alegría y convicción la buena nueva sobre la familia en la cual se fragua el
futuro de la humanidad" (n. 210). La familia es la "iglesia doméstica",
sobre todo cuando es fruto de las comunidades cristianas vivas, que hacen surgir
jóvenes con verdadera vocación al sacramento del matrimonio. Las familias no
están solas ante los grandes desafíos que deben afrontar; la comunidad
eclesial les da apoyo, las anima en la fe y salvaguarda su perseverancia en un
proyecto cristiano de vida sujeto frecuentemente a tantas vicisitudes y
peligros.
La Iglesia facilita así que la familia sea un ámbito donde la
persona nace, crece y se educa para la vida, y donde los padres, amando con
ternura a sus hijos, los van preparando para unas sanas relaciones
interpersonales que encarnen los valores morales y humanos en medio de una
sociedad tan marcada por el hedonismo y la indiferencia religiosa.
Al mismo tiempo, la Comunidad eclesial, en colaboración con las
instancias públicas de la Nación, velará por preservar la estabilidad de la
familia y favorecer su progreso espiritual y material, lo cual redundará en una
mejor formación de los hijos para la sociedad. Por ello, es de desear que las
Autoridades de vuestro amado País cumplan cada vez más adecuadamente con sus
apremiantes obligaciones en favor de las familias. Así lo puse de relieve en el
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, de 1994: "La familia
tiene derecho a todo el apoyo del Estado para realizar plenamente su peculiar
misión" (n. 5).
No ignoro las dificultades que la institución familiar
encuentra también en Nicaragua, especialmente respecto al drama del divorcio y
del aborto, así como a la existencia de uniones no acordes con el designio del
Creador sobre el matrimonio. Esta realidad es un desafío que ha de estimular el
celo apostólico de los Pastores y de cuantos colaboran con ellos en este campo.
5. Una de vuestras principales preocupaciones son las vocaciones
sacerdotales, ya que el número de presbíteros es insuficiente para las
necesidades de cada diócesis. Como señalé en la apertura de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, "condición
indispensable para la Nueva Evangelización es poder contar con evangelizadores
numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales
y religiosas... ha de ser una prioridad de los Obispos y un compromiso de todo
el Pueblo de Dios" (Discurso inaugural, Santo Domingo, 12-X-1992, n.
26).
Pido fervientemente al Dueño de la mies que a vuestros
seminarios, que han de ser como el corazón de las diócesis (cf. Optatam
totius, 5), acudan numerosos candidatos al sacerdocio que puedan un día
servir a sus hermanos como "ministros de Cristo y dispensadores de los
misterios de Dios" (1 Co 4,1). Además de proporcionarles una
formación integral, se requiere un profundo discernimiento sobre la idoneidad
humana y cristiana de los seminaristas, para asegurar, del mejor modo posible,
el digno desempeño de su futuro ministerio. Permitidme que, por vuestro medio,
les envíe un afectuoso saludo. Decidles que el Papa espera mucho de ellos,
confiando en su generosidad y fidelidad al llamado del Señor.
La escasez de personas comprometidas en el apostolado obliga a
reforzar aún más los lazos de caridad entre el Obispo y sus sacerdotes, pues
"la fisonomía del presbiterio es la de una verdadera familia" (Pastores
dabo vobis 74). Se ha de hacer, pues, todo lo posible por organizar el
presbiterio como "fraternidad sacramental" (Presbyterorum Ordinis,
8), que refleje la vida de los Apóstoles con Jesús, tanto en el seguimiento
evangélico como en la misión. Si los jóvenes ven que los presbíteros, en
torno a su Obispo, viven una verdadera espiritualidad de comunión, dando
testimonio de unión y caridad entre sí, de generosidad evangélica y
disponibilidad misionera, sentirán mayor atracción por la vocación
sacerdotal. Por eso, es de suma importancia que el Obispo preste singular atención
a sus principales colaboradores, especialmente los sacerdotes, siendo ecuánime
en el trato con ellos, cercano a sus necesidades personales y pastorales,
paternal en sus dificultades y animador constante de su actividades y desvelos.
6. En vuestro ministerio episcopal muchos de estos retos
pastorales están estrechamente relacionados con la evangelización de la
cultura. Es importante favorecer un ambiente cultural propicio, que posibilite
la promoción de los valores humanos y evangélicos en toda su integridad. Para
ello hay que "transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de
juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de
pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que
están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación"
(Evangelii nuntiandi, 19).
El ámbito de la cultura es uno de los "areópagos
modernos", en los que ha de hacerse presente el Evangelio con toda su
fuerza (cf. Redemptoris missio, 37), y para ello no puede prescindirse de
los medios de comunicación social. La radio, las producciones televisivas, los
videos y las redes informáticas pueden ser de gran utilidad para una amplia
difusión de los valores del Evangelio.
Por lo que se refiere a las escuelas y a la Universidad Católica,
es necesario que estas instituciones mantengan bien definida su propia
identidad, pues de ello depende, en gran medida, que la cultura de vuestra Nación
esté vivificada por los valores evangélicos. A este propósito, es de desear
que las instituciones de inspiración cristiana promuevan realmente la
civilización del amor, sean factores de reconciliación y fomenten la
solidaridad y el desarrollo, manifestando abiertamente la primacía de la
belleza, del bien y de la verdad.
7. Esta tarea atañe especialmente a los laicos, ya que es
propio de su misión "la instauración del orden temporal, y que actúen en
él de una manera directa y concreta, guiados por la luz del Evangelio y el
pensamiento de la Iglesia, y movidos por el amor cristiano" (Apostolicam
actuositatem, 7). Por ello, es necesario proporcionarles una formación
religiosa adecuada, que les capacite para afrontar los numerosos retos de la
sociedad actual. A ellos corresponde promover los valores humanos y cristianos
que iluminen la realidad política, económica y cultural del País, con el fin
de instaurar un orden social más justo y equitativo, según la Doctrina
Social de la Iglesia. Al mismo tiempo, en coherencia con las
normas éticas y morales, han de dar ejemplo de honestidad y de transparencia en
la gestión de sus actividades públicas, frente a la solapada y difundida lacra
de la corrupción, que a veces alcanza las áreas del poder político y económico,
además de otros ámbitos públicos y sociales.
Los laicos, individualmente o legítimamente asociados, han de
ser fermento en medio de la sociedad, actuando en la vida pública para iluminar
con los valores del Evangelio los diversos ámbitos donde se fragua la identidad
de un pueblo. Desde sus actividades diarias, han de "testificar cómo la fe
cristiana... constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y
expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad" (Christifideles
laici, 34). Su condición de ciudadanos, seguidores de Cristo, no ha de
conducirlos a llevar como "dos vidas paralelas: por una parte, la
denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la
denominada vida «secular», es decir, la vida de la familia, del trabajo, de
las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura" (ibíd.,
59). Al contrario, han de esforzarse para que la coherencia entre su vida y su
fe sea un elocuente testimonio de la verdad del mensaje cristiano.
Esto adquiere ahora una particular atención ante las próximas
elecciones generales en vuestro País. A este respecto, como Pastores de
vuestras Comunidades eclesiales, habéis publicado la Exhortación "Para
la Libertad nos liberó Cristo Jesús" (Gal 5,1), en la cual invitáis
a toda la población a ejercer sin ambages el derecho y el deber del voto,
pensando en el bien de la Nación. Asimismo, les orientáis con gran acierto a
elegir unas opciones democráticas que garanticen "la concepción cristiana
del hombre y de la sociedad", la cual "pasa ineludiblemente por los
derechos fundamentales de la persona" en todos sus aspectos (n. 8), frente
a cualquier forma de "totalitarismo visible o encubierto" (n. 15).
Espero vivamente que la mencionada consulta popular se desarrolle en el respeto
recíproco, con orden y tranquilidad, según los principios éticos de sana
convivencia ciudadana.
8. Junto con vosotros, quiero encomendar todas estas propuestas
y anhelos a la Purísima Concepción, advocación con la que honráis a vuestra
Madre y Patrona de la Nación, para que siga acompañando vuestra labor
pastoral. Bajo su intercesión confío mis plegarias, a la vez que os imparto mi
Bendición Apostólica, que extiendo de corazón a vuestras Iglesias
particulares, a sus sacerdotes, comunidades religiosas y personas consagradas,
así como a los fieles católicos de Nicaragua.
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